Narraciones y narradores. (Un espacio para compartir historias).

 ✎     Índice:   _________

1. Rolando Morelli            2. Rolando Morelli       3. Manuel Ballagas

«La monja y el pope»        «Borrachera»               «Malas lenguas»

 

 

4. Teresa Dovalpage       5.   Héctor Santiago            6.   Rolando Morelli 

«La canción de Elsa»    «La caída de Babalú Ayé»      «La imagen en relieve»

 

 

7. José Manuel Domínguez         8.  Matías Montes Huidobro

«Llanto de Narciso»                             «Años después»

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1.

La monja,

y el pope

Rolando Morelli

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Beria with Stalin (in background), Lakoba (jus...

Stalin, y su hija Svetlana en el regazo del tío Beria

          Iósif Vissariónovich decidió de repente reunirse en la sede de la Unión de Escritores con los más destacados ingenieros de almas, que era como había designado en una ocasión previa a los integrantes del gremio. No anduvo produciéndose una convocatoria con pelos y señales, pero el local estaba a rebosar en el momento de penetrar en él la comitiva, y la reunión estalló al unísono en un prolongado aplauso impetuoso y cerrado como si todos aguardaran expectantes este preciso momento. A los aplausos se sumaron muy pronto los vivas y gritos de entusiasmo, coreados de inmediato por los mismos que aplaudían a rabiar:

             —¡Viva el camarada Stalin!

             —¡Larga vida al querido camarada Stalin!

             —¡Qué viva Stalin, luz y faro de la Revolución!

             —Viva quien con su coraje e intelecto guía la Revolución Socialista en todo el mundo.

             —¡Hurrah! ¡Hurrah!

             El Vozht rebosaba de satisfacción con la acogida que su llegada sin anunciar provocaba entre los reunidos, pero procuraba dar al propio tiempo la impresión de un total desconcierto, cual si la desmedida recepción que lo esperaba pudiera sorprenderlo. Llegaba a darle a su anuencia, incluso un aire de cumplido aturdimiento. Atusándose el bigote como si con este gesto buscara poner de relieve la cordialidad que transmitía su sonrisa, fue saludando infatigablemente uno por uno a los que tenía más cerca. Cuando al fin pareció cansarse hizo un saludo general a los reunidos con su brazo alzado, que a más de uno le produjo una sensación de aguda incomodidad, como si de esta manera el marginado se sintiera despachado fríamente, desprovisto de la Gracia que a otros con más suerte o merecimientos había tocado. Los aplausos no cesaron todavía, sin embargo, de manera que fue imprescindible que éste al que estaban dirigidos ordenara acabar con aquellos.

             —Ya basta, camaradas. Ya. Digo que ya basta. Basta o tendré que marcharme sin dirigirles la palabra. —Como por ensalmo, cesaron los aplausos—. Luego haya quien diga que a los escritores lo que más les gusta es escucharse a sí mismos… —Las palabras dichas en un ruso muy acentuado de georgiano, hubieran suscitado las risas del auditorio de no ser porque habrían podido tomarse acaso por una burla—. Yo puedo asegurar a cualquiera que me pregunte, que lo que más interesa a los escritores soviéticos es oír lo que pueda o no decir el camarada Stalin…

            La amplia sonrisa que siguió a sus palabras, subrayadas por el movimiento en abanico de su brazo, dio la tónica sin dudas de lo que podía o debía hacerse en respuesta a ellas. El numeroso público estalló en risotadas pendientes de la menor contracción en el rostro del que hablaba. Ahora, éste ordenó que tomaran asiento, cada uno donde mejor le pareciera. De inmediato aparecieron copas y botellas acompañadas de provisiones de boca. Camareros diligentes y cordiales se encargaban de que nada faltara y de que todos estuvieran bien abastecidos.

           —Un brindis por el camarada Stalin… —propusieron a la vez varias voces—. A su salud y larga vida.

            Como era de esperarse los brindis por el estilo se sucedieron incansablemente. El Vozht los cortó con un gesto seguido de un comentario dirigido a Beria:

           —Con tal de que ninguno de estos me dedique un brindis a la manera de Ajmátova.

         Aunque hubiera podido oírse el vuelo de una mosca en el salón de actos donde tenía lugar el encuentro con los escritores de la Unión, ninguno alcanzó a escuchar de aquel susurro sino el nombre presuntamente maldito. Los más cautelosos o incrédulos llegaron a dudar que se tratara en efecto de aquel nombre. Stalin seguramente buscaba que todos y cada uno de los allí presentes pudiera cerciorarse de ello, por lo que aventuró en dirección a ninguno como si él no estuviera en condiciones de saber precisamente esto por lo que preguntaba:

             —¿Y de qué se ocupa estos días la monja a quien no alcanzo a ver aquí? ¿Se decidirá algún día a abandonar su reclusorio para volver a dejarnos escuchar su voz?

             Quién habría podido decir si había, en esta última frase en particular una alta carga irónica dirigida contra la aludida, pero los más tomaron nota de la primera mediante la cual innegablemente Stalin echaba de menos la presencia de Ajmátova “a quien no alcanzo a ver aquí”, cual si desconociera —o deplorara— que en la Casa de los ingenieros de almas la presencia de la poetisa no fuera consentida.

            —Tal vez sería bueno invitarla expresamente alguna vez. —Arriesgó el director de una de las publicaciones literarias de más fuste—. Para una lectura… ¿Qué mal podría resultar de esto? Se hallaría rodeada de escritores con firmes convicciones comunistas.

             Stalin lo observó con sus ojillos penetrantes y astutos cual si lo mismo dijera “veo que comprendes bien, muchacho”, como todo lo contrario: “es claro que no comprendes nada de lo que se trata”. Por lo pronto, pareció aquiescer con su sonrisa.

             —El Partido tiene depositada su confianza absoluta en ustedes sus escritores. Inmersos como estamos siempre en tareas políticas y sociales, ¿qué no esperaremos de ustedes, del talento, la abnegación y lealtad inconmovible a las ideas comunistas de quienes pueden mover montañas con el ejercicio de sus palabras? Lo esperamos todo, queridos camaradas. Lo exigimos todo. Y sabemos con una convicción profunda que todo lo daréis y más si es preciso por la gloria eterna de nuestro Partido y de la causa proletaria. A vuestra salud. A la salud del Partido.

            La velada se prolongó todavía varias horas más. Cuando el Vozht al fin le puso fin a su participación en la misma, lo hizo como si le costara trabajo despedirse. A bordo del automóvil blindado que lo devolvía al Kremlin parecía de buen humor. ¡Qué espléndida reunión con los camaradas escritores!

             —Y dime. ¿Ese fragmento de Ajmátova que me has dado a leer, crees que vaya por mí?

            —Iósif Vissarionovich…?

             —Beso de cobre sobre el corazón de Rusia, enlutada por tu mano. Tú mismo has disparado sobre su seno más de una vez, y no te basta. El pecho de la madre es inmortal, pero sufre en sus hijos la inexplicable y desoladora muerte que le infliges. Francamente no parece su estilo. Beso de cobre… ¿Estás seguro de que se trata de ella? Ahora bien, esto otro sí es puro “monja”: Brindo por la casa devastada, por el dolor de vivir mi vida, por la soledad que compartimos …  Porque el mundo es cruel y salvaje, y porque Dios no consiguió salvarnos o no quiso. No niego que me gusta eso de que Dios no hizo nada por salvar a los de su clase o tal vez no estuvo en sus manos. Pero no comprendo, camarada Beria, por qué afirmas que ese brindis va por mí. No se parece al estilo sincero que hallo en su carta. ¿Quieres persuadirme de que se trata de una redomada hipócrita? Por ahora, debemos conservarla. Ya veremos mañana de qué se trata. Asegurémonos de que no sea molestada por cualquier granuja. No es cosa de jugar al gato y al ratón, a menos que uno sea el mismísimo gato. Sabes bien que no puedo ocuparme de todo en detalle como me gustaría.

             La carta. Sí. La carta de la monja. Aquella carta dirigida a él con el único propósito de salvar la vida de su hijo a cualquier precio, sin importarle humillaciones. ¿Hasta dónde sería capaz de llegar en este empeño? Se preguntó el Vozht realmente intrigado. Después de todo, él podía destruirla cuando le pareciera más conveniente —si llegaba a parecerle oportuno o procedente—. Disponía de innumerables recursos a su alcance para castigar la arrogancia y oposición de los de su clase e ínfulas. Por otra parte, no cabían dudas de que escribía mejor que muchos otros. Era una consagrada de la palabra en verso —se dijo, y enseguida se arrepintió de haberse permitido semejante flaqueza—. ¡Bah, los versos de qué servían a fin de cuentas como no fuera para ponerles música y entonarlos como himno de combate! O como divertimento ocasional en las fiestas obreras. ¿Se estaría volviendo sentimental? ¿Ablandándose? Eso, a fin de cuentas era lo que conseguían los versos, hablar de ellos incluso. A la monja, vigilarla y guardarla hasta ver.

             —Que se le facilite la obtención de algunas de las mismas cosas con que se privilegia a los miembros de la Unión de Escritores. —Ordenó ahora—. Algún abrigo para el invierno, zapatos, algo de alimentos. Eso sembrará el desconcierto entre sus colegas, y la envidia, que no descansa, todo lo cual podrá servirnos mañana o pasado. ¡Y que se le soliciten sus escritos aquí y allá! Disponemos de innumerables periódicos y revistas. ¡Que no falten tampoco las reseñas! Benignas por el momento. Con eso conseguiremos distraerla bastante, confundirla. ¡Es astuta! Se da mañas. Apelemos pues a su vanidad y apretemos las tuercas al hijito. ¡No tanto! ¡No tanto! Tú en persona respondes porque se haga como digo: justo a la medida. Que se encargue un hombre de toda tu confianza para el empeño.

* * *

1 de noviembre

             Muy Muy estimado Iósif Vissariónovich:

     Me dirijo a usted no sin antes meditarlo y sopesarlo mucho. a pesar de saberlo siempre ocupado con las mil ocupaciones que lo requieren día a día para rogarle

     Permítame dirigirle unas palabras de súplica (las únicas de que aún puedo disponer) mediante esta carta seguramente bastante deshilvanada que le dirijo desesperada, conociendo de su actitud atenta y de su interés hacia las fuerzas culturales del país, particularmente los escritores.

             El 23 de octubre pasado, en Leningrado, el NKVD arrestó a mi marido Nikolai Nikoláyevich Punin (profesor de la Academia de las Artes) y a mi hijo Lev Nikoláyevich Gumiliov (estudiante de la Universidad Estatal de Leningrado).

             Iósif Vissariónovich, desconozco en absoluto de qué se les acusa, pero le doy mi palabra de poeta honor que ellos no son ni fascistas, ni espías, ni colaboran con ningún grupo contrarrevolucionario.

            He vivido en la URS desde el inicio de la Revolución, y nunca he pensado ni deseado abandonar mi país al cual me ligan raíces e intereses estoy ligada indisolublemente intelectual y emocionalmente. A pesar de que mi poesía ha dejado de publicarse hace ya mucho no se publica más y que las pocas reseñas que se me dedican a propósito de lo publicado alguna vez, y de que las críticas aún sin este propósito, me amargan y causan desasosiegos de toda clase, no me desanimo. Prosigo con mi trabajo en medio de condiciones morales y materiales extremadamente duras, y ya he conseguido que se publique una obra mía dedicada al estudio de Puskin. La segunda se halla en la imprenta a punto de ser publicada también.

             En Leningrado vivo muy apartada de todo, dedicada a mi escritura y estudios. Mi estado de salud en general no es bueno. No soy una hipocondríaca empedernida. Mis males son muy reales y agudos. Mi médico podría darle cuenta de ello de ser necesario. El arresto de las dos únicas personas cercanas a mí me ha asestado un golpe tan brutal que confieso a usted con rubor no saber si podré resistirlo por más tiempo.

             Le ruego sincera y humildemente, Iósif Vissariónovich, dado que es usted el único a quien podría acudir en la certeza de su comprensión e inteligencia, que me devuelva a mi marido y a mi hijo, en el convencimiento de que nunca nadie lo lamentará.

* * *

             Después de un primer y un segundo borradores llenos de tachaduras y enmiendas, y aún sin estar segura de haber librado su carta de todos los errores y vacilaciones en que incurriera antes, pasó a un nuevo pliego aquello que había conseguido escribir y, poniéndolo en un sobre se ocupó ella misma de hacer el largo trayecto hasta la central de correos para cerciorarse de que de allí saldría directamente hasta ir a parar a las manos de su destinatario. Se sintió más aliviada después de haber entregado en las manos de una muchacha sonriente su encomienda, como si ella le garantizara la buena resolución de su propósito, y después, aunque el mismo camino de vuelta a casa se le hiciera ahora más largo y pesado, llegó a sentir algo lo más parecido al sosiego de todo cuanto podía recordar últimamente. Ya estaba próxima a su casa cuando vio venir sobre ella el desvanecimiento. Luchó por tenerse en pie, por librarse de aquella sensación incontrolable, pero fue en vano oponerse al mareo y a la inconciencia que se adueñó de sus sentidos. Un perro callejero la olisqueaba entre curioso y conmovido —se dijo ella cuando un poco después se abrieron sus ojos—. Dos o tres curiosos se habían detenido a contemplarla, y alguno de ellos se acercó finalmente para ofrecerle ayuda.

            —¿Está usted bien, querida Anna Ajmátova? Puede apoyarse en mí si lo desea. Será un honor acompañarla a casa o a donde se dirija usted.

             Ella pudo reconocer ahora al joven Andrei Leonovich, antiguo condiscípulo de su hijo al que no había vuelto a ver hacía ya mucho.

             —Sólo a incorporarme… —dijo ella, lacónica—. Con esta nieve debo haber resbalado. Muchas gracias. No será necesario más.

             Cuando hubo llegado a casa, y mientras se apresuraba a preparar y a comer unas tostadas untadas con algo de manteca de cerdo —que eran las únicas cosas de que disponía en su despensa— se preguntó si todo aquello había sucedido en verdad o si se trataba de una alucinación más causada por el hambre y la angustia en que había estado sumida tanto tiempo. Algo parecido a una esperanza se aposentaba ahora en su pecho como si se tratara de ganar una carrera de apuestas por causa de algo muy precioso. Imaginó vivamente que el sobre portador de su carta volaba con alas propias hacia su objetivo como una suerte de Mercurio. Sin imaginar por qué le parecía imprescindible que esta carta llegara antes a las manos de Iósif Vissariónovich. Antes, he aquí el adverbio preciso cuyo origen o correlación lógica, sin embargo no conseguía colegir. ¿Cuánto antes? ¿Antes de qué? ¿Antes que…? El calorcito de la tostada en el estómago y el que procedía de una taza de té le infundieron un bienestar enteramente nuevo. Se sintió como renovada, y pudo al fin quedarse dormida en la silla.

             La carta debió llegar prontamente a su destinatario, o para el caso, a las manos del secretario personal de Stalin, Alexander Nikolayevich Poskrebyshev. Pisándole los talones a la primera llegaba otra, firmada ésta por Boris Pasternak. Alexander Nikolayevich conocía bien ambos nombres. No era la primera vez que se topaba con ellos. Beria y Poskrebyshev se cruzaron igualmente a la entrada del despacho del Vozht. Éste exudaba buen humor. Era indudable que había dormido bien, y ahora se desayunaba en compañía de su hija Svetlana, sentada en sus rodillas. De vez en cuando, la niña le ponía en la boca uno de los numerosos biscochos que rebosaban en sendos platillos, después de untarlos indistintamente con mantequilla o varias clases de conservas, o de hundir el panecillo un instante en el tazón de té con leche. Había algo a la vez de tierno y de grotesco en la escena, como si el bigotudo y omnipotente personaje pudiera tratarse de un tierno y desamparado bebé a quien la madrecita improvisada en su hija se viera impelida de alimentar. Ninguno de quienes llegaban, y contemplando la escena se detenían a prudencial y reverenciosa distancia de la pareja, se atrevió siquiera a considerar esta posibilidad. La escena no podía ser sino una digna de la más respetuosa admiración. Reflexionando para sí, el secretario Poskrebyshev consideró proponer de inmediato al Jefe la conveniencia de plasmar una escena semejante de espontáneo candor filial-revolucionario para la historia del movimiento comunista internacional. “Stalin y su hija”. La pintura se comisionaría al mejor retratista soviético conocido.

