~ Repaso ~

Un espacio abierto a la memoria de escritores y obras de mérito, marginados u olvidados.

Índice:

1.  Herminia del Portal   2.  Carlos Montenegro  3. Lino Novás Calvo  4.  Guillermo Cabrera Infante  5. Ofelia Rodríguez Acosta

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Herminia del Portal, figura destacada de la literatura cubana, es hoy una desconocida más de esa larga lista de figuras imprescindibles de la cultura nacional, sistemática y tendenciosamente enterradas y borradas por el castrismo hasta el momento en que mejor parece convenir a las autoridades (o a los autorizados por ellas), “recuperar” la obra condenada con el fin de “integrarla” a su labor propagandística de sesgo político-“cultural”, política ésta ya implementada nada menos que con la figura y la obra de quien fuera el esposo de la propia Herminia, el célebre narrador Lino Novás Calvo, entre muchos otros. En este espacio, sin embargo, recordamos merecidamente a quien fuera, en palabras de Armando Álvarez Bravo, él mismo un destacado intelectual y escritor fallecido también recientemente en la ciudad de Miami, “[una] periodista (…) que marcó nuevas pautas y proyecciones a la prensa femenina cubana y latinoamericana” de su momento (El Nuevo Herald, 28-2-2003) y en palabras de otro grande, Guillermo Cabrera Infante, “[ una mujer] adelantada a su [época] [que vivió] una vida muy plena, [y] tenía una enorme vitalidad y [quien] con su estilo tan suave de contar, contaba cosas extraordinarias”[1]. Para Cabrera Infante habría sido asimismo “un privilegio conocer [a  esta] mujer extraordinaria” con la que “estuv[o] (…) desde los años 50, cuando (…) [él] era corrector de pruebas de la revista Vanidades y vi[o] como transformó esa publicación”.

Herminia del Portal era oriunda de la ciudad de Santa Clara, antigua provincia de Las Villas. Nació el 30 de agosto del año 1906. Estudió derecho y periodismo en las universidades de La Habana y en la Sorbonne. Conoció e intimó entre otros con André Gide, André Malraux, Alberto Giacometti y César Vallejo. A su regreso a Cuba, fue profesora titular en la Escuela Normal para maestros y en la propia Universidad de La Habana, en la cual enseñó francés y periodismo.

Su labor como publicista, en la que fue una verdadera pionera en el continente americano y en el ámbito femenino, le mereció el otorgamiento de numerosos premios y reconocimientos en Cuba, entre ellos el prestigioso Juan Gualberto Gómez de periodismo.

En 1944 contrajo matrimonio con quien sería su compañero de toda la vida, el célebre y celebrado narrador Lino Novás Calvo, traductor además de reconocido talento, a quien el propio Ernest Hemingway, pidió en testimonio de amistad encargarse de la traducción al español de su obra cumbre: El viejo y el mar, labor que Novás Calvo llevó a cabo.

La labor creativa de Herminia del Portal se halla dispersa en las páginas de la prensa cubana de su época, tanto en las de la revista Vanidades como en las de muchas otras publicaciones de mérito. Recogió su obra poética en un solo volumen titulado “Agua de paz”, en una hermosa edición hoy de difícil acceso.

Con la llegada del castrismo y las amenazas que pesaban sobre su esposo, y otras figuras intelectuales como el poeta y periodista Gastón Baquero, (ambos buscaron refugio político en embajadas acreditadas en La Habana, hasta el momento de su salida de Cuba) Herminia del Portal también salió de su país. Se instaló entonces con su esposo e hija en la ciudad de Nueva York y en esta ciudad volvió a publicar la revista que había hecho famosa, dándole un nuevo alcance continental de que aún hoy disfruta. En 1996 se trasladó a California donde permaneció hasta su muerte el 23 de febrero de 2003. Murió en Lompoc, a consecuencia de un infarto cardiaco a los noventa y seis años de edad.

