Revista de amenas lecturas

Uno.

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(Reseña al libro «Fundación del centro»,

del poeta Orlando Rossardi).

Como un río que (con)fluye todo golpe para fundar el viaje.

Rolando D. H. Morelli

(Fundación del Centro, Rossardi, Orlando Aduana Vieja Editorial, Valencia, 2011, Plaquette. ISBN 978-84-96846-54-8)

La evidencia del poeta es siempre su voz. Esa incierta certidumbre de palabras que plasma en su andar de hombre sediento, sobre el papel, y goza de más o menos permanencia, unas veces cual la huella del pie en la arena o como la estela que imprimen en las olas las naves que surcan el océano; otras, semejante a monolitos perdurables cuyo origen o destino se desconoce, pero quedan para el asombro y el descubrimiento simultáneos de muchos otros —viajeros, peregrinos, aventureros, perdularios.

«Yo te he hecho y te he puesto a andar conmigo»

Declara el poeta en ese primer verso que inscribe en su estela, cual rey civilizador que parte en dos las eras que han de ser. Un antes y un después. Pues no se trata de una simple afirmación, sino de afirmarse en un centro que avanza y se establece como una conquista de ley para fundar naciones o nociones. La voz del poeta testimonia ese viaje. Nos deja constancia de una épica que bien pudiera ser la del Gilgamesh fundador que aspira al conocimiento y es autor de una saga humanísima por la que el conocimiento es dado a otros hombres.

«En ti me quedo como se quedan tercos y ceñidos los recuerdos, siempre en pie de guerra recobrando por su viento las pisadas (…) Los que fueron lejos a lle- varte entre papeles viejos sus memorias siempre nuevas, por los libros y las rutas que acomodan el azoro y la sorpresa a las edades, ese volver de nuevo en los rincones, por fuentes y pasillos, por tejados y azoteas, por la huida de la tarde y el clamor de un día como otro día (…) (7)
 

La poesía de Rossardi, siempre clásica, y a la vez traspasada de una emoción contenida y sobria, se desborda en este poema/plaquette Fundación del centro, cual si los bancos familiares de la forma pudieran apenas contenerla en su rodar. El poeta, el hombre, se ha vuelto río que recorre con ansiedad casi, innumerables escenarios repasándolos y apoderándose aquí de un nombre, allá de un recuerdo, acullá de una evocación que proviene de la hechura misma de los libros. Mementos que parecieran reseñar una vida, contabilizarla para dejar constancia de haber sido alguna vez, cuando son en verdad por sobre todas las cosas posibles una búsqueda de equilibrio. La fundación de un centro, más que el hallazgo, más que el centro mismo, producen esa tensión que empuja y da movimiento al desplazamiento incesante del sujeto poético. Lejos de los tópicos al uso, de los calcos de cualquier naturaleza, hay un paralelo indudable entre el poema emblemático de José María Heredia al “Niágara” y este poema de Rossardi.  El primero se coloca frente al paraje de las cataratas salvajes, diríase que para dejarse arrastrar por el tumbo magnífico y desconocido, y apunta como un lamento la falta de una palmera de su tierra y de sus afectos en este suelo extranjero que pisa. El poema al Niágara (del Niágara) herediano es no sólo formidable por su fuerza y belleza, sino por haber sido escrito no por un vate local sino por un forastero proscrito de su país, una pequeña y hermosa, si bien infortunada ínsula.  Hijo igualmente de esa tierra, y como Heredia también proscrito de ella y desterrado, Rossardi asume desde los comienzos una desproporción en la caída que evoca la del poema mencionado. Su visión no es contemplativa, sino mercurial, fluctuante, agónica. El recorrido que funda el centro constituye asimismo una narrativa que se elude y elide a la manera de la proverbial serpiente que se muerde la cola: La fundación por el apoderamiento, de una vivencia que ineludiblemente nos deja atrás. Cada verso es a la vez que una riada ancha y profunda en su calado, un áncora de imposible aplomo.

«A mano el cariño que fue, que era, en nuestros dedos el sueño que en un soplo rescató la espera, en su en punto el latir, el crujir de un rito en ti, ciudad —siempre la misma, entera—  se asoma y vuelve a repetirse, una y otra vez, cada hoy con su ayer acurrucado, calle abajo y calle arriba» (8)
 

Fundación del centro se lee como un grito de auxilio paradojalmente sosegado, que procede del interior de una caverna (platónica) y provoca al mismo tiempo una estampida de pájaros y murciélagos y una sucesión de derrumbes que arrojan sobre las páginas manchas ocres y sanguinolentas. Rossardi dispone de ellas como se dispondría de gemas para levantar ciudades y puentes. Si uno recorre este paisaje de su evocación acaso no llegue nunca a encontrarse esas calles o esquinas constatables en mapas y planos circunstanciales de los lugares nombrados, pero éstos apuntarán con perfiles de inequívoca precisión.