             A no ser por el movimiento de la mano de la niña, con su desplazarse algo robotizado del plato a la boca que engullía, y por la continua masticación del bigotudo podría haberse dicho que nada en la pieza se movía.

            —Ya basta, pequeña. —Dijo de repente el complaciente goloso del padre, arrancándose a la niña del regazo con un beso—. Anda saluda al tío Beria, a quien hace mucho no saludas, y alcánzale un panecillo con frutilla. ¡Las grosellas son sus preferidas! Anda. Ya sabes que el tío Alexander y yo debemos trabajar. De hecho somos nosotros los únicos en trabajar en el Kremlin.

             Esto último lo dijo con una seña cómplice a su secretario, sin dudas para poner en aprietos a Beria. Obediente, la niña se había dirigido hacia éste con su panecillo untado, de manera que las cartas que ahora ponía delante de sus ojos Poskrebyshev, captaron de inmediato su atención, apartándola por anticipado de otros asuntos que igualmente se le presentaban.

        —¿Quién ha desobedecido mis órdenes? —Preguntó, dirigiéndose antes a Beria, retraído con la atención que la niña exigía de él, que al secretario que tenía delante—. Seguramente no debo yo de expresarme con la claridad debida. Dije “Vigilar y conservar”. No, “Vigilar y destruir”. ¿Se presta semejante descripción a confusiones de ninguna índole, Alexander Nikolayevich? Sin dudas debe tratarse de que me vuelvo viejo e incapaz. Produciré mi renuncia de inmediato y lo someteremos a votación como se debe. Paso a retiro y yo mismo propongo a mi potencial sucesor.

             Beria, que a pesar de su aparente abstracción era todo oídos, se desembarazó como mejor supo de la rémora que representaba la niña y se acercó al Vozhd con expresión de conmocionado terror. Pálido, desencajado, casi apoplético —al borde de un colapso— según le pareció a los otros dos, se lamentó con un tartamudeo de esto que había creído oír y a lo cual su corazón se negaba a dar crédito entre protestaciones que sólo conseguirían al cabo, arrancar una carcajada al bigotudo.

             —Vamos, Lavrentiy Pavlovich. ¿Habrá de decirse de ti que no entiendes de bromas? ¿O aún peor que todavía no me conoces bien? Siéntate, hombre. Toma asiento que tal pareces a punto de desplomarte.

                 A una indicación apenas, el secretario se había marchado llevándose consigo a la pequeña a la otra pieza.

              Beria apenas si conseguía recordar el cometido y propósito de su visita tan temprana. Como de costumbre había dormido poco, pero en los últimos tiempos lo que ya era un hábito en él le estaba pasando la cuenta. Sin embargo, algo le indicaba —como si pudiera tratarse de un reflejo más propio del estado alerta de la vigilia de los sentidos— que este exabrupto del Jefe podía tener algo que ver con su perdición, es decir, con el propósito de perderlo. Después de todo, a quien otro sino a él podía haberse dirigido semejante manifestación de contrariedad. Aquellas palabras: “Vigilar, conservar, destruir” con las que tan familiarizado estaba no se deparaban así como así sino que se reservaban para…

                —¡Dios no me pierda! —Se halló a sí mismo diciéndose para sus adentros, como si de pronto apelara desesperado a la mano de un enemigo entrevista a la distancia por entre la neblina, mientras sus pies se hundían en el tremedal.

             Pero el Vozht seguía estando de excelente buen humor. De momento, Beria pudo una vez más arrancarse por sí mismo a la tembladera despreciando al hacerlo la mano enemiga brevemente entrevista en la espesura de la niebla. A esa mano, sin dudas, que puso antes en las manos de Stalin las súplicas de Ajmatova y de Pasternak a favor del marido y el hijo arrestados de la primera, se debió sin dudas la inopinada resolución del bigotudo del Kremlin. Como si no fuera bastante disponer que tal se hiciera de viva voz, el propio Stalin garrapateó la orden cuyo estricto cumplimiento encargaba al subordinado allí presente.

                 «Camarada Beria. Liberad a Punin y Gumiliov de inmediato, e informadme del cumplimiento de esta disposición».

                 Hecho esto, el Vozhd le indicó con un gesto de su mano que se marchara y le volvió la espalda antes de que el otro tuviera tiempo de responder de algún modo. Aunque el Jefe no pudiera verlo, Beria se cuadró en un saludo militar, inclinó luego la cabeza y componiéndose lo más que pudo retrocedió hasta dar con la puerta de salida por la que desapareció silenciosamente.

                A la torre Kutafia del Kremlin no habría sido posible acceder sin mediar antes esa temeraria llamada de Pasternak con la cual Stalin se había entusiasmado verdaderamente, aunque sin admitirlo por las claras.

                 —El poeta vivo más grande de Rusia ha llamado al Kremlin. —Le había comentado enseguida a su secretario afectando algo de burla, pero al mismo tiempo procurando que su observación no fuera a dar lugar a equívocos añadió de inmediato—: ¡De veras grande! Admitámoslo. Un gran poeta. Un poeta como hay pocos cada dos o tres siglos.

                Cuando Pasternak personalmente puso en las manos de Poskrebyshev que estaba allí para recibirla, la carta suplicatoria, el secretario no anduvo perdiendo tiempo y se dirigió con ella y la recibida poco antes procedente de Ajmatova a donde el Vozht las anticipaba de excelente humor.

                     —Admitamos de buena gana que se trata, sin duda alguna, de todo un acontecimiento. ¡Dos documentos de gran valor en nuestros archivos!

                   La admisión de Beria al recinto donde se encontraban los otros en este preciso momento, no fue una coincidencia. Obedeciendo las instrucciones del jefe, su secretario le había hecho esperar interminablemente en la antesala, con lo que el Vozhd parecía divertirse a expensas del subordinado, que se hallaba allí para informarle. Después de muchos meses de trabajo —según indicaba la fórmula en que éste debía expresarse— la NKVD bajo su dirección no sólo había arrestado al segundo marido y al hijo de Ajmatova, sino que ahora finalmente decía tener listo el caso contra ella misma.

                     —Gracias por recibirnos, camarada Stalin, en medio de tanto trabajo.

                     —¡Ah, camarada Beria! Veo que habéis trabajado… ¿Qué nuevas sobre la monja?

                   —¿Procedemos a arrestarla, camarada Stalin, o todavía no? —Le había consultado por teléfono hacía muy poco el máximo responsable de la Policía Secreta del Estado. Puro formulismo, si se venía a ver, porque Stalin ya debía haber determinado que tal se hiciera sin más largas. La llamada de Pasternak al Kremlin había suscitado en éste, sin embargo, una suerte de excitación singular. Por otra parte, consideró que siempre sería bueno desconcertar a Beria y a los encargados de aplicar la justicia del Partido, de manera que no cupieran malentendidos respecto a la firmeza de su mano.

                 —Por una vez actuemos con misericordia. —Las manos del hombre sentado apoyaron las palabras que salían de sus labios, como si se tratara de subrayarlas, cual un sumo sacerdote que dispusiera así de la gracia que había de depararse—. Dejadla en paz. ¡Es de suma importancia que tal se haga, y así queda dispuesto de inmediato! Restaurar la unidad familiar. ¿Quién no sabe que la familia es el pilar principal de la sociedad? Nuestros enemigos nos acusan siempre de atentar contra la familia… ¡Bah! ¿Qué pueden saber ellos de los sentimientos fraternales que acompañan la construcción del Socialismo? Ya nos lo decía alguna vez el camarada Lenin a un grupo de cercanos colaboradores suyos: tendremos que modificar radicalmente las alianzas y expectativas recíprocas entre la sociedad y la familia cuando nos dispongamos a construir una colectividad de nuevo tipo. En esto no se equivocaba para nada el camarada Lenin. ¡De eso mismo se trata! No de eliminar a la familia de un plumazo, sino de re-estructurarla a golpes de sable si fuera preciso para que cumpla verdaderamente desde el momento de nacer el nuevo ciudadano, el papel de salvaguarda que debe corresponderle. Una vez establecida y aceptada esta nueva relación, ¿de qué manera podríamos tener nada contra la familia como primera unidad de combate a favor de la transformación comunista? Estamos contra la estructura familiar burguesa porque aborrecemos a la burguesía como clase. Así de simple.

             Sonriente, la pequeña Svletana volvió de repente al interior del despacho de su padre. Junto a una de las comisuras de los labios brillaba como una joya milagrosamente prendida allí, un trocito de confitura rojo. Extendiéndole su inmaculado pañuelo de hilo Stalin indicó a la niña limpiarse, golpeándose antes el extremo derecho de la boca, bajo el bigote tupido, con un dedo grueso algo manchado de tinta. La niña no pareció comprender de primeras, de manera que él mismo procedió a hacer lo que indicaba.

             —Eso está mejor —dijo ahora—. La higiene es cosa fundamental para una futura Konsomol. ¿No les parece así a ustedes, camaradas? —preguntó como si la respuesta de estos fuera verdaderamente importante, mientras reía con una sonora carcajada que hacía retumbar el recinto.

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2.

Borrachera

Rolando D. H. Morelli

            La víspera de su viaje a Jamaica, Juanito me invitó a tomarnos una botella. No sé decir porqué me profesa una simpatía tan ostentosa como injustificada. Dice mi mujer que le caigo bien, que soy verdaderamente irresistible. ¡Es todo y no hace falta más! Esto de irresistible naturalmente, lo dice con su doble intención, por fastidiarme.

            —Entonces, ¿tú de verdad crees que soy irresistible? ¿Eh?

            Marta no pudo contener una sonrisa.

            —Ha estado buscándote como cosa buena, según dijo. ¡Dos veces! Primero al hospital para averiguar si yo sabía donde localizarte. Y un poco antes de que llegaras tú, para ver si ya estabas de vuelta.

            —No sé dónde pueda meterse ese marido tuyo. ¡Habrá que averiguarlo! A ustedes lo que les hacía falta era un teléfono celular a cada uno. —Me contó ella que le había dicho esta vez—. Si quieren se lo consigo ya. Yo tengo los conectos. Coño, caballeros, están atrás

            Desde que me pasaron a trabajar en la Unidad que él administra, Juanito parece decidido a conquistarme, a rendirme a sus pies por agotamiento o empalago.

            Por fin, me encontró en casa. Yo había pasado casi todo el día tratando de resolver la pieza que se necesita para el refrigerador. Ya apenas enfría. ¡Ni de broma, le había dicho a Marta, habría consentido que se la pidiera a él! A la verdad que Juanito a mí no me ha hecho nada. En eso mi mujer tiene toda la razón. Debe ser que soy un tipo muy atravesa’o. Eso es lo que me dice siempre mi hermano Julio: ¡Un atravesa’o!

—Despierta de ese sueño en el que vives y abre los ojos a esta realidad, compadre.

            —¿Qué pasa, compañero? ¿Cómo es que ya no te veo nunca en la Unidad, ni fuera de ella? —Fingió Juanito que se sorprendía de mi presunto absentismo. Pasaba a saludar —declaró— y a dejarme saber que esperaría por mí:

—Esta noche. ¡Sin excusas ni pretextos…!  A la hora que mejor te convenga a ti. Estaré esperándote. Tengo ganas de echar una buena conversada contigo, de ésas que hace tanto tiempo no tenemos.

              Tuve el impulso de mentir, pero la verdad es que no me atreví a hacerlo. No sé qué cautela particular me inhibió de hacerlo. Imposible quitármelo de encima.

           Juanito es el esposo de mi cuñada Nereida, que ha tenido antes otros tres maridos. No sé si esta circunstancia, quiero decir, la de estar casado con la hermana de mi mujer nos hace parientes. Antes estoy seguro de que sí: concuños o concuñados o algo parecido, se hubiera dicho. Ahora creo que ya no. Sobre todo cuando se trata del cuarto marido que tiene mi cuñada.

            ¡No sé porqué esa deferencia suya! Es verdad que en general me llevo bien con casi todo el mundo. Pero lo de Juanito, es en todo caso un amor no correspondido, aunque bien se dice que no hay enemigo pequeño. Mucho menos había de serlo él, que a pesar del diminutivo de su nombre es grande como un muro que escalar y en otro sentido, se halla igualmente muy alto y muy arriba en todo esto. De no ser así —me pregunto yo— de qué otra manera se hubiera agenciado, particularmente en estos tiempos que corren, un viaje afuera, aunque sea a Jamaica o a cualquier otro destino semejante. (Por lo que a mí toca, hasta Haití me vendría bien, si una ocasión tal se presentara).

            Consideré que no debía llegar demasiado temprano a la cita. Calculaba que un par de horas bastarían para cumplir con el encargo y dejarlo satisfecho. Tendría que marcharme al cabo con la excusa de recoger a mi mujer, que esa noche estaba de guardia, después de lo cual tenía que pedalear otra media hora de regreso, con ella terciada delante de mí, en el caballo de la bicicleta.

Cuando llegué a su casa, ya estaba bastante achispado, lo que venía a complicar aún más las cosas. Como ya he dicho, su deferencia linda no sabría decir bien, qué límites incómodos.

            —Pasa. Pasa, mi hermano, coño. Te estaba esperando.

            No me gustan las malas palabras, o más bien, la gratuidad con que se profesan hoy en día. Dice mi mujer que parezco de otra época, lo que a ella en todo caso le gusta. Tal vez sea verdad esto de que soy algo chapado a la antigua, o como dicen muchos, anticuado.

            —Ponte al día, acere —me increpa mi socio Miguelito, un amigo desde los tiempos del pre universitario— que eres más antiguado que un fotógrafo con trípode.

            No sabría decir porqué motivo considera una antigualla el trípode de los fotógrafos Miguelito, pero nunca me he propuesto averiguarlo para evitarme una de sus salidas que no conseguiría esclarecer nada, sino reafirmarse en su convicción:

            —¡Oye, viejo, lo tuyo es estar en la retaguardia de los que van atrás!

            Juanito me dio la bienvenida acompañando sus palabras con un aparatoso abrazo.

            —Nery… Mi vida… —llamó dirigiendo la voz al fondo de la casa—. Ven a ver quién está aquí.

            Me invitó a sentarme.

            —Siéntate. Siéntate. Donde quieras. Tú sabes que estás en tu casa.

            Nery no dio señal alguna de haberse percatado de mi llegada o de su insistencia en señalársela.

            Tomé asiento y enseguida me sirvió un trago a rebozar. Luego él bajó el suyo de una vez y se quedó contemplándome desconcertado porque yo no hiciera lo mismo.

           —¿Qué pasa, mi hermano? No me carezca… Ron del bueno hay en abundancia, como ve. No se me prive de nada… Por aquí han pasado hoy un montón de compañeros a despedirse y a hacerme algunos encarguitos de última hora, y el que más y el que menos se ha traído su botellita. Además, tú sabes que a mí me gusta que la despensa esté surtida debidamente. El ron es más importante que el pan en la mesa.

            —Mañana entonces es el gran día. —Aventuré por decir algo que seguramente ya Juanito estaba extrañando de mí.

            —¡Mañana por la tarde! El vuelo está marcado para las cinco de la tarde. De La Habana a Kingston es nada más que un saltico con garrocha, que hasta el gordo de Lezama hubiera podido dar en vez de quedarse en Montego Bay, como hizo.

            Era obvio porqué me había invitado. Le encantaba eso de hablar de escritores. Barajarlos lo mismo que si se tratase de conocidos suyos. Lezama y Benedetti en un mismo saco. Ahora esperaba de mí un comentario, que por supuesto yo bien sabía que debía de pesar y contrapesar muy bien no fuera a ser que me equivocara de cualquier modo. Aunque ya él estuviera borracho, o llegara a estarlo muy pronto, nunca se sabe en estos casos.

            —No conozco tan bien como tú ese periplo en la trayectoria de Lezama Lima. —Evadí el bulto—. ¿Por cuánto tiempo vas?

            —No mucho. No mucho. Apenas tres meses para enseñarles a los negritos jamaiquinos lo que se pueda…

            Tal vez debí haberle preguntado entonces de lo que se trataba.

            —Tú sabes que los negros son brutos en cualquier parte.

            Me empiné el trago para no verme obligado a responder nada, y me serví enseguida otro medio vaso, luego de lo cual llené el suyo.