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°‡°

El cuento que reproducimos seguidamente, fue premiado en el concurso de cuentos convocado por el Lyceum Lawn Tennis Club de La Habana, institución de enorme prestigio e importancia en la cultura cubana antes de 1959, que presidía su fundadora Berta Arocena de Martínez Márquez.

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English: Vines and facade of pillar at the Uni...

«MIGUELITO»

– I –

            El tren se detuvo unos minutos en el pequeño paradero. Lo preciso para recoger el pasaje. Luego dio un largo silbido, hizo rítmica su respiración de monstruo, y partió. Desde las ventanillas hasta que el pueblo se perdió de vista, pusieron los pañuelos paravanes a la distancia. Anochecía. Más allá de la vía, la balaustrada de los palmares encarcelaba la sombra…

Hacía frío. Papá bajó el cristal de la ventanilla, y Miguelito fue tras él, mirando el paisaje emborronado. Cuando el tren tomó una curva, vio en el fondo del valle una mancha de luz.

—Es el caserío. —Dijo papá.

Y todos miraron hasta perderlo de vista.

Mamá volvió hacia Miguelito los ojos enrojecidos; le ajustó el cuello del abrigo y le subió las medias; después se arregló la piel que llevaba en los hombros y cruzando las manos sobre la falda del vestido nuevo, se quedó pensativa. Papá dobló y desdobló muchas veces el periódico y terminó por quedar, como mamá, con los ojos fijos sin mirar nada. Abuela, encogida en su grueso abrigo y con su toca negra cayéndole hasta los ojos, parecía un fardo abandonado en el cómodo asiento de primera. Pasó un rato. Miguelito se impacientaba. Quiso tocar su corneta, pero mamá lo miró severa, con el índice sobre los labios. Entonces cogió su muñeco de madera, y guiándolo por la varilla que tenía unida al dorso, lo hizo caminar por el piso hasta subirlo, lentamente, por las piernas de papá. Éste, al sentirlo, se estremeció como si despertara.

—¡’Tate quieto, muchacho!

Miguelito, resentido hasta el llanto, se hizo un ovillo en el asiento: subió los pies, se rodeó las piernas con los brazos y dejó caer la cabeza sobre las rodillas.

—¿Pa qué sacarse la lotería —se dijo muy bajito— si da tristeza?

………….

            Hacía días que papá había llegado al sitio loco de alegría:

—¡Fela!… ¡Vieja!… ¡Nos tocó “el gordo”!

Mamá estaba rociando la ropa y al oírlo se puso pálida, el jarro se le cayó de las manos y papá corrió a sostenerla. Cuando mamá se repuso, abuela sacó los billetes y los fue extendiendo sobre la cama hasta formar una colcha rojiza llena de números. A papá le brillaban los ojos. Cargó a Miguelito, le dio muchos besos y al dejarlo en el suelo, enderezándolo por los hombros:

—¡Muchacho, te voy a’ser un hombre! ¡Palabra!  —Y arrojó la pelota de trapo que el niño llevaba en la mano—. ¡Ya te compraré pelotas de verdad!  —Y recogió los billetes—. ¡Somos ricos!

—¡Bendito sea Dios mi’sijos! —Respondió abuela con voz temblorosa.

Después, papá estuvo unos días fuera, y cuando volvió, trajo juguetes y abrigos y zapatos nuevos, y una libreta que le dieron en el Banco. Al abrazar a mamá le dijo:

—Se te cumplió el antojo, Fela. ¡Nos vamos pa’ la Bana!

Mamá dio un grito de alegría.

—¿De verdad, Justo?

—¡Sí, mi’ja! ¿Y tú qué dices, vieja?

—Yo me quedo.

Papá se puso serio. Mamá abrazó a abuelita.

—¿Nos va a dejar, vieja?

Abuelita, mirando las lomas que cercaban el sitio, respondió:

—Ustedes son jóvenes… Tienen ilusiones… Aquí, viví las mías.

Y señalando la ceiba grande que daba sombra a las vacas, agregó:

—Estoy apegada a esto como ese viejo tronco.