Lo importante aquí —lo fundamental, lo trascendente— no es la meta como centro, o éste como propósito —aunque tal sugiera el título— sino el recorrido lírico; la transmigración de alma que transforma la angustia del hombre en propósito fundacional cual si se hallara en posesión de una piedra filosofal transmutadora de esencias. El poeta tal vez no llegue a sospecharlo por virtud misma de su mágico oficio, pero sus lectores no podemos sino estar convencidos del hechizo de que somos objeto.  Por eso,

       « (…) el centro fue el momento entero y allí estuvo antes del fuego y antes del agua (…)» (11)
 

Indudablemente lo estará después porque el “tiempo eterno [seguirá] jugando» incansable, con esa «angustia del hombre que se acaba» (19) que corresponde al poeta y al lector a partes iguales. ¿Se acaban a la vez o por igual en la eternidad del tiempo, el hombre y su angustia? ¿Es que se acaban? Los meandros del poema no aspiran a una respuesta definitiva —no se le exija— sino a responder a cada paso sus propias vacilaciones con una nueva pregunta que fluye angustiada o ju-bilosa hacia otra interrogante: la del poeta, la del lector, la mía.

Rolando D. H. Morelli

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«Llevarás luto por Franco»  Entre la parodia y la  ironía

FILADELFIA, Pensilvania,  febrero, http://www.cubanet.org  -Si tuviera que elegir uno solo entre los atributos caracterizadores de estos cuentos de Teresa Dovalpage, adelanto que me quedaría con dos: en primer lugar el talante humorístico consustancial a la narrativa de esta autora, (que acierta con igual gracia en los géneros narrativos del cuento y la novela), y en segundo término la noción anti-esquemática del universo relatado a que propende y corresponde el recurso de la ironía, lo que se observa desde la primera narración que da título al volumen, “Llevarás luto por Franco,” donde la penetrante mirada de la narradora, una niña cubana cuyos padres se desempeñan en el servicio diplomático compara y evalúa perspicazmente los atributos de ambos regímenes, el del Generalísimo y del Coma Andante, no como antípodas sino por sus concomitancias, para sacar al cabo conclusiones a tono con la picaresca en común a españoles y cubanos. Estas cualidades se observan igualmente en los demás cuentos que componen la primera y segunda partes del volumen, bajo los títulos respectivos de ‘Cantos para viajeras’ y ‘Sones para turistas’, con los cuales la autora parodia el conocido título de “Cantos para soldados y sones para turistas” (1937) poemario del poeta comunista Nicolás Guillén —designado Poeta Nacional de Cuba por el mismo Castro y puesto a la cabeza de la única organización de este tipo consentida desde 1960, la oficial Unión de Escritores y Artistas de Cuba, con lo que se “unificaban” tendencias, por aquello de “dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada” que dijera el Máximo Líder a fin de dejar claro los límites de la disidencia literaria.

La fina ironía que destilan los cuentos de ambas secciones del volumen se aprecia desde los títulos elegidos por la autora: además del que sirve de nombre al libro, son estos: ‘El retrato astral, (Fábula post-moderna y multicultural)’, ‘Malvenida, mamá’, ‘Traslaciones’ y ‘Miénteme una eternidad’ en la primera parte; ‘Un americano, y el Ché’, ‘Sobre una tumba una rumba’, ‘Canción de carnaval’, ‘El efecto Mozart’, ‘Secuestro exprés a la cubana’ y ‘La virgen se llama Juana’ en la segunda parte.  La autora no se limita a burlarse de las ideologías, sino asimismo de los clisés que hacen de las relaciones interpersonales, (en el país de origen o en el exilio), entre padres e hijos o entre perfectos extraños, un infierno camuflado, hace burla asimismo de las máscaras que nos colocamos con ánimo de mentir o de disfrazarnos, tal y como ocurre en ‘El efecto Mozart’, y no podría faltar en éste y otros cuentos la socarrona ironía para caracterizar los malentendidos que se suscitan a veces entre cubanos y españoles cuando más creen entenderse ambos.

¡He invitado al dulce! Ahora a saborearlo, acompañado de un buen café.

La colección ha sido publicada por la editorial Atmósfera Literaria en España. http://www.atmosferaliteraria.com/

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Adelanto…:  
 
Dos extraordinarias novelas leídas recientemente acaparan mi atención en el próximo artículo o reseña. Ellos son: We the living de Ayn Rand y The age of Longing de Arthur Koestler. Inolvidables. Bella y sólidamente escritos. Ambos son al mismo tiempo, y respectivamente, testimonios únicos de la vida bajo el sovietismo que fue puente natural al stalinismo y al Gulag, en el caso del primero de estos títulos, y especulación brillante de las consecuencias de la seducción y entrega de Occidente al bolchevismo y sus ideas en el segundo de ellos.
 
¡Muy pronto!
 
 
 

Una respuesta a “Revista de amenas lecturas

  1. Muy bueno, gracias, lo buscaré. En cuanto a las novelas, esperaré ansiosa tu crítica, de lo mejor que he leído, coincido contigo. Ya te puse link.

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