            —Allí me mandan para dar un entrenamiento como parte de un acuerdo suscrito con Jamaica por el que a nuestro país le entran unas pocas divisas que tanto necesitamos en estos momentos.

            —Tres meses no es mucho tiempo. —Consideré oportuno observar—. ¿Algo, relacionado con la agricultura, supongo?

            —No. Un seminario intensivo de técnicas de mercadeo en el área de turismo.

            Mi desconcierto debió reflejárseme en el rostro a pesar mío, y él de notarlo:

            —Tú sabes que aquí nos le escapamos al diablo. Por eso estamos aquí todavía a pesar de nuestros enemigos. Hace cosa de un mes que pasé un cursillo según me indicó el Partido con este propósito en mente. Unos gallegos ahí nos dieron el intensivo ése y nos prepararon para lo que fuera, y al final me eligieron a mí para ser el primero en llevarlo adelante. No vayas a pensar que es nada difícil. En un mes o mes y pico lo despacho… Suave… Y el resto del tiempo a pasarlo bien y a ver qué se nos pega hasta el regreso. Ahí en la Embajada nuestra en Kingston hay una mulata que, aquí entre nosotros —dijo como si pudiera tratarse de una confesión, bajando la voz para no ser oído de su mujer— nos aprecia bastante y es persona que conoce mucho allí. Ha prometido ocuparse debidamente de nosotros durante nuestra estadía en ésa.

            Me costaba cada vez más esfuerzo seguir escuchándolo alardear de lo que se tratara, prodigando al hacerlo el plural de modestia, y eché mano al vaso que tenía delante para bajar de una vez el resto del ron.

            —Así me gusta, compañero, que no me carezca —dijo ahora, empleando la primera persona al dirigirse a mí, como si pudiera tratarse de una concesión de algún tipo.

             —¿Y a Lezama crees que le hubiera gustado el roncito éste? —añadí, por decir algo más airoso, a fin de sacar la conversación de su atasco. Me sentía verdaderamente desesperado.

            —El gordo era adicto a los placeres de la mesa…, según nos consta. —Esta vez no supe si el plural era puramente ornamental o correspondía más bien a la esfera del conocimiento biográfico—. Y a algunos otros placeres: inconfesables éstos, si bien conocidos de nosotros, pero no era bebedor.

            —Indudablemente un gran pecador. —Aventuré.

            —En menor medida de lo que fue un gran escritor.

            —¡Vamos! ¿Pudo llegar a serlo, en tu opinión? —pregunté, con algo de reticencia— eres aquí el especialista.

            —Indudablemente. —Declaró Juanito, sin inmutarse—. Sin que nos quepa la menor duda. ¿Por qué crees que la Revolución se ha tomado interés en recobrar su obra y su persona para nuestra causa? El nombre de Lezama está ya unido al de nuestra Revolución aunque no lo quieran así sus enemigos.

            —Entonces habrá que aceptarlo como cosa hecha. Digo, tu opinión de que se trata de un grandísimo escritor.

            —Un escritor burgués, lamentablemente, aunque eso sí, cubanísimo.

            Mientras sosteníamos este diálogo que se hubiera dicho de sordos continuábamos bebiendo, y pronto la botella estuvo vacía. Sin decir nada al respecto, Juanito destapó una segunda.

            —Si nos ponemos a pensar, todos los grandes escritores con que cuenta la Revolución son escritores burgueses: Carpentier, el más burgués de todos…

             —¡Retamar no es en modo alguno un escritor burgués!

            —Yo hablaba de escritores… —dije, provocadora e imprudentemente, por lo que enseguida añadí:— …grandes. ¡De grandes escritores!

            No añadí, tal y como me habría gustado hacerlo, que todos los escritores que vivían de predicar su lealtad a la Revolución constituían la nueva clase de burgueses. Pese a las varias rondas bebidas en poco tiempo de un magnífico Puerto Príncipe, conservaba la cabeza lo bastante clara para sopesar los alcances de una provocación de mi parte.

            —Dulce María Loynaz, Vitier, Diego, Piñera… —Dijo Juanito, desplegando una nómina de grandes escritores nacionales.

            —De acuerdo. De acuerdo. Grandes escritores todos. —Concedí. No añadí entonces oportunamente que ninguno de los mencionados por él, salvo tal vez Vitier, aunque la Revolución se hubiera ido apropiando con maña de su obra respectiva y de sus nombres luego de haberlos rechazado y hostilizado, para exhibirlos ahora como suyos por el expediente de que no se habían marchado al extranjero, eran escritores burgueses contrarios al régimen surgido de la Revolución.

            —Todos han muerto en Cuba, no en Miami ni en Madrid o en la Cochinchina…

            Me pareció que había en esta declaración suya mucho de ironía, aunque él mismo no pudiera sospecharlo.

            —¿Quién podría dudarlo? ¡Muertos y enterrados en su patria!

           —Y hay otros grandes que también comenzamos a reclamar y a recuperar ahora para nuestro patrimonio: Mañach, Novás Calvo, Agustín Acosta, Labrador Ruíz, Lydia Cabrera… Algún día hasta los más reaccionarios y contrarios a nuestros ideales, porque la Revolución es generosa y sabe perdonar y reconocer la grandeza de esos compatriotas que entonces no estuvieron a la altura del momento en que vivían.

               Ya había tragado bastante, me dije. Bebí un último vaso de ron antes de ponerme de pie con la intención declarada de marcharme.

            —Te deseo el mejor de los viajes posibles, y un pronto regreso luego de cumplir con tus deberes —dije—. Juanito me miró sucesivamente de abajo arriba y de arriba abajo como si le costara trabajo comprender.

            —Coño, mi hermano, pero qué apuro tienes por marcharte, viejo. Ahora que lo estábamos pasando tan bien. No creas que una conversación inteligente se tiene con cualquiera.

            —Vine sólo por cumplir y para despedirte —me vi obligado a decir—, pero no vayas a creer que yo no tengo mis obligaciones también. Aún tengo que pasar a recoger a Marta que hoy sale tarde de la guardia. Tengo que ir echando ya, para no llegar tarde o me salo.

            —Yo mismo te llevo luego en el carro, sin problemas.

            —Gracias, pero vine en bicicleta.

            —Pues la dejas aquí y luego pasamos con Marta y recoges la bicicleta.

            —Cuando mi mujer acaba la guardia no quiere saber de nada. Meterse a la cama y dormir. Apenas si cruzamos algunas palabras. Y si no estoy yo ahí para insistirle en que coma algo…

            Me arranqué a la insistencia de Juanito y me negué a aceptar la botella de ron Mulata que ahora buscaba poner en mis manos.

            —¡Eres tú el que se marcha! Perdona que no haya podido traerte cualquier regalito.

             A mucha insistencia de su parte accedí a tomar la botella con la condición de que me la guardara para recogerla en una mejor oportunidad. No era cosa de que acabara por caérseme. Después de todo una bicicleta no era un automóvil. Mentía en esto de la botella, naturalmente   —pues no pensaba regresar por ella en ningún otro momento— lo mismo que había mentido en lo de tener que ir por Marta al hospital. Se trataba de su día franco.

            Ya para marcharme, luego de darnos un fuerte abrazo y de desearle una vez más el mejor de los viajes posibles, Juanito me detuvo como si hubiera olvidado algo de singular importancia:

            —Oye, viejo, no me has dicho qué cosa quieres que te traiga al regreso. Algo especial. Lo que sea…

            No debí pensarlo cuando respondí, ya desde el umbral de la calle:

            —Una edición cualquiera de Paradiso. Si es en español, mejor. Allá, me parece, no te será difícil conseguirla.

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3.

Malas lenguas

* (Relato procedente del libro de igual nombre, aún inédito).

Manuel Ballagas

En su ausencia, amistades y colegas corrieron toda clase de rumores tremebundos sobre sus andanzas en el extranjero. No le olvidaron, pero le convirtieron a veces en un cómico personaje de leyenda. Unos le atribuyeron una escala relativamente prolongada en Madrid, donde, obligado por las circunstancias, tuvo que recorrer las calles vendiendo cigarrillos de contrabando, cuando no mercancías de lujo espurio y falsas etiquetas. Según algunas versiones, luego de una infructuosa carrera de delitos y estafas menores, fue a parar finalmente a la cárcel de Carabanchel, de donde fue rescatado por un capo mafioso de origen árabe y nombre casi impronunciable. Este, que por puro azar resultó ser un amante de las bellas letras, se compadeció de su destino y le encargó la escritura de sus memorias de rufián, tarea mucho más fácil y remuneradora que emprendió enseguida desde un cómodo y elegante piso que el pandillero puso a su disposición en el centro de Málaga. Allí, entre tragos exquisitos y caricias de mujeres fáciles, estaba a punto de concluir aquel espantoso recuento de crímenes y engañifas, cuando la Guardia Civil echó el guante a su mecenas, obligándole a huir nuevamente con rumbo desconocido, esta vez con un maletín repleto de dólares y piedras preciosas. 

El relato de sus peripecias parece interrumpirse brevemente en esa época, como si los chismosos le hubieran perdido de pronto la pista, para reiniciarse varios años después, a fines de la década de los sesenta, época por la cual, según las malas lenguas, se había establecido ya del otro lado del Atlántico, en Miami, y hasta comprado allí una mansión antigua en el exclusivo vecindario de Coral Gables. Disponía también en ese entonces, de acuerdo con estas versiones, de una pequeña flota de autos de lujo, hechos a la medida de su refinado gusto, y de una amante japonesa que regenteaba juiciosamente sus negocios desde una lujosa oficina ubicada en una torre donde se podía divisar la bahía a toda hora e incluso su tierra natal en las mañanas claras de verano. Políticos y potentados acudían a todas sus fiestas y saraos, contagiándole el dulce imán de su prestigio y brindándole la protección que todo pillo encumbrado siempre necesita. De su vieja pasión por la escritura, decían, no quedaban ya sino tenues vestigios, habiéndola abandonado en su apresurada fuga hacia la opulencia. Sin embargo, de acuerdo con ellos mismos, la nostalgia por su antigua vocación no cesaba de acosarle, sobre todo cuando repasaba con los dedos los innumerables volúmenes de libros antiguos que había ido acumulando en su biblioteca, adornada, además, por valiosas obras de arte adquiridas en subastas internacionales. Tiempo después, aseguraban algunos de sus conocidos de antaño, había caído súbitamente en desgracia. Su amante japonesa, amenazada por la policía con una larga condena de cárcel, había plagado de micrófonos ultrasensibles su mansión, su casa de verano en las montañas, su oficina y su yate. Una vez descubiertas sus turbias tramas de contrabando y ciertas operaciones financieras inexcusables, se vio obligado a convertirse en testigo de cargo en uno de los tantos procesos escandalosos que empezaron a seguirse en aquella ciudad contra personalidades del clero, los negocios y la política. Todas sus propiedades, entre ellas los autos de lujo, las cuentas bancarias, la biblioteca y la colección de obras de arte, fueron confiscadas como parte del trato hecho con los fiscales. De acuerdo con estas versiones, un poderoso cacique criminal de Sudamérica puso entonces precio a su cabeza, por lo que, concluido el largo juicio, no le quedó otro remedio que asumir una nueva identidad en una ciudad distante y secreta, donde empezó a malvivir con la magra pensión que el gobierno asigna a los delatores protegidos, siempre con el temor de ser alcanzado en la nuca por una bala vengadora. No es de extrañarse, pues, que el siguiente chisme le sitúe, años después, en un vetusto motel en las afueras de Las Vegas, calentando sopa enlatada con una mano y espantando ratas con la otra. Cuentan que una tarde, aterrado, escuchó que alguien tocaba a la puerta de aquella infecta habitación e instintivamente llevó su mano diestra a la Magnum calibre 44 que guardaba en la cartuchera como precaución. Con ensayado estoicismo, se dispuso luego a morir con las botas puestas, seguro de que le había tocado ya el turno. Pero su triste existencia cobró pronto un giro tan inesperado como aquella providencial visita. Una figura encumbrada de Washington había tomado en ese entonces nota de su situación desesperada, pero sobre todo, de los numerosos contactos que todavía poseía en las altas esferas del gobierno en su país natal, por lo que se le brindó la oportunidad de recorrer el mundo para ofrecer a sus viejos amigos y conocidos la posibilidad de una deserción fácil y bien remunerada en cualquiera de las capitales extranjeras que estuvieran visitando en misión oficial. Tomando en cuenta lo arriesgado de estas tareas encubiertas, los servicios especiales estadounidenses no escatimaron en gastos, incluyendo una transformadora cirujía plástica, así como nuevos e inescrutables documentos de identidad. Se rumoró, a partir de entonces, que era asiduo de los círculos más exclusivos de la diplomacia y el oficialismo en países diversos, desde los puntos más recónditos de Asia hasta el resto de América, sin excluir a Europa, donde parecía tener su cuartel general. Literatos, embajadores y hasta funcionarios de poca monta que le habían conocido alguna vez denunciaban, a su regreso, haber sido objeto de sus cortejos, aquí o allá. Aseguraban que se había aproximado a ellos, zalamero, y portador de una valija repleta de billetes, en una boîte de París, en uno de los tantos recovecos del aeropuerto de Roma o simplemente cruzando el Puente de Londres, donde se hallaba dizque “por pura casualidad”. Su cinismo era tan transparente como su afán de lucrar con aquellas deserciones, por las cuales le pagaban con cuantiosos fondos que la agencia de espionaje depositaba a su nombre en una cuenta suiza numerada. Uno incluso juró haberle visto bañarse, ebrio, delirante y vestido de esmoquin, en la Fontana di Trevi, imitando, por cierto, una escena de una de sus películas italianas preferidas. Celebraba, sin duda, la vergonzosa capitulación de un viejo amigo. Ya para entonces, de acuerdo con estos relatos, se había extinguido completamente en él su antiguo y profundo amor por las letras. No sólo no escribía ya; tampoco leía. Y en una clara señal de su desprecio por la cultura y la civilidad, se había sumado a algunas de las bandas sanguinarias que asolaban por aquel entonces distintos países de América Latina, liquidando a disidentes y desafectos de izquierda, entre ellos numerosos escritores y aspirantes a serlo, infelices y talentosas víctimas a quienes –según ciertas versiones- había interrogado con saña antes de matarles de un disparo en la cabeza o lanzarles al mar desde un helicóptero en pleno vuelo. Juraban otros que existía también una foto en blanco y negro en que se le ve claramente, sin lugar a duda alguna, arrojar libros en una pira incendiaria en pleno centro de Santiago de Chile, durante los primeros días del golpe militar. Su rostro, distorsionado por un rictus de odio salvaje, parece encarar con orgullo la cámara, como si someter al fuego las obras del intelecto humano le proporcionara un extraño y profundo placer. “No hay peor furia que la de un escritor frustrado”, afirmó uno de sus antiguos allegados al tener noticia de aquel acto de indecible vesania. Nadie ha sabido decir a ciencia cierta si fue antes o después, ni siquiera cuándo exactamente, pero llegó a atribuírsele en algún momento una participación marginal en el publicitado escándalo que provocó la renuncia del presidente Richard Nixon. Estas versiones le excluyen con toda certeza de la corta nómina de “plomeros” de Watergate, bastante conocida en virtud de toda la información publicada en los periódicos más respetados, para asignarle, sin embargo, el papel más embozado y siniestro de coordinador no inculpado, de facilitador en la sombra. Sus viejas relaciones con los servicios de inteligencia y los numerosos instrumentos documentales de chantaje que había ido acumulando hasta entonces a lo largo de su ya extensa carrera criminal le habrían valido esta rara muestra de clemencia por parte de las autoridades. Sólo se le exigió discretamente que abandonara el país hasta que la curiosidad de la prensa y la paciencia del público se aplacaran, algo que hizo sin mucho ruido, para sentar plaza enseguida en sitio desconocido.
Fue allí precisamente, según los chismosos, que conoció y contrajo matrimonio con una acaudalada dama española que se enamoró de su facha, su intriga y sus versos; porque en aquél, su nuevo exilio, había renacido en él el amor por la música de las palabras, y él supo servírselas en bandeja de plata. Instalado tiempo después en una mansión señorial y playera de Mayorca, y rodeado de lujos, más que burgueses, plenamente aristocráticos, se dio a anotar sus pensamientos en un diario de tapas de cuero, donde también plasmaba, de cuando en cuando, algún que otro poema. Se diría, aseguraban sus viejos colegas, que tras una ausencia tan larga de los misterios gozosos de la escritura, su antigua vocación había resucitado con bríos tan potentes como inexplicables, ahora que no tenía que dormir con una pistola debajo de la almohada y su flamante esposa le colmaba de todos los incentivos y comodidades para armar su obra e incluso publicarla en algunas de las editoriales más prestigiosas de la península. Según estas versiones, para protegerse de cualquier fantasma de su turbulenta vida pasada, sus libros ostentaban sólo un seudónimo guardado bajo estricto secreto.
Al año siguiente, empero, uno de sus viejos conocidos trajo de un viaje al extranjero una curiosa historia suya que alguien le contó de muy buena tinta, y según la cual su muelle existencia de conde o de marqués ibérico se había visto interrumpida trágicamente con el estallido de una potente bomba que le privó, a la vez, de mansión y esposa. De pura suerte, salió de este difícil trance con vida. Se trataba seguramente de una venganza tardía por sus viejas andanzas y traiciones, concluyeron algunos de sus antiguos colegas, para quienes su pista se desdibuja a partir de entonces en una serie de anécdotas conjeturadas y posiblemente imaginarias, en que algunas veces se le ve derrochar la herencia de su esposa muerta en un suntuoso casino de Madrid, rodeado de pillos y aprovechados que saquearon completamente su patrimonio, o entregado a las drogas y el alcohol en un tugurio de Marrakech, de donde se le expulsa finalmente tras verse involucrado en un sonado escándalo sexual con la joven sobrina de un emir. Cansado, triste y derrotado, de acuerdo con rumores que empezaron a circular más adelante, volvió renuentemente a Estados Unidos a bordo de un avión privado que alguien —quizás uno de los tantos rufianes con que había trabado conocimiento a lo largo de muchos años— puso a su disposición a fines de los setenta. Dado que se hallaba en la mira de un sinfín de acreedores y sicarios, buscó refugio poco después, aseguraban, en el mismo y apartado convento de Kentucky donde el sacerdote Thomas Merton escribió sus famosos libros sobre la vida monástica. Desde allí, consiguió cobrar con la ayuda de un tercero los cuantiosos honorarios de sus libros publicados bajo seudónimo, lo que le permitió restablecerse sin mucha dificultad en la vida pública. Pagó sus deudas, sobornó a sus viejos enemigos con enormes desembolsos, hasta que al fin, sin temer ya por su vida y hacienda, regresó a Miami pocos meses antes de un acontecimiento insólito y escandaloso en que, al poco tiempo, sus colegas y conocidos de antaño empezaron a atribuirle un importante y crucial papel.
Según estas versiones, se le habría visto en ese entonces merodear por la dársena a la que acudieron miles de embarcaciones estadounidenses a recoger familiares y refugiados en uno de los éxodos más masivos de la historia, en compañía de altos funcionarios y militares con quienes parecía sostener un trato de absoluta cordialidad y entendimiento. Trepado a uno de aquellos barcos, y dotado de un altavoz, impartía a menudo órdenes y divulgaba comunicados oficiales, mientras miles de sus compatriotas hacían fila para hacerse a la mar y al exilio. Algunos han asegurado que una palabra suya en aquellos momentos bastaba para privar a cualquiera del ansiado viaje, o para colocarle, si así se le antojaba, en el más veloz y seguro de los barcos. Todo a cambio de una generosa retribución que alimentaría aún más sus arcas de bandido, aunque del monto de su fortuna, y aun de su destino final, nunca se ha llegado a conocer cifras o datos muy precisos. En todo caso, el comienzo de la década de los ochenta parece pillarle con escasos recursos pecuniarios, porque otros chismes y rumores le sitúan para entonces en Bangkok, adonde ha debido huir, oculto en la bodega de un barco de carga, por no saldar una vieja deuda con el fisco estadounidense, siempre implacable y codicioso. Privado de acceso a sus cuentas y con todas sus propiedades confiscadas nuevamente, se entrega, nos cuentan, a toda clase de excesos en la capital tailandesa, lugar donde habría de tomar —si hacemos caso a sus viejos conocidos— la trágica decisión de quitarse la vida. De acuerdo con estas versiones, un conserje anciano descubrió su cadáver una mañana, cuando se disponía a entregarle una orden de desahucio, tendido en su cama junto a una prostituta de catorce años que no se había percatado de la frialdad de su cuerpo. La noche antes, había ingerido una abundante mezcla de ajenjo y medicamentos sicotrópicos con que seguramente logró conciliar el sueño eterno.