Papá se levantó violento y el taburete se cayó:

—¡No hay alegría completa en la vida!

Entonces Miguelito se le abrazó a las piernas gritando:

—Yo me quedo contigo, abuelita. —Y ella, que estaba recta, serena, se fue doblando como una yerbita, hasta tomarlo en sus brazos, y la voz se le hizo débil, desfallecida—: ¡Miguelito!

Abuelita iría con ellos.

…Y comenzaron los preparativos para partir. Entonces fue cuando Miguelito vio que la lotería había traído tristeza. Mamá estaba nerviosa, preocupada. Papá ya no cantaba. El día que padrino fue a llevarse la yunta, salió hasta el camino para despedirlo, y cuando cruzaron los bueyes, Grano de oro se le quedó mirando… y papá volvió la cabeza con los ojos húmedos.

—¡Son muchos años luchando con ellos, compadre!

Abuela parecía la más animada. Ella lo disponía todo. Hasta en el guateque de despedida acompañó un punto y el zapateo de Regla y Martín, los mejores bailadores del caserío. Ya papá no estaba disgustado con ella. Pero Miguelito no se engañaba: abuela estaba triste. Cuando lo dormía no cantaba y respiraba fuerte a cada rato. Además, la noche antes de embarcar —anoche— la luna entraba por las rendijas de las tablas haciendo rayas blancas en el cuarto como en una pizarra, abuela se levantó para enganchar de los clavos la frazada gruesa y creyendo que él estaba dormido, fue en puntillas, abrió la puerta, arrimó un taburete y se sentó, toda empolvada de luna, mirando hacia fuera. Miguelito la sintió llorar y repetir muchas veces:

—¡Dejarlo todo! ¡Todo!

Aquellas palabras de le clavaron como alfileres en la memoria. ¡Qué tristeza era dejarlo todo! ¡Todo!

* * *

            El tren dio un largo silbido. Miguelito alzó la cabeza. Cruzaban entre paredes de sombra. Papá y mamá hablaban en voz baja. Abuela seguía encogida como un fardo en el otro extremo del asiento. ¿En qué estaría pensando? Y Miguelito se fue rodando hasta subírsele en las piernas. Ella lo acogió en silencio.

—¿Estás brava, abuelita?

Y recordó que no le había dicho algo. Se arrodilló, le rodeó el cuello con los brazos y le buscó el oído:

—Oye, abuelita, dejé a Rabito con Sabelita. ¿Pa’ qué iba a traer el perro? En el cajón de’l te puse seis gallinas. ¡No lo ibas a dejar todo!

Abuela suspiró fuerte. Él le buscó el rostro con los labios y sintió que se le humedecían; echó hacia atrás la toca negra y vio los ojos de abuelita llenos de lágrimas. Vencido, dejó caer la cabeza sobre su hombro.

—Tiene sueño —dijo mamá.

Y él se quedó quieto, quieto… hasta que abuelita lo puso, dormido, sobre una almohada a su lado.

II

            Pasaron dos horas. La luna llena, alta sobre el horizonte, era un grano de luz enraizado a la tierra. Bajo el reflejo lácteo el paisaje aclaraba su vestido de noche y las paralelas se perdían sobre la tersura de la sabana como dos tiras largas de un espejo deshilado.

El tren iba a toda velocidad. Al ganar un puente rompió la monotonía de la marcha, y Miguelito, al ruido se despertó. Llevó las manecitas a los ojos velados de sueño, y los abrió, asombrados, cuando entre las rejas vivas de sus dedos vio un globo brillante que seguía al tren. Miró con atención. El globo… Miguelito movió la cabeza. ¿Sería posible? Y loco de alegría sacudió a abuelita que se había adormecido:

—¡Abuelita! ¡No se quedó todo!… ¡Mira, mira, ella viene pa’la Bana!

Y volvió a dormirse entre los brazos de abuelita viendo como la luna seguía… seguía al tren como si se hubiera roto el cordelito que la atara al cielo.


[1]  Según cita del propio Álvarez Bravo en el mencionado opúsculo.

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