Las leyendas tejidas sobre sus peripecias y aventuras en tierras foráneas cesan, muy previsiblemente, por esa época, y no vuelven a hablar de él sus antiguos colegas y amigos con la misma frecuencia de antes. Poco a poco, postergan referirse a él, y cuando lo hacen, es casi siempre al final de una tanda de tragos en una taberna o como tema marginal de sobremesa. Algunos, eso sí, dudan que haya muerto.

—¿Se ha sabido algo más de él? —pregunta uno, casi somnoliento, y los demás cabecean, sin saber qué contestar ni agregar a lo mucho que ya se ha hablado.

—¡Qué personaje! —aventura otro al fin, seguro de que no le volverá a ver.

           Pero sucede, que un día se atreve a regresar, viejo, calvo, barrigón, y contento. Nadie le pide explicaciones en el aeropuerto por su deserción en Europa, más de treinta años antes; tampoco a la entrada de la sede del gremio de escritores y artistas que solía frecuentar antes de su fuga y donde pocos ya le conocen. Se pasea por el lugar con la mirada ausente y el aire de un turista aburrido, hasta que alguien, un pintor de muchos años pero con vista de águila, le reconoce de pronto, a pesar de lo mucho que ha cambiado. Y así, en cuestión de minutos se halla sentado a una mesa de la cafetería con un grupo de viejos conocidos y colegas, a quienes convida a beber y comer bocadillos con la generosidad de un pachá. Ninguno le pregunta por aquellas andanzas suyas, ni osa indagar tampoco si escapó una vez de Madrid con una maleta llena de dólares, ni si fue el coordinador oculto de los sucesos del Watergate, ni si quemó libros en Santiago, ni mucho menos se atreve a mencionar la exagerada versión de su suicidio. Se limitan a escucharle, embelesados, mientras les cuenta que después de trabajar muchos años en un periódico mediocre y aburrido, se retiró al fin, y ahora vive y escribe tranquilamente una novela en un aletargado pueblecito de la Florida.

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Manuel Ballagas (La Habana, 1948). Escritor y periodista. Reside hace 30 años en Estados Unidos, país del cual es ciudadano. Publicó su primer relato a los 15 años en la revista Casa de Las Américas. Formó parte del grupo de jóvenes escritores nucleados en torno a las Ediciones El Puente, y en 1965 su libro de cuentos Con temor fue sacado de la imprenta por orden de Fidel Castro. En 1973 fue arrestado y condenado a seis años de cárcel bajo cargos de “diversionismo ideológico”. Tras su arribo a EEUU en 1980, reinició su actividad periodística, desempeñando cargos ejecutivos en periódicos como The Miami Herald, The Wall Street Journal y The Tampa Tribune. Ha publicado el libro de memorias Newcomer y las novelas Descansa cuando te mueras y Pájaro de cuenta. Dedicado totalmente a la literatura, reside actualmente con su esposa en Miami, donde trabaja en un libro de relatos del cual Malas lenguas formará parte.

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4.

La canción de Elsa

(fragmento de la novela «Posesas de La Habana»)

Teresa Dovalpage

Inundación en la habana

Un auto pasa por la Avenida de Carlos Tercero con el radio encendido y la música se desliza hacia arriba por la escala de silencio que tiende el apagón. Ésa es mi marcha, aunque nunca la hayan tocado, ni creo que ya la toquen, para mí. Yo soy Elsa, la doncella de Brabante, la que esperó hasta los veintiún años por un caballero salvador de armadura plateada. Soy la abandonada por Lohengrin, la del hermano convertido en cisne, la repudiada nuera del Santo Grial…

Sin embargo, una vez me fue dado el chance de escapar de Caronte. Solamente una vez, como en el bolero de Agustín Lara. Solamente una vez en mi huerto brilló la esperanza. La esperanza que alumbra el camino de mi soledad. Y por imbécil perdí el chance. Por meterme a hacer favores que no me habían pedido y que ni siquiera me agradecieron después.

Fue en el noventa y cuatro, cuando la sección de intereses americana estableció la lotería de las visas –el bombo, le decían. No se oía hablar más que de los miles de permisos de salida que se estaban rifando. A Fulano le llegó el sobre amarillo y ahora maneja un Ford en Colorado. Mengana se fue hace seis meses y ya mandó una foto desde Miami y ha engordado veinte libras. ¡El bombo, hay que escribir al bombo!

Me ilusioné. ¿Qué me impedía escribir solicitando visa? Yo no tenía nada que perder; ni trabajo, ni estudios ni buena posición. Y si me sonreía la suerte, si me sacaba aquella lotería, podría salir de Cuba con mi hija y encontrar un trabajo donde pagaran con el mismo dinero conque se compraban las cosas en la tienda. Podría alquilar un apartamento propio en una ciudad donde nevara cada invierno y empezar otra vida. O mejor dicho, empezar a vivir.

En cuanto se empezó a correr el rumor de las visas, se acabaron todos los sobres de carta que había en La Habana. En el Correos los racionaron: daban dos por persona y sólo permitían que la gente se pusiera en fila una vez. Tres tardes completas pasé en la oficina de Belascoaín, con mi hija a cuestas, haciendo la cola para comprarlos. Al fin conseguí seis. Regresé a casa con la felicidad guardada en la cartera, busqué un bolígrafo y varias hojas de papel y me senté a escribir con campanas de fiesta cantándome en el corazón.

Terminé con los ojos fritos, pero con la fatiga pespunteada de optimismo. Mis ilusiones, de un azul tan claro como la tinta del bolígrafo, me dibujaban un paisaje de ensueño más allá de estas costas. Elevé una plegaria. Oh, raudo Hermes, mensajero de los dioses, cálzate los alados borceguíes y lleva estas misivas a su destinatario, El Poderoso Americano Visador.

No me desalenté aunque Catalina dijera ay, Elsa, vergüenza te debería dar. Si quieres me pones ahí, pero yo a los Estados Unidos no voy. A mí no se me ha perdido nada en el monstruo, como dijo Martí que le conoció las entrañas. Y mima refunfuñaba también que con la mala suerte que tenemos nosotros no nos ganamos ni un viaje en la lancha de Regla. Y mi hermano Erny no seas boba, Elsa, esas visas ya están dadas desde antes de empezar el sorteo. ¿Y si le pasan las cartas al comité para que los de vigilancia sepan quién se quiere ir de aquí?

Pero yo tenía la esperanza en cuarto creciente y la seguridad absoluta de que la fortuna me iba a favorecer. Ya hacía tiempo que las apologías del socialismo se habían desmenuzado en mi memoria. En los duros noventa se desaparecieron de mi psiquis ciudadana, reemplazadas por el sólo para turistas, por el adónde va, compañera, los cubanos no pueden entrar aquí. Consignas devaluadas como el peso cubano, oscurecidas por los apagones del período especial, consumidas por la leche de los niños que se pierde a los siete años, asesinadas por la consigna de socialismo o muerte, patria o muerte, muerte en el mar.

La tarde en que fui a echar las cartas tuve un ataque repentino de lucidez. Fue en camino para el Correos, frente a una estatua de la Avellaneda que contempla aburrida el tráfico emparedada en mármol gris. Sentí un escalofrío. Cerré los ojos y vi, a la luz de un relámpago mental, a mi hermana Catalina y a su póster del Che Guevara con cara de mal genio en nuestro cuarto. La vi reírse de mí mientras que rezongaba algo del monstruo y las entrañas…

Volví a la realidad, contemplé las cartas y me pregunté para qué demonios me había pasado la noche anterior escribiéndolas. ¿Qué necesidad tenía yo de cargar con mi madre, con Catalina, con Erny y hasta con la misma Abuelonga, que total, con lo vieja que estaba tampoco se podría adaptar a vivir  en el norte? En la esquina había un latón de basura y allí lancé todos los sobres, menos el mío. Quizás se incubaba dentro de él mi pasaje a Miami, invisible cual semilla en la tierra… Aguardando el momento en que los dedos bien cuidados de un funcionario americano que bien podría llamarse Steve, como Spielberg, lo abrieran y sus ojos, que habrían visto los copos de nieve caer sobre las calles de su país, se fijaran en la implorante solicitud de una desconocida. Para que, justo entonces, el milagro ocurriera, y las diez sílabas que forman mi nombre y apellidos se anotaran irrevocablemente en el Libro de los Visados.

Todo eso podía haber pasado si yo hubiera seguido de largo, como me aconsejaba aquel impulso. Si me hubiese olvidado de las cartas que yacían en el bote de la basura,  con la dulce y total renunciación… Si hubiera echado sólo el sobre mío en el buzón azul del Correos de Belascoaín.

Pero entonces intervino un espíritu vil que me taponó el entendimiento y borró de un plumazo mi resolución de clarividente. No sé si sería el sarcástico Momo, o el pendenciero Ares, o Eleguá, el malicioso. La flecha envenenada del remordimiento me punzó el corazón. Ya había escrito las cartas, ¿por qué no enviarlas todas? Al fin se trataba de mi familia, la única que tenía, cómo les iba a arrebatar esa oportunidad. Al que Dios se la dé, San Pedro se la bendiga, aunque estaba segura de que Dios me la iba a dar a mí.

Me agaché, metí la mano en el latoncito apestoso y recogí los sobres desechados, limpiándolos y sacudiéndolos con tanto cuidado como si fueran, ay, billetes de a diez dólares.

Cuántos días he revivido, entre crispaciones de cólera, aquel momento. Cuántas noches he soñado que abandono las cartas a su suerte, que doy media vuelta y sigo mi camino hasta entrar, deslumbrada y feliz, en medio de una tormenta de nieve, en la patria de Spielberg.

La habana cuba3

Pero lo cierto fue que llegué al Correos y eché todas las cartas en el buzón azul. Todas llegaron a la oficina de intereses y pasaron al bombo de las visas. Pero los dedos blancos y cuidados de Steve no escogieron la mía. No fue mi nombre el que anotaron en Libro de los Visados sino el de mi hermana, el de la comunista, el de quien no quería, por nada de la vida, viajar al monstruo y conocerle las entrañas.

Papeles son papeles,

cartas son cartas.

Palabras de los hombres,

todas son falsas.

Nadie sabe para quién trabaja. La suerte es loca, dicen, y a cualquiera le toca. A cualquiera, se entiende, a cualquiera menos a mí.

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Teresa Dovalpage, narradora cubana, nació en La Habana y actualmente reside en Taos, Nuevo México. Es autora de varios volúmenes entre novelas y relatos. A un dominio seguro de su narrativa se une un estilo a menudo humorístico,  de un humor seco e incluso negro, que la distingue de casi todas las narradoras que escriben en nuestra lengua, si exceptuamos a Rosa Montero, entre las españolas.

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5.

La caída de Babalú Ayé

(Relato)

Héctor Santiago

           Babalú Ayé era el hijo preferido de Olofi, el Padre de todos los Orichas. De todos, era el más hermoso, el mejor vestido, el de más labia; con un fuerte magnetismo, y aún más viril que su hermano Changó. También tenía un lado algo oscuro: era pendenciero, arrogante, borracho, jugador y mujeriego. Se sabía que entre todos los hijos de Olofi sería el heredero al trono de Obá. Por eso todos le trataban como si ya fuera el rey, acostumbrándolo a sentirse que se lo merecía todo. Estaba por encima de los juicios y críticas que pudieran hacérsele por su comportamiento, indigno de un futuro gobernante. ¡Nada envilece tanto el corazón como la lisonja constante; tanta lengua diciéndole siempre que era el mejor, celebrando su belleza, congratulándolo por atraer a tantas mujeres! La gente que quería conseguir algún favor de Olofi le daba dinero para que les abriera las puertas del palacio de su padre, como a la yerba mala, acostumbrándolo así a cobrar por cada audiencia que facilitara con él, o los favores que como príncipe heredero podía hacerles. Lo fueron envenenando lentamente, invitándolo a suntuosas comidas, regalándole los trajes más hermosos, las joyas más costosas, organizando para él rumbas ygüemileres: las fiestas con tambores. Babalú Ayé fue creyéndose todo lo que le decían, volviéndose un insoportable engreído y comenzando a mirar a los demás desde el alto pedestal donde él mismo se colocó: sólo él era grande e importante y el resto del mundo unos insignificantes –las alabanzas ciegan el cerebro y son mala comida para el corazón–. Llegaron las mismas gentes que le servían a sentir miedo de él, creyendo que si le hacían alguna ofensa podían terminar devorados por las auras. Los babalawos que ayudaban a Olofi ardían en deseos de contarle el comportamiento de su hijo: pero el futuro gobernante podría desquitarse cortándoles la lengua. Así que todos prefirieron encubrir sus faltas:

             —Nosotros mismos somos los culpables de nuestros problemas.

Si Olofi preguntaba.

             —¿Cómo anda mi omokenke; mi hijo? —le contaban una larga lista de falsas lisonjas, celebrando sus logros fantasmas, ponderando sus inexistentes virtudes: en fin que con las palabras construían un falso Babalú Ayé. Pero nada de eso impidió que lentamente Olofi comenzara a preocuparse por el poco tiempo que su hijo pasaba en palacio aprendiendo a gobernar. Varias veces lo vio bostezando en las reuniones con sus babalawos, más preocupado por cómo lucía, que en adquirir sabiduría para ofrecer justicia cuando sus súbditos acudían con sus quejas, denuncias y reclamos para que el Obá dictara sentencia.

           Cuando Olofi partía a visitar su reino, y escuchar las quejas y necesidades de su gente, en vez de ejercer las funciones que su padre le había confiado, Babalú Ayé se entretenía corriendo detrás de las negras de traseros más grandes, en las fiestas, regresando de madrugada a palacio completamente borracho, gastando a manos llenas el tesoro de su padre.

              Era una tradición que presididos por Olofi y el príncipe heredero, a fin de año se reunieran todos los babalawos del reino para leer las letras anunciando el futuro del año venidero, en el até, el tablero de palma donde dejaba oír su voz el Oricha Itá: el más grande entre todos los adivinos. La lectura de las predicciones las encabezaban Orula Bentuko I que tenía tres mil años, Orula Cakeré II que tenía dos mil años y Orula Mataba III que tenía mil años. Ellos se encargaban, de desentrañar los misterios, y aclarar el oscuro lenguaje conque Itá anunciaba el futuro: la salud del Obá, si habría guerras, enfermedades, sequías; cómo serían las cosechas, si se le debía alguna comida a un Oricha que pudiera castigarlos a todos; si habían echado brujería o alguien tenía mal de ojo; quién tenía que hacerse ebbó: una limpieza.

            Orula Bentuko I tiró sobre el tablero el ekuelé: las cadenitas de hierro que de acuerdo a cómo cayeran tenían distintos significados. Una expresión extraña se apoderó de su rostro pero no dijo nada, pasando con un gesto solemne el ekuelé a Orula Cakeré II que tuvo la misma reacción, tirándolas. Los santeros menores, los consejeros del Obá, y sus guerreros, comenzaron a inquietarse. El mismo Olofi se mostraba impaciente en su trono, mientras a Babalú Ayé sólo le importaba no arrugarse su hermosa ropa. Cuando Orula Mataba III tuvo la misma reacción que los anteriores, todos se miraron sin saber qué hacer. Los más viejos recordaban que eso sólo había sucedido en las vísperas de las grandes tragedias que asolarían a la isla. El silencio era pesado y grave. Impaciente habló Olofi.

              —¿Qué es lo que pasa? —Los tres Orulas se miraron sin contestarle.

            —¡Hablen! —Ante orden tan tajante no tuvieron más remedio que decírselo todo. Y hablando con la verdad porque las letras del Itá debían respetarse: las pústulas más horribles inundarían las bocas de los mentirosos y la viruela deformaría para siempre a los que se atrevieran a ofenderle, le correspondió hablar primero al Orula más viejo.

              —Cuando Itá habla hasta los cocos y los caracoles se callan.

              —¿Y qué dice Itá? —Preguntó impaciente Olofi.

              Le respondió Orula Bentuko I.

              —Hay que aceptar lo que manda el Cielo.

              —¿Y qué cosa es? —Preguntó Olofi no sin cierto temor.

              Habló Orula Cakeré II.

              —¡Algo que no va a gustar mucho!

             Impaciente Olofi gritó.

             —¡Sea lo que sea, quiero saberlo!

             Habló entonces Orula Mataba III.

             —¡Babalú Ayé nunca será rey!

          Un grito de asombro se dejó escuchar por todo el lugar. Olofi comprendió que pese a la pena que sentían los Orulas la palabra del Itá era sagrada. Babalú Ayé con los ojos echándole candela se les acercó, y con un gesto inesperado, dándole una patada al até lo lanzó por los aires estrellándolo contra la pared. Después pisoteó el ekulé gritando.

            —¡Embusteros, mentirosos! ¡Yo voy a ser el mejor Obá del mundo!

            El silencio se podía cortar con un machete mientras todavía se escuchaba la risa sarcástica de Babalú Ayé mientras se alejaba por los pasillos del palacio.

              El corazón de Olofi lloró viendo lo que hizo su hijo. Sabiendo la gravedad de su sacrilegio le dijo a los Orulas.

              —Yo pongo los animales y las frutas, y pago el derecho del egbó a Itá. —Pues todos sabían que sólo dándole de comer le pagarían la afrenta, quizás evitando que un terrible castigo cayera sobre todos.

              Orula Bentuko I que venía desde el comienzo del caos antecediendo a la creación del mundo dijo con gravedad recogiendo los pedazos del até:

              —¡Lo que se rompe no se compone!

              Los presentes se estremecieron arrodillándose para besar a Ochereré la tierra. Orula Cakeré II que venía de los tiempos cuando Obatalá creó al hombre modelándolo con fango le dijo echando un poco de agua fría sobre el ekuelé pisoteado.

              —¡Lo que dice el Itá es lo que es. Tu hijo jamás se sentará en ese trono!

              No hay lágrimas más dolorosas que las del dolor de un padre: esas fueron las que descendieron por las mejillas de Olofi. Orula Mataba III que venía de los tiempos cuando el mismo Olofi le concedió a los hombres el dominio de las palabras le dijo:

             —¡Hoy fui oro, y mañana mierda del moro!

             Después se marcharon los tres dejando al resto enredado en las redes del eco, sin entender el profundo significado de esas palabras.

            Olofi pensó que si Babalú Ayé se echaba sobre la cabeza ceniza de los carbones de la cocina, Itá lo libraría de la maldición que había caído sobre él. Olofi pensó que si Babalú Ayé hacía egbó dándole la sangre de un chivo al Oricha Elegua éste no le cerraría los caminos de la isla. Pero ya su hijo se vestía para ir a un toque de cajones negándose a ir detrás de los Orulas pidiéndoles disculpas, respondiendo a las súplicas y lágrimas de su padre con arrogancia.

               —¡Yo soy Babalú Ayé!

               El corazón de Olofi se partió de tristeza.

             Pasaron unos días, y al cabo se dieron cuenta de que Babalú Ayé no había salido de su habitación. Olofi envió a sus servidores a decirle que quería verlo, pero éste se negó a abrir la puerta amenazándolos con cortarles las cabezas si seguían insistiendo. Se fueron temblando donde Olofi contándole lo sucedido. Olofi mandó a Mulengue el mejor de sus tocadores para invitarlo a un toque de tambores batá en el patio del palacio: Babalú Ayé amenazó con cortarle las manos. Olofi mandó a Fuyambo su cocinero con un plato con ñame, gandinga, tamales y quimbombó: Babalú Ayé juró que lo cocinaría vivo en una de sus mismas cazuelas. Olofi le mandó tres hermosas mulatas hijas de Ochún invitándolo a bailar guaguancó: las amenazó con córtales los pechos. Olofi le mandó a Kikiribú su tesorero sonando ante su puerta una bolsa llena de cauríes: Babalú Ayé le prometió que se los haría tragar. Olofi mandó al resto de sus servidores con otros ofrecimientos: recibiendo más maldiciones y amenazas. Olofi comprendió que era el momento de acudir él mismo.

              —¡Babalú, abre la puerta!

              Tras un corto momento de espera éste se abrió. Olofi respiró un olor tan horrible que reculó asqueado. Pero no pudo ver qué había adentro porque la habitación estaba a oscuras.

             —¡Babá no entre! Le suplicó una voz tan angustiada que ni pudo reconocerla.

               —¿Babalú?

               —Sí babá, es su omokenke.

               —Enciende una vela, hijo.

                —¡No!

                Olofi comenzó rogándole hasta que con duras palabras le ordenó abrir las ventanas, dejando entrar la luz de Olorum el sol.

               —¡Usted manda babá!

               Babalú Ayé le mostró las piernas con las cuales pateó el até y el ekulé llenas de unos granos repugnantes, carcomidas por unas llagas supurantes. Olofi sintió la necesidad de abrazar a su hijo para llorar juntos.

               —¡No se me acerque que estoy podrido!

               Olofi mandó a buscar a los tres Orulas pero ya éstos se habían perdido en los comienzos del tiempo. Con tal de salvar a su hijo no descansó buscando cómo podía hacer para salvarlo de la maldición de Itá, haciendo traer de los confines del mundo a los babalaos, brujos, y espiritistas de más nombre, los cuales, moviendo las cabezas impotentes, se confesaban incapaces.

                —¡Son misterios que no entendemos! —Decían recogiendo sus cocos, los caracoles, las cartas, los pañuelos a los cuales leían su caídas, las tazas con borras de café hablando del futuro, limpiando las reveladoras ceniza de los cigarros, hasta los vasos de agua donde las claras de huevo asumían las imágenes de los presagios. Pese a que Olofi insistía en que continuaría pagándoles lo que le pidieran, éstos se marchaban ansiosos por dejar atrás la visión y el olor de la carne putrefacta de Babalú Ayé que les revolvía el estómago, aunque Olofi mandaba a quemar incienso por los rincones y asperjar Agua de Colonia de Murray.

                 Una mañana Babalú Ayé se paró ante la ventana ansioso por ver un poco del mundo que ahora le estaba vedado: y alcanzó a ver en el cielo una corona de Ikolés; las tiñosas, que volaban sobre el palacio oliendo su carroña. Y a los caminantes que corrían tapándose las narices y diciendo.

                 —¡Pa’ su madre!

                Apretándosele el corazón tomó una decisión. Por la noche aprovechando las sombras de Sembeleké la luna huyó del palacio y encontrando tan sin sentido sus ropas costosas, sus joyas, el dinero, se marchó sin nada. Caminó y caminó sin detenerse. Sentía tanta picazón que se quitó la ropa para arrascarse. El frío de la noche le amainó el escozor por lo que decidió quedarse desnudo. Pero por la mañana cuando Olorum el sol lo mordió con sus rayos se tuvo que arrascar contra las palmas y las rocas, restregarse con tierra, y pasando por el río Bejucal arrancó unos berros con los se frotó hasta que su frescura lo alivió. Así pudo quedarse dormido al pie de Iroko la ceiba. Lo despertó Remigio Fundora un guajiro que compadeciéndose le dio un saco de yute para que se cubriera —desde entonces es la tela conque se viste—. Pasó frente a la casa del carpintero Juanito Oyimbe que viéndolo caminar dando salticos con sus piernas enfermas le regaló unas muletas. Viéndole la cara de hambriento la negra Severina La Culona le dio unas semillas de ajonjolí con miel y una güira llena de vino seco —desde entonces su comida favorita—. Un grupo que iba para una boda en la iglesia de Jesús del Monte lo alejó tirándole piedras: desde entonces obligándolo a ponerse cascabeles en su ropa, así sabrían cuando se acercaba, corriendo todos a esconderse. Andando por Guanabacoa escuchó un aullido lastimero: tanto conspiró el Gato contra el Perro, celoso por el afecto de su amo, que éste lo estaba moliendo a palos acusándolo de todas las mentiras conque lo culpó el Gato. En vez de continuar su camino Babalú Ayé intercedió para que dejara de castigarlo, a lo que dijo el hombre:

          —Si tanto te interesa por qué no te lo llevas.

         Desde ese momento Babalú Ayé recogió cuanto perro andaba suelto por la isla, y estos, agradecidos le lambeaban las pústulas calmándoselas. Pasando la mayor parte del tiempo escondido en los matorrales, con permiso de Osaín el Oricha del monte, probándolas en su piel descubrió los poderes curativas de muchas plantas, raíces, palos y bejucos. Enterándose que en Guira de Melena los pueblerinos estaban aquejados de viruelas, se fue allá con sus perros sin descansar, ayudándolos con sus remedios: cuando le ofrecían pagarle lo más que aceptaba era unos kilos prietos. Una vez que los curó, se volvió a hacer al camino, sordo a los ofrecimientos de todos para nombrarlo Yerbero Mayor.

           Como la memoria de la gente es tan vana como el viento, nadie se imaginaba que ese viejo de barbas blancas y rodeado de perros fue un príncipe poderoso llamado Babalú Ayé. Lo más que decían las bocas propagando la noticia es que había un hombre que a su paso curaba la sarna, la viruela, las pústulas, y las enfermedades de la piel, y le rogaban que visitara a los enfermos y fuera a los pueblos abatidos por las plagas. Cansado de lo mal agradecidos que eran y las maldades de los hombres, Olofi se retiró al cielo dejando su reino a su otro hijo el Oricha Obatalá. De vez en cuando apartaba las nubes para contemplar desde las alturas al mundo que iba de mal en peor.  Una vez posó sus ojos en un camino por el que venía un viejo seguido por unos perros, y como el corazón de un padre nunca se equivoca comprendió que era su amado omokenke. Envió a su mensajero el Venado con una calesa con hermosos caballos blancos, ropas como las que se ponía cuando era príncipe, una bolsa repleta con centenes de oro, y ofreciéndole un palacio en la colina de Mambiala. Babalú Ayé miró las riquezas recordando los buenos tiempos y el trabajo que estaba pasando. Pero sus perros comenzaron a aullar lastimosamente, comprendiendo que lloraban por el miedo de perderlo. Así que le dijo al Venado.

            —Dile a babá que no necesito nada.

           Se le hizo una pasita arrugada el corazón al Venado preguntándole.

           —¿Ni siquiera un pedacito de tierra para vivir en paz?

           Babalú Ayé miró la extensión de la isla, y alzando el dedo tembloroso sobre Ochereré le señaló un punto verdoso en la lejanía.

          —Sí, quiero aquel pantano.

          —¡Es tuyo!

          Y allá se fue con sus perros: construyéndoles en su orilla con tablas de palmas y un techo de güano un bajareque para que se refugiaran. Después entrando en sus aguas putrefactas, hediondas y fangosas, desapareció en sus entrañas convertidas en su casa. Desde entonces Olofi lo nombró el Oricha protector de los enfermos de la piel y sus adorados perros. Y en señal de respeto, caminando desde las lejanías, le llevamos en su día a la iglesia del Rincón sus quilos prietos…

Exilio, New York, 1966.  © Héctor Santiago. (Del libro inédito Ogunda-Odi, cuentos del caracol).

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6.

La imagen en relieve

Rolando Morelli

(Para Connie y Verónica, por la insistencia con que me lo han pedido)

           Las inclemencias del tiempo —los avatares reiterados de una larga vigilancia insomne— la habían desgastado, robándole volumen a la figura y, paradójicamente, devolviéndole una espesura más real en correspondencia con su verdadera imagen. Saltaba a la vista el deterioro, evidente a pesar de la decadencia general a su alrededor, pues toda ella sufría de una erosión inevitable por más intentos que se hicieran por remendar la imagen. ¡Y no debe dudarse que se hicieran esfuerzos en este sentido! Extraordinarios esfuerzos inclusive, para detener el avance de lo inexorable. Ahora mismo, y a pesar de la obstinada lluvia de las últimas semanas, los hombres encargados por el Comité de Orientación y Propaganda del Partido de devolverle a la figura decrépita su apariencia de atleta, que nunca había correspondido al modelo, y la juventud que alguna vez fuera la suya, seguían trabajando denodadamente. Día y noche, y noche y día trabajaban bajo la lluvia con determinación o empecinamiento únicos, como si se tratara de salvar nada menos que los frescos de la Capilla Sixtina. (Dada la composición del grupo habría podido comparársele con más propiedad a la de los míticos constructores de una torre de Babel inexplicable en su soberbia de alcanzar el cielo). El llamado Contingente Internacional, de la Brigada de Restauración y Retocado Urbano “Sacco y Vanzetti”  había sido responsabilizado con la terminación en un plazo muy breve, de la monumental tarea restauradora del mural. Casi todos eran hombres y mujeres entusiastas vocados a su labor de salvamento con un candor verdadero, que podía prescindir de constataciones y tenía una reserva inagotable de entusiasmos. Aunque podían oírse a la vez casi todas las lenguas de la tierra, incluido el español, era el inglés la lengua del común entendimiento, o tal vez aquélla en la que creían entenderse todos aún cuando más lejos estaban de comprender nada.  Lo cierto es que para la tarea de rescatar de su decadencia a la imagen portentosa, lo único que se requería en común era un esfuerzo de concentración profundo que obviara todo cuanto no constituyera en propiedad la imagen y sus atributos. Por eso, los  primeros esfuerzos se dirigieron a rehacer la barba.  Brocha en mano, los que tal encomienda tenían se aplicaron a ennegrecerla con una base de betún probadamente resistente a los elementos. Al hacerlo, alguno que tal vez leyera español mejor que los demás, se percató de que una mano anónima había profanado la imagen inscribiendo sobre el rostro, como si se tratara de un tatuaje, un mensaje que debía ser críptico: «Cuando veas las barbas de tu vecino arder, pon las tuyas en remojo».  Aquello sólo había podido escribirlo su autor con riesgo de la propia vida, antes de que los andamios de los restauradores llegaran hasta allá arriba. Cuando el betún estuvo seco, cosa que se logró adelantar con ayuda de unos ventiladores concebidos con tal propósito, se colocaron sobre este trasfondo negro cerrado algunas hebras grises que hicieran más creíble el conjunto, pero sin intención realista.  Alrededor de los ojos —ojillos encerrados en los pliegues y cuarteaduras que el papel había concebido por su cuenta a lo largo de una estación interminable— se juntaban las patas de gallina de todo un corral. Marcas que conducían a los ojos como si las convocara la intención de picotear allí, tal vez develando la enorme catarata que los cubría y empañaba. Los restauradores rasparon con cuidado extremo todos aquellos relieves y les aplicaron lijas muy suaves antes de darle a lo que restaba del rostro una textura juvenil, donde no se echara de menos alguna que otra arruga, un lunarejo y hasta pecas ocasionadas por el sol. (No se contempló para nada la posibilidad de consentir verrugas). En el interior del ojo, sobre la pupila, se descubrió ahora otro letrero atribuible a la misma mano que había pintado el anterior, o a otra cualquiera: «Tú que ves la paja en el ojo ajeno, ¿no alcanzas de una vez a ver la viga en tu propio ojo?». El retocado acabó en breve con aquella pintada enervante. Terminada la cara, toda la atención se dirigió de inmediato a la mano alzada y proyectada hacia delante, para dotarla del vuelo oratorio que seguramente le correspondía. Un contratiempo inesperado ocurrió en ese momento, cuando el brazo que la sostenía, saturado por la lluvia que había soportado con anterioridad, comenzó a dar muestras de abatirse y dejó ver unas nervaduras de alambres oxidados y retorcidos por debajo del yeso que las recubría.  Con afanoso empeño, los restauradores consiguieron abortar este desastre, y sin pérdida de tiempo procedieron a rehacer el miembro lastimado. A lo largo del índice, se hallaron nuevamente vestigios del acoso sacrílego. Esta vez les resultó más difícil borrar las huellas de aquella agresión a la imagen cuyo sentido exacto no alcanzaban a comprender: «Acto vandálico y criminal, es aquél de indicarle a los pueblos el camino de su perdición como el único posible, presentándoselo incluso con los atributos de lo más deseable para engatusarlos y enajenarles así el ejercicio de cualquier razón. ¡Imperdonable, cuando tal acto se comete contra el pueblo que ha depositado ingenuamente su confianza y dejado sus destinos en manos de vándalo criminal!». Finalmente, el dedo quedó devuelto a su pasada gloria de abalorios y filigranas retóricas. (Si los ojos son, al decir de muchos el espejo del alma, las manos lo son de la edad que en ella se refleja antes que en ninguna otra parte).  Éstas, volvieron a ser manos agraciadas por una eterna juventud de héroes e inmortales.

            Aunque la lluvia se había interrumpido —¿quién podía decir por cuánto tiempo?— después de muchos días de caer y caer, de vez en cuando una ráfaga de viento venía a sacudir febrilmente los andamios, antes de que una calma extraña acabara de aposentarse sobre el quehacer de los restauradores. Para ofrecer protección al mural, mientras se empeñaban en su labor, los hombres habían creado previamente una especie de edificio alrededor del mismo con su techo de hojas de palmera. Una vez acabada la obra, semejante artefacto debería ser desmontado nuevamente para que nada viniera a restarle protagonismo a la imagen restaurada. Tal era el cálculo.

            Luego de una brevísima interrupción, prevista para observar lo avanzado, los esfuerzos se dirigieron esta vez hacia la parte media del cuerpo particularmente agredida por los años.  Se trataba de rehacer los harapos de que iba vestida la imagen, debajo de los cuales sin embargo, no se transparentaba cuerpo alguno, sino un vacío infinito y sin trasfondo. Lo mismo que el hombre invisible, aquella figura asumía su corporeidad y se hacía presente en todo momento y lugar, sólo gracias al vendaje apretado que le colocaban alrededor del cuerpo los restauradores, y sobre el cual se colocaba ahora el uniforme de campaña y los demás atributos del caudillo. El torso henchido bajo la guerrera parecía alentar con vida nuevamente recibida. Justo debajo de la tetilla izquierda, sin embargo, hallaron inscrito los devotos un nuevo agravio a la figura: «Aunque la vistan de seda; la momia, momia se queda». Esta vez fue necesario colocar sobre el bolsillo un par de nuevas condecoraciones, improvisándolas, para ocultar el alcance de aquella afrenta que seguramente buscaba serlo. Junto al ombligo, o al menos en aquel punto que debía corresponderle, fue preciso taponar con abundancia de mortero, a la vez que se borraba un nuevo letrero inscrito en la zona con encarnizamiento: «¡He aquí el ombligo del mundo!». Cuando por fin estuvo reparado el huraco y quedó borrada la pintada, con lo cual quedaba terminado el grueso de su labor, los restauradores se dieron a celebrarlo en grande con todo género de manifestaciones que expresaran su regocijo. ¡Y no era para menos después de todo, considerado lo ingente de la tarea emprendida a contratiempo de cualquier consideración sensata, y cuyos resultados      —según podía adelantarse— estaban llamados a resultar poco menos que superfluos!

            Fue precisamente en ese momento de recogimiento de los restauradores absortos y exultantes frente a la obra colectiva, que volvieron los vientos con fuerza de tromba, esgrimiendo al andar todos sus látigos a la vez.  La techumbre de hojas de palmera se echó a volar con sus alas ripiadas y grises, como un pajarraco enorme asustado por el más agresivo pájaro del vendaval. El entablado construido alrededor de la valla resistió la arremetida oponiéndole la aspereza de su piel y el recurso de sus ángulos y clavos. Pero los vientos no cesaron, y parecían poseer en sí todas las reservas que pertenecen a la tierra y al mar y juntarlas en un haz enorme, en un mazo emblemático que no se fatigaba de golpear.  Así pues cayó el valladar con todo estrépito. Si no se oyó fue sólo porque el viento pujó aún más para barrerlo de cuajo. Como garrapatas que se hundieran en la carne, así los restauradores se aferraron a los andamios con brazos, uñas, dientes y piernas, pero el azote del huracán se los llevó en el formidable vuelco de una de sus muchas alas, con andamios y todo. La figura quedó así desembarazada, tal y como se esperaba que sucediera, de cuánto pudiera restarle protagonismo. Desafiante, con apariencias de dictar un curso único al mismísimo huracán, la imagen se mostró sólida. El dedo erguido podía incluso llegar a pensarse de una insolencia obscena. Los pies, calzados por unas monumentales botas de campaña, a cuyo nivel no habían llegado aún los restauradores cuando dejándose llevar de su entusiasmo decidieron celebrar lo alcanzado, daban la impresión de hallarse bien plantados sobre la tierra. Cuando el huracán pasó al fin, allí seguía estando en pie la imagen intacta. Intacta no, sino más bien, poco más o menos que como era antes de la labor de restauración. Dicho proceso, sin embargo, una vez terminado (y sin dudas a causa de los efectos combinados de la lluvia y el viento) incluso hacía resaltar ahora la decadencia precedente. Una verdadera plaga de pintadas, se encarnizaba en la piel nuevamente desarropada. Nadie hubiera podido decir de qué modo, ni en qué momento aparecieron allí como una sarna persistente. ¿Habían estado siempre allí bajo el embarrado, o como salidas de un cuento de O’Henry las había pintado alguien a lo largo de aquella noche de vientos huracanados?

                El mural quedaba alejado de todo, en el camino hacia todas partes, y aunque la gente estaba obligada a tropezarse siempre con él y a mirarlo, hacía mucho tiempo que no lo veía.  Por eso, los días siguientes, cuando el deterioro de la figura mendicante se acentuó aún más hasta dejarla en puros flejes, y la escayola comenzó a saltar alegremente, sólo un niño acertó a verla. Como su abuelita le había contado aquello del emperador que iba sin ropas creyéndose el mejor vestido del mundo, el niño pudo ver la semejanza.

            —¡Mami! ¡Mami! —dijo, para hacerse oír de alguien en quien podía confiar. Y aunque la madre estaba muy atareada, bajó un instante los ojos para hallar los de su hijo—.  Mira —añadió éste con un entendimiento que parecía más propio de persona de mayor edad—. ¡El emperador!

            Una carcajada inusitada salió entonces del pecho de uno que había alcanzado a oír lo dicho por el niño, y comprobado por sí mismo que aquél tenía razón. ¡El emperador estaba en los puros cueros! Muy pronto, una multitud carcajeante se había reunido en torno a la imagen, que habiendo resistido a los vientos del huracán recién pasado, acabó cediendo ante la avalancha de risas que su apariencia precipitaba. Una mole de yeso, argamasa y fierros retorcidos se vino a tierra como si alguien la hiciera detonar hacia dentro en cámara medio lenta. Grano a grano, según parecía, se la vio vacilar hacia su definitivo derrumbe, pero aquél era ya inevitable.

            —¡Se cayó por su propio peso! —dijo alguien, con un suspiro de indefinible alivio, tal vez para poner un toque de seriedad en aquello que se decía a diestra y a siniestra, y a él se le antojaba un parlotear de cotorras.

            —Pudiera ser. —Observó la madre de aquel niño que primero había visto bajo las apariencias de la imagen, al tiempo que le acariciaba la cabeza a su hijo, y le dirigía un guiño cómplice—. Yo creo que la tumbó el ridículo.

            —Eso, sí —afirmaron otros, hallando según les pareció una explicación a su desconcierto—. ¡La tumbó el ridículo!

            Y reían. Cada quien a más y mejor. Reían. Entre abrazos y un jolgorio de verdadera fiesta. A veces, la risa les arrancaba lágrimas, pero eran eso, lágrimas de pura alegría. Ya se sabe aquello que se dice.

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Una primera versión de esta narración, apareció en la compilación Lo que te cuente es poco, Resumen cuentístico abreviado. Vol. I. , publicada por las Ediciones La gota de agua, en 2007. Algunos críticos o criticones de los que nunca faltan (dejo a los lectores bastante curiosos el trabajo de rastrear sus nombres), y hallan cobijo con facilidad en páginas concebidas a este fin del cizañeo, han querido considerar ésta narración como un ejercicio de venganza contra un hombre viejo y enfermo. Yo sigo considerándolo un ejercicio legítimo de justicia contra la figura del tirano y contra la tiranía en cualquier forma. El autor.

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© Rolando Morelli

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7.

Llanto de Narciso.

José Manuel Domínguez

 Iván está de vuelta. Tras el silencio de sus padres, se puso de pie sin decir nada y vino a mirar por la ventana de la habitación que alguna vez fuera la suya. Vino a llorar con la cabeza colgada en el vacío, a dejar que las lágrimas queden suspendidas en el aire por instantes; a que el viento díscolo juegue con ellas y luego las deje perderse una a una en la noche, en el vapor de la avenida. Iván va a descubrir que más allá del dolor, de ese taladro incandescente que está quebrantándolo, está a punto de comenzar a contemplarse a sí mismo. Dentro de un instante un fantasma conocido podría aparecer ante él: el fantasma de los momentos conscientes, que lo agobia en momentos como este, que lo hace manotear contra el aire y le susurra lo bien que se ve mientras llora.

 Ahora levanta la cabeza para volver a mirar hacia el mar oscuro, y las cortinas de las ventanas parecen velos de novia volando con el viento. Está sin camisa, inmóvil, y no se escucha ningún ruido en el apartamento del piso noveno donde vivió por algunos años antes de irse. Su figura de espaldas recuerda la de una foto tomada por uno de sus amigos al final de la adolescencia en unos arrecifes. Sobre las rocas, también sin camisa, miraba al mar. Pero aquella foto era en blanco y negro, en gris. Todo es gris porque lloviznaba; el típico día de la temporada de huracanes en la isla y la espuma de las olas vuela en el aire con el viento. Así se ve en la foto. Ahora no, ahora es de noche, es abril y han pasado los años pero allí está la misma figura enmarcada por una ventana. Ya no es un adolescente, sino un hombre de espaldas, absorto, escapando de sí mismo en el reflejo de las luces de la avenida sobre el mar.

 Él sabe que las peores noticias llegan siempre de noche, resbalándose por su vida en silencio, como si pudieran suceder sin que él fuera a reconocerlas, como si pudieran traspasarlo y seguir su curso, incógnitas. Cuando llega alguna de esas noticias devastadoras, a Iván le dan deseos de huir otra vez, saltar al agua del río donde se bañaban Yipsi y él cuando eran niños, pero esta vez, la noticia tuvo que ver con ella. No quiere acordarse de ese río pero un flashazo le pasa por la mente; una chispa inesperada de electricidad que activa lugares y momentos de la memoria y hace que los recuerdos aparezcan al azar, siguiendo su propia lógica.

De la línea del horizonte que ha borrado la noche surge un barco tanquero, y tras el tanquero una barca con una linterna en la proa. Iván recuerda entonces la luz de un quinqué colgando de un horcón en la casa de Yipsi, una casa vieja, con el techo ennegrecido por el tizne de las lámparas de keroseno; con dibujos polvorientos de hojas y árboles que empapelaban una pared de su cuarto. El polvo los ha ido cubriendo por años y entre ellos está el de un barco, que es el único que Yipsi no ha dibujado. Es un regalo de él, de cuando eran niños, y descansa en una esquina de todo aquel bosque fantástico.

Yipsi regresa a él para “restaurarlo” cada vez que viene de visita a la casa de sus padres. Porque ella también se fue; al igual que él, primero para La Habana, luego a otro país. Sus padres se quedaron en el pueblo. Por eso vuelve y entra a su cuarto a restaurar los dibujos. “Restaurar”, así llama ella al ritual de retocar, de infundir vida en los colores que se desvanecen, pero sobre todo, a sentir con la yema de sus dedos. Yipsi va moviéndolos lentamente sobre la superficie del papel, y es como si se deslizara por la piel de Iván, por la suya, por la piel de los recuerdos que se avivan con el toque. Hay que cerrar los ojos y dejar que la música del momento en que fueron creados vuelva a sonar en el aire. Tal vez era todo silencio. Da igual. Cierra los ojos y espera.

Yipsi deja que todo eso ocurra mientras recuerda a Iván, mientras trata de llamarlo con el pensamiento, lo imagina levantando el teléfono y piensa:

“Hoy es el cumpleaños de mi mamá y tal vez él se acuerde. Es tan fácil hacerlos felices. Una llamada bastaría para alegrarlos por un mes entero. “Llamó Ivancito, llamó Ivancito! Que muchacho tan bueno. Mira como se acordó de mí, de nosotros…” Que suene el teléfono, que suene el teléfono… Suena el teléfono.

Corre. Levanta el auricular y contesta. Del otro lado no se escucha nada. Piensa:

—Esto ya ha pasado muchas veces. Lo he visto, lo he escuchado y he leído mil veces. ¿Ahora, ¿qué va a pasar? ¿Cómo hacer para que este momento sea único?

Yipsi no sabe si es que del otro lado se han quedado en silencio o que se ha caído la llamada. Vuelve a hablar:

—Oigo! Oigo! Sí, ¿Iván?— Si es Iván va a saber que adiviné su llamada, que estoy pensando en él, que en un día como hoy él ha llamado otros años. Hace tiempo que no lo hace, pero eso no quiere decir que vaya a dejar de hacerlo definitivamente.

Yipsi imagina que del otro lado todo está oscuro e Iván está en silencio. Cuelga el teléfono y se queda allí por un rato. El tiempo pasa y el teléfono está como muerto. Yipsi cree ver el polvo cayendo, unas pelusas diminutas que se posan impunemente sobre él. Cree que el polvo es el origen de la entropía: “el polvo no se crea ni se destruye, se transporta.” Piensa en todas las combinaciones posibles en que el polvo puede viajar de un lugar a otro, de un tiempo a otro.

Aquí cae el polvo, allá cae el polvo y la nieve. Aquí cae el polvo y la lluvia. Allá cae el polvo, la lluvia y la nieve. Aquí cae el polvo, la lluvia y los granizos. Allá cae el polvo, la lluvia, los granizos, la nieve, la lluvia ácida y la mierda de las palomas. En fin, allá siempre nos llevan ventaja. Iván le ha dicho que en el pueblo donde vive las palomas son una plaga. Tienen tomada la ciudad, los campanarios, los monumentos y los bancos del parque. Yipsi imagina a Iván parado atrás de una ventana, viendo caer la nieve sobre el rostro desfigurado de la estatua del parque. Iván le contaba, muerto de la risa, que no es que el hombre hubiera tenido la nariz tan fea, es que el ácido de la mierda de las palomas acaba con todo y ahora todos los próceres, los escritores y los benefactores de todas las patrias de Europa parecen compartir el mismo destino, desfigurarse, lucir como picados de viruelas. Peor aún, carcomidos por la lepra .

—¿Y tú Iván, estás bien? ¿A ti no te cagan las palomas? ¿A ti no te ha pasado nada en la nariz?

—Ni en la nariz ni en ninguna parte. Yo estoy entero, Yipsi, no te preocupes…

—Iván, tú cuídate mucho, que si a ti te pasa algo, nosotros nos morimos, tus padres se mueren… Y mira, ¿sigue nevando ahora?

—Sí, en esta época cae nieve casi todas las tardes; igual que allá que cuando es verano llueve siempre a la misma hora.

—¿Igual que aquí? Aquí lo único que cae es el polvo. Si vieras lo seco que está todo… … Iván, ¿tú crees que aquí algún día caiga nieve?

—¿Allá?

—Sí, aquí. ¿Te imaginas unos cocoteros con nieve? ¿Te imaginas que loco sería ver una palma real con nieve en las hojas? …tan cubana como las palmas; y resulta que las palmas son chinas.

—Yipsi, no empieces con tus locuras. Mira, vamos a colgar que tengo que…

Antes las conversaciones eran así, piensa ella. Ahora vuelve a mirar hacia el teléfono y ve el polvo que ha caído y la recorre un escalofrío cuando recuerda el cuerpo de uno de aquellos muchachos que Iván y ella se encontraron en un camino intrincado de las montañas de la reserva donde trabajaban sus padres. Siempre ocurrían cosas : la crecida del río que todos los años se llevaba a un niño, el accidente de aquel verano con saldo de cuatro turistas muertos, cosas que la gente veía, apariciones, voces que salían de la logia masónica cerrada desde hacía cuarenta años, pero nada los había tocado a ellos tan de cerca.

—Mi abuela dice que si rezamos todo eso se nos va a olvidar y hasta puede ser que pensemos que no sucedió nunca.

—Tu abuela… tu abuela lo que está es loca. Iván dijo aquello una sola vez en su vida. Nunca más volvió a repetirlo. Fue también la primera vez que pidió perdón. –Perdón, perdón, perdón.

La primera vez en su vida que lo hacía de verdad. Perdón para que llegara al fondo de su alma. Perdón para que borrara cualquier pedacito de sus palabras que pudiera haber quedado dentro de ella. Perdón para que no llegara a su corazón y le hiciera una herida. ¿Cómo te puedo curar? ¿Como puedo hacer para que me perdones; para que olvides lo que dije? Pero Yipsi seguía en silencio. Silencio y más silencio.

—¿Estás rezando?

La mirada o los ojos de ella habían cambiado. Desde antes, no ahora cuando él le había preguntado si estaba rezando, sino desde antes, desde el momento en que le había dicho lo de la abuela loca; la abuela de Yipsi limpiando el piso y todos los muebles viejos que parecían nuevos, los sillones, los balaustres de las grandes ventanas, el piso de mosaicos de colores, el aljibe del patio y el cubo de latón. La lucha de la abuela contra el tiempo, contra el churre, contra el polvo que Yipsi odiaba porque la abuela lo odiaba también, y aquellas cosas eran todas viejas pero parecían nuevas y le decía siempre:

—¿Ves, niña, lo limpio reluce. Lo limpio parece nuevo y un día las cosas se acostumbran a que uno las vea relucientes y ellas mismas se ponen a luchar contra el tiempo, y tu sientes que te llaman, que te dicen, “me quiero ver bonita, me quiero ver nueva,” y un día ellas vencen y es como si uno hubiera vencido también la lucha contra el polvo, contra el tiempo, ese viejo roñoso que quiere arruinarlo todo.

Y cuando no llovía, la abuela seguía y limpiaba hasta las hojas de la mata de limones que era la única que tenían allí en el patio interior de la casa. Todo parecía nuevo y viejo, viejo y nuevo, todo limpio, siempre en el mismo lugar y sobre todo aquel ángel que se habían traído de la iglesia del pueblo de Topes, porque la habían desarmado toda en el tiempo en que ya nadie creía y algunos vecinos, que sí creían, fueron y rescataron esos ángeles enormes, y esas imágenes de santos que uno podía ver en algunas casas mientras caminabas por la acera y mirabas hacia adentro…

Yipsi le decía que era un ángel llamado San Rafael, y que al ángel también le gustaba estar siempre limpio y que ella también le pedía a él que la ayudara a olvidar la imagen de aquellos muchachos. Iván que se burlaba, y Yipsi que se iba, se quedaba allí a su lado, sin moverse, pero Iván sentía que se iba, que no estaba y el tiempo se paraba y a veces él pensaba que eso era algo que ella sabía hacer. Eso fue lo que pasó también aquella vez, y no, aunque Yipsi rezó nunca pudo olvidarlo. Desembocaron en el claro de golpe, y esa fue la primera vez que Yipsi vio a alguien muerto. Serenos, con la mirada perdida en un paraíso tropical concreto, allí estaban, uno muerto, el otro no. El primero tenía un color amarillento, con la piel pegada a los huesos de la cara, a las costillas de aquel cuerpo que parecía el de un pez al que le hubieran sacado las tripas y lo hubieran dejado allí, despanzurrado, tendido sobre una manta de cuadros verdes, vestido únicamente con un short negro deshilachado, ajustado a la cintura con un pedazo de cuerda suiza de color naranja. Yipsi fijó los ojos en el ombligo del muchacho, un ombligo perfecto, de esos que parecen un ojo con párpado y todo, de los que una vecina decía que no todos los médicos sabían hacerlo, que era una gracia, o que no a todo el mundo le quedaba igual.

El cuerpo del muchacho descansaba al lado de su compañero que los vio llegar, sin decir nada, casi sin moverse. Apenas los vio aparecer, espantó las moscas un par de veces con un pulóver sucio que tenía en una de sus manos. Lo hizo más impulsado por un movimiento reflejo que por que realmente le molestaran. Aquel gesto había sido la última demostración de que alguna vez la dignidad lo había recorrido, la vanidad de un hombre que está casi muerto y quiere cuidar el recuerdo de ese momento en que alguien lo mira por primera o por última vez. Yipsi sintió uno de esos raptos de compasión que la inundaban cuando descubría la línea nítida del pensamiento de alguien que no sabe pedir ayuda, pero algo la paralizaba; algo le impedía abrir la boca para ofrecerle apoyo, o al menos para invitarlo a que hablara.

De pronto, como si de repente se hubiera acordado que su amigo estaba allí, pegado a él, y sin dejar de mirar a los recién llegados, hizo que el pulóver que tenía en la mano también sobrevolara el cuerpo tendido a su lado. Las moscas se alejaron por un instante y luego volvieron a posarse exactamente donde habían estado posadas unos segundos antes. Luego, puso el pullóver entre sus piernas de prisa para cubrir algo que descansaba sobre la manta manchada, y volvió a quedarse inmóvil otra vez, esperando, mirándolos por momentos, como si no estuviera seguro de que ellos estuvieran ahí. Iván reaccionó, más que por deseos de moverse o de decir algo, lo había hecho porque pensó que era lo que correspondía hacer; era lo que había visto hacer a la gente en los hospitales, en las funerarias, era lo que le hacía su madre cuando quería saber si tenía fiebre o si estaba bien. Por eso había que tocar aquel cuerpo para asegurarse de que estaba muerto, para asegurarse más allá de la muerte de que uno mismo estaba vivo. Frente a un muerto hay que hacer o decir algo, pero las palabras no le salían. Había que hacerlo por Yipsi, por no quedarse allí sin hacer nada, porque tenía miedo de la reacción de ella, porque con Yipsi nunca se sabía si le iba a dar por reírse o por golpearlo; culparlo de todo por haberla llevado hasta allí cayéndole atrás a un tocororo, diciéndole que aquel podía ser el último de los tocororos de la isla, del mundo entero, que no había tocororos en ninguna otra parte del planeta, el ave nacional, la única representante de las aves del paraíso que había en las Antillas. Iván no estaba muy seguro de lo último pero lo había dicho para añadir más razones, aunque sabía que a Yipsi esas cosas no le importaban mucho, que ella era feliz con saber que esas aves estaban vivas y que volaban libres por el monte, él sabía que ella no se quedaría sola y había que darle alguna razón de peso para seguirlo, para que se sintiera bien consigo misma. Al final él sabía que no había otra razón de peso que él mismo. A Yipsi le daba lo mismo si eran las únicas, las últimas o las primeras. Esas palabras eran muy grandes para ella, pero Iván si quería. Quería contar la historia, y decir que él había sido tal vez el último en ver un tocororo vivo. Ahora estaban allí. Yipsi sentía que los que estaban en peligro eran ellos, y aquel era el último lugar del mundo adonde Yipsi hubiera querido llegar.

A juzgar por la marca de la saliva seca y los restos de vómito, el muchacho del ombligo perfecto debía haberse muerto varias horas atrás. Por los ojos abiertos del muchacho pasaban las nubes, y alrededor de él, cosas tiradas por un lado, las mochilas desinfladas por otro, cáscaras de naranja mordisqueadas. Aquel claro en el monte convertido en campamento improvisado era un lugar donde el tiempo se había detenido. Habían dejado de escuchar a los pájaros, el tocororo que los había llevado hasta allí, el ruido de el viento, el zumbido de los mosquitos, todo había desaparecido. Solo cuatro moscas posadas en fila sobre el antebrazo del muchacho muerto y otras que sobrevolaban su cara, posándose de vez en cuando en sus labios cuarteados eran indicio de que aquello no era una fotografía. Yipsi miró a Iván y le dijo: —¡Que fácil es morirse!, ¿no?

En lugar de retroceder, de salir huyendo, Iván tomó a Yipsi por una mano y se acercaron. El amigo vivo no hizo nada. siguió inmóvil, los miró en silencio y pestañeó. Iván se arrodilló despacio, y con intención de ayudar, de aclarar algo, fue a tocar la mano del que yacía tendido. El vivo brincó sobre él con un grito de furia, de terror, como si hubiera querido morder, desguazar al que osara profanar el aura pálida, el frío riguroso que salía del cuerpo del amigo muerto

—¿De qué se habrá muerto, eh?

—Mis padres me dijeron que se habían intoxicado con unos hongos. Yo creo que eso era lo que el otro estaba tapando, ¿no?

—No se murió por culpa de los hongos, Iván. Nadie se muere de una alucinación.

—Y entonces, ¿por culpa de qué?

—¿Te acuerdas de “La niña de Guatemala?”

—Sí, “dicen que murió de frío…”

—Eso mismo le pasó al muchacho: dicen que murió intoxicado, pero yo sé que murió de otra cosa…

—¿De amor?

—Ojalá se hubiera muerto de amor, Iván, pero no se murió de eso.

Yipsi se puso las manos en la cara por un rato mientras dejaba que el recuerdo la abandonara. Al sentir los pasos de su madre que se acercaba, se secó las lágrimas torpemente utilizando la manga de su blusa para no tocarse los ojos con los dedos ni el dorso de la mano. Buscó el paño en silencio y sacudió otra vez el polvo que se había posado de vueltasobre todas las cosas que ella había sacudido antes. Su madre vino a preguntar quién era, quién había llamado pero ella le dijo que no había sido nadie; es decir, que no se escuchaba nada del otro lado de la línea, todo en silencio. “No te preocupes, mami, el que sea, o la que sea, ya volverá a llamar.

 Al cabo de unos minutos, Yipsi vuelve a su cuarto. Se mueve por la casa en silencio, buscando con la mirada algo perdido entre las grietas del suelo. Vuelve a los dibujos, pero ya no es lo mismo. El pelo se reparte con desánimo por los lados de su cara, por la espalda. El brillo que iluminaba los vellos casi invisibles de sus brazos desapareció de golpe. Iván es uno de los primeros ídolos que caen en su vida y lo ha hecho de un modo silencioso, por pedazos, y Yipsi siente que no queda nada en el pedestal donde él estuvo por tanto tiempo. Mira por la ventana inmensa de su casa que se abre a la calle, tan fuerte, tan confiada en su mirar a la luz del día, tan segura en el juego de luces y sombras que ofrece al que mira desde fuera y sobre todo, tan fresca a cualquier hora del día. Yipsi quiere ser como su casa pero no puede. Ella quisiera ver caer la nieve allí también y pensar que Iván está parado en la ventana. Imagina que los transeúntes y los turistas se acercan con abrigos pesados, cubriéndose la cara del frío y con las capuchas y los hombros llenos de nieve, para comprar limones y platanitos, mangos, aguacates, todo lo que producen los árboles del patio y el limonero de la abuela que ya ha muerto.

Si un día Iván volviera a estar ahí, mirando desde fuera, llamándola para cualquier cosa… Los eventos se repiten, la gente vuelve, los lugares permanecen, pero uno ya no es el mismo y eso hace que nada vuelva a ser igual. Yipsi piensa que el “perpetum mobile” que buscaban los antiguos fabricando artefactos, fundamentando principios físicos inexistentes, es el reflejo de un mecanismo puramente espiritual, lo más refinado del pensamiento humano, eterno y magnífico, que no ha encontrado nunca equivalentes en maquinaria alguna. Lo más cercano es el arte, reflexiona, y esta certeza lentamente le devuelve la fuerza, la hace moverse otra vez sacudida por esa energía profunda y misteriosa que ella no sabe de dónde viene. Sus dedos recobran la calidez y la viveza casi imperceptible que tenían antes de que sonara el teléfono. Las manos que han acariciado la harina para el cake de su madre, las manos que sacudieron todo el polvo de la casa esa mañana, que le devolvieron el lustre y la vida a los muebles, a los tabiques de madera, al piso antiguo de mosaicos de colores perdurables, han vuelto a tocar el papel con la misma intensidad de hace una hora, como si rezara, como si invocara un conjuro o una larga cadena de sucesos milagrosos. De vez en cuando se escuchan las voces de gente que pasa por la calle pero ella no escucha. Todo se queda en blanco, en silencio otra vez, hasta que en el papel comienza a aparecer algo. Yipsi siente el pulso en sus dedos, una inyección de sangre lenta, latiendo y dejando colores como una huella en el dibujo de Iván, uno de los pocos recuerdos que le quedan de él, del Iván de aquellos años, de la niñez, de la adolescencia, que se fue hace ya tiempo y ahora casi no escribe, no envía fotos, nada. Es difícil haberlo tenido tan cerca, haberlo abrazado cuantas veces se le antojara, haberlo curado de amores y borracheras, haberlo retratado en todas las formas posibles y a todas horas y ahora no tenerlo más.

Los años han pasado, pero Iván no lo sabe o no lo siente. Yipsi no supo cómo curarse sola. No tuvo a dónde correr ni a quién llamar. No tuvo el cuerpo del amigo que había deseado en silencio, su modelo, ese Narciso preferido a todos los Narcisos inmaduros que había deseado y tenido; todos menos él.

Ahora, detenido en la ventana, Iván recuerda ese dibujo y piensa que, en caso de que no haya desaparecido ya, ni toda la fuerza del monte, ni los intentos salvadores de Yipsi, podrán impedir que un día el barco se vaya al fondo después de que el tiempo, la ausencia de ella, lo hayan agujereado, y que de ese espacio en blanco en la pared de tablas nazca una ventana en una habitación vacía que da al mar. Frente a esa ventana flota el fantasma que Iván descubre en la contemplación de sus propios pensamientos, de la manía torturadora de sí mismo que lo hace intervenir en la secuencia de sus recuerdos para que todo sea perfecto, para que todo se cierre como un círculo. Así creía él que era la vida. Ahora se da cuenta de que en muchos años no ha vuelto a revisar esa creencia; de que hay muchas historias que se le han quedado sin cerrar, como la de Yipsi, por ejemplo. Le vienen a la mente las cuatro moscas posadas en fila en el antebrazo del muchacho muerto, y le parece que un barco se hunde en la luz poniente de aquella tarde, una nave enemiga que huye cargada de recuerdos y entonces él también sacude sus brazos contra la noche, manotea en el aire para espantar las moscas; manotea contra los fantasmas y quiere partirlos en dos o en tres, o en mil pedazos, en una nube de copos de nieve que se derretirán al toque de su mano ardiendo. Desde abajo, desde la avenida, una mujer cree que Iván le está diciendo adiós y lo saluda moviendo también su mano.

II.

El llanto de los últimos años ha ido madurando. Se ha convertido en algo que ha adquirido vida propia e Iván no sabe cómo recuperarlo. Es algo que ocurrió lentamente, cuando creyó que madurar significaba reprimir emociones y su vida se dividió en varios trenes descarrilados que con el tiempo han ido encontrando rutas propias y desconocidas. Entre esas rutas Iván se va moviendo sin saber cuál lo va a llevar al encuentro de lo que al final de la vida se debe encontrar.

Eso fue algo de lo que habló por primera vez con Yipsi mucho tiempo atrás, mirando al cielo o tirando piedras al río desde lo alto de la cueva, tal vez a los 15 años, a los 16, antes de que la mudanza de sus padres para la Habana y la venida de Yipsi a estudiar Arte se sucedieran con pocos meses de diferencia.

Los dos comenzaron a vivir en una ciudad desconocida. Por azar, por las gravitaciones del destino, por lo que fuera, pero lo cierto es que la vida los mantuvo unidos por algún tiempo todavía. Yipsi le insistió a Iván que debía conocer a una persona muy particular: el padre Carlos Manuel. Le dijo que  no se dejara llevar por su miedo iracundo contra las religiones, que aquel sacerdote era descendiente de uno de los próceres de la patria, era alguien a quién simplemente había que conocer, aunque solo fuera por sus vínculos de sangre con aquel pasado de gloria.

—¿Y qué es lo que se debe encontrar al final de la vida? Le preguntó por fin Iván al padre Carlos Manuel, al cabo de un largo rato de conversación en su oficina de la arquidiócesis, bajo la mirada perdida del retrato original de Martí que Iván había visto en sus libros de lectura de tercer grado.

—Ah, eso es algo que sabremos el día del Juicio Final, a la hora del té.

Con la respuesta del padre, Iván recuerda haberse volteado a mirarle la cara otra vez y haber visto en su rostro la expresión de alguien que parecía haber asistido a muchos juicios finales y haberse tomado el té a muchas horas diferentes. ¿Era sólo su rostro o aquel hombre sabía de verdad de qué estaba hablando? La luz plena que entraba por las ventanas se derramaba de esa forma generosa en que la luz del mediodía lo baña todo en los veranos de la isla, y le arrancaba destellos verdes, azules y amarillos al barniz  de la madera, al vidrio que cubría la mesa, al búcaro de cristal que echaba algo de sombra sobre la agenda del sacerdote. Martí, severo, miraba hacia delante con su traje oscuro y desde la eternidad sonreía. Con seguridad habría preferido un gin-tonic o un café cargadito a la taza de té, pero ni modo, el juicio final es el juicio final.

Iván pasa revista en su mente a aquellos intercambios retóricos con el padre Carlos Manuel, gracias a los cuales creía estar graduándose de algo. Ahora se pregunta cómo una frase tan vaga, pudo haberle dado paz alguna vez, cómo pudo repetirla a los amigos en momentos en que alguna pregunta de la juventud se quedaba como una nube, flotando en el aire sin respuesta.

Tal vez hubiera sido lo especial que tuvo aquel momento, pero después de haber perdido el control sobre las más pequeñas propiedades, sobre el mínimo patrimonio de emociones que traía al llegar y sobre el que se construyó el monumento de su propia vida, Iván ha aprendido que sólo le queda dejarse llevar. Esperar en silencio, como lo había enseñado Yipsi, y rezar, rezar para que la mierda de las palomas no desfigure antes de tiempo a su propio monumento. Al igual que él, su llanto se deja llevar, se deja ir en el aire y piensa que él podría hacer lo mismo. Iván piensa en eso, en su propio llanto que es tan ajeno a él como el hombre que cruza la avenida y se acerca al muro.

Contempla:

“Hay otras vidas fuera, hay tantas vidas que no nos pertenecen, que nadie sabe cuánto van a durar y que transcurren ajenas a la nuestra, serenas en la ignorancia de que otras vidas existen al lado nuestro, se bañan en ese mismo mar, se van. Se van y no dejan nada o casi nada que uno pueda recordar”. El también se fue, piensa, y ¿qué dejó?

Así ha aprendido Iván a contemplar las lágrimas que se van, esperando que algún día le hablen, se sienten con él, lo besen y despierten el deseo de amar otra vez.

 —¿Es cierto que amé a Yipsi alguna vez, o sólo amaba la forma que ella tenía de amarme?

Deja que el aire le lleve los pensamientos, el pelo, los sollozos, todas las cosas que no tiene con quién compartir, a quién dejar, todo lo que no tiene un lugar para descansar en aquella habitación vacía. Tal vez sea sólo cuestión de tiempo, como decía Yipsi, y este pensamiento, la circunstancia de aceptar que a partir de ahora siempre hablaría de ella en pasado vuelve a estremecerlo, a darle deseos de arrancar astillas de la madera de la ventana, a morderse la mano para no gritar. Sí, esperar el día señalado, a la hora del té y mientras tanto, qué? Contemplar. Contemplar a los otros, lo que otros contemplan, contemplarse a sí mismo mientras contempla el mar oscuro de noche, otra de esas noches que caen sobre los trópicos como una gran lona ardiendo.

Por un momento descansa. Se entretiene mirando un par de anuncios lumínicos que alguna vez lo alegraron mientras miraba por la ventana. Eso fue lo que más le gustó del apartamento nuevo el día que se mudó con sus padres. Eso y la luz del faro bañándolo todo, recorriendo el muro del malecón y aquellos carteles lumínicos con letras que estuvieron apagadas por años habían cambiado su vida. Hay un mundo afuera iluminado. Un brillo de peces que se acercan cada noche a la superficie atraídos por la luz azul de los carteles. También brillan, brevemente, antes de sumergirse otra vez en el mar de noche. Iván los intuye, los ve, o cree verlos. Vuelve a mirar al hombre sentado en el muro. Ya no está sólo. La mujer que lo había saludado desde abajo, ahora está a su lado. Conversan. Alguien pasa por la avenida vendiendo algo. Iván sólo puede ver el gesto, la transacción que ocurre en un mundo de señales y reproduce en su mente el éxtasis atenuado de los granos salados en su lengua, la boca seca, la ropa pegada al cuerpo, las noches en que no se podía dormir, en  que no corría ni una gota de brisa, ni aún allí abajo, sentados frente al mar, esperando las carrozas los días de carnaval, que pasaban llenas de luces y mulatas sonrientes, casi desnudas, encaramadas en unas plataformas tan altas que hacían inalcanzables el vértice donde se unían los muslos sudorosos, coronados por penachos de lentejuelas fulgurantes, y los hombres suspiraban y veían como se las iban llevando, se apagaba la música, y había que esperar a que pasara la otra. ¿Y si aquella era la mejor? ¿Y si después ya no venía otra con esas plataformas tan altas, con esas mulatas portentosas entre las cuales de vez en cuando se colaba alguna blanca tímida, menos voluptuosa.

Por su recuerdo siguen pasando todos los desfiles, la bienvenida a Gorbachov; aquel ruso con una cagada de pájaro gigantesca en la frente, que vino a cambiarlo todo, a joderlo todo en nombre de la reestructuración y la transparencia, y Yipsi le decía fascinada que era una señal de los nuevos tiempos, el advenimiento de otra era que terminó por limpiar las vidrieras de los supermercados, y poner al país en la peor crisis que ellos hubieran conocido.

—¿Ves, Yipsi? Esto es la transparencia. Ahora todo es más transparente, las vidrieras y los supermercados están vacíos por lo tanto Gorbachov debe estar feliz con nuestra versión de lo transparente, las calles están vacías y son más transparentes. Hasta nosotros nos vamos a volver transparentes. ¡Que viva la glasnot! A ti que te gustaba coleccionar revistas, Sputnik, Vida Checoslovaca, La mujer soviética, Novedades de Moscú, Misha y Somos Jóvenes: ahora los kioskos de revistas y periódicos son transparentes. ¿Y todavía me dices “que viva la transparencia?”

—Sí, esta es la mierda en que nos hemos transformado, eso que hay en las tiendas es la mierda que producimos, y eso es lo que vino a decirnos Gorbachov, Iván. Transparencia para saber de verdad lo que éramos.

—Claro, por eso traía la mierda en la calva y nadie se dio cuenta. ¡Seguro que lo cagó un tocororo, coño! Un desgracia’o es lo que es. Si lo vieras como sonreía y agitaba la banderita, y todo el mundo lo saludaba y todos agitábamos banderitas soviéticas y cubanas. Él sabía lo que se nos venía encima y estaba muerto de la risa. Si la gente se hubiera imaginado lo que iba a venir después, le hubieran tirado las banderitas por la cara y le hubieran echado cubos de mierda. Yo le hubiera echado un cubo de mierda desde aquí arriba.

—Ah… Ahora resulta que la culpa de todo la tiene el ruso. Que tonto eres Iván, que tonto eres…

Aquel no fue el último de los desfiles. “Eso es algo que todavía no se sabe cuándo ocurrirá,” le decía Yipsi contándole de la serie de marchas interminables que sobrevinieron tras lo del niño aquél. ¿Cómo es que se llamaba? Ya él no estaba, pero el barullo lo había alcanzado hasta su tranquilo pueblo de la provincia de Valencia.

La vida en la acera se ha ido apagando. Cada vez pasan menos carros por la avenida. “Es la transparencia que sigue haciendo de las suyas; todavía quedan cosas por transparentar.” Va y viene el mar. Si el tráfico se detuviera completamente y todo quedara en silencio, oscuro, bien oscuro, si un apagón borrara a la Habana una vez más del universo en este momento. Si la cabeza pudiera vaciarse, si la mesa de noche con las gavetas vacías pudiera volver a vaciarse, si la cama pudiera desaparecer. Si todo pudiera tirarse por la ventana, salir volando y volverse polvo o hacerse parte de la cola de algún cometa hasta el fin de los tiempos. Y si en lugar de todo eso, una buena noticia llegara y lo cambiara todo. Si alguien dijera que todo es mentira, Si en lugar de un apagón el mundo se iluminara, si la luz entrara otra vez a raudales por las ventanas y arrancara destellos, y fuerza, y ganas de vivir de él y los objetos, si Yipsi apareciera en su cuarto, tirándolo todo por donde quiera y de paso, criticando su desorden, impregnándolo todo de su olor y su risa, prendiendo inciensos y fregando las tazas para prepararle un té de lilas que le han traído sus amigos budistas de las laderas del Monte Kailash, la vida sería tan diferente.

—¿Y de cuándo acá en el Tíbet hay lilas, Yipsi?

—¿Qué sabes tú de lo que hay y de lo que no hay en el Tíbet, Naricita? ¿Con quién te crees que estás hablando, con una de esas esnobistas amigas tuyas que creen que Gelsomina es un producto para el pelo?

—No, con alguien que no ha visto el Tíbet ni en fotografías.

—Lo he visto. En fotografías, en los ojos de mis amigos que vienen de allí y en mis viajes astrales, para que lo sepas. Por desgracia, yo sé que ninguna de esas visiones vale nada para alguien instruido en la doctrina materialista del marxismo.

—Si quieres que te diga la verdad, aunque me hubiera instruido en la psicotrónica de los mayas, dudaría mucho de tus viajes astrales y de lo que se ve en los ojos de tus amigos budistas porque no se sabe quién está más alucinado, si tú, los mayas o ellos. Entonces, con un tono conciliatorio, con una voz muy suave que desconcertaba a Iván,:

—Dudar no es descartar, Iván, mucho menos descalificar. Aunque en medio del absurdo épico de tus cargas al machete y tu fanfarronería machista todo se pueda pasar por una orden de a degüello. Iván: si las fotos y mis sueños, si mi imaginación o mis visiones, si los ojos de mis amigos no fueran suficientes, ¿quién te dijo que hay que estar en algún lugar para saber lo que hay allí?

—La desinformación enemiga.

—¿Cuál de las dos, la interna o la externa?

—Las dos, responde Iván tratando de protegerse. Entre las dos la criatura de isla —dice Iván utilizando un término que agrada a Yipsi— va conformando un discurso alternativo que termina por distorsionar considerablemente la verdad verdadera, es decir, la realidad real.

—Gracias. Esa desinformación, que como tú dices distorsiona la realidad, es la que te ha hecho creer que no hay lilas en el Tíbet, pero sí las hay, y hay muchas más cosas que no puedes ni imaginar porque los límites de tu insularidad cautiva, no te dejan creer en otra cosa que en escombros.

—¿Escombros…? “Los límites de mi insularidad cautiva…” Yipsi, te estás poniendo muy densa.

—¿Así es que me estoy poniendo densa, Iván? Pues mira, te has vuelto más ordinario que un Kiko, pero cuando pruebes el té, florecerás otra vez, mayá drusiá, porque un té de lilas tiene poder para que la vida recobre su perfume y su vigor para ti.

Ah, Yipsi. Si todo el deseo de ser feliz se pudiera cambiar por tu voz llamando desde abajo para que yo te tire la llave de la puerta… Pero no hace falta decirlo, Yipsi no vendrá. Yipsi está muerta, y su muerte es como un cuadrado de antimateria. Un vacío que atrae al vacío y saca todo el sentido de la vida, deja sólo un gran hueco negro alrededor. No habrá té el día del juicio final. Habrá preguntas, puñetazos, una pelea a muerte contra la promesa de la vida eterna que no nos dio chance para la felicidad en esta otra vida, que alguna vez también nos pareció eternal, entre sorbos de té de lilas. No le dedicaremos un solo pensamiento a Martí, a caballo sobre su propia trascendencia. No habrá luz ni faro, ni cometas ni marchas ni líderes cagados de pájaros ni ángeles para poder creer en algo, para poder descansar. Desde ahora hay silencio y rabia, y ganas de creer, pero ya no se puede.

—Ya está bien. —Les pidió silencio a sus padres que al principio querían ahorrarle los detalles pero luego no supieron cuando detenerse. No hace falta más. Muerta. Quemada por dentro. La imagen de Yipsi con los ojos perdidos en la nada no cuadraba con la de los recuerdos ni con ninguna de las fotos. Esa foto donde bailaba con sus amigos se ha quedado en su memoria. Yipsi bailando en su fiesta de despedida. Estaba rodeada de gente que Iván no conocía. ¿Cuántas veces había mirado aquella imagen, había tratado de encontrar entre aquella gente a alguien conocido; pero los nuevos amigos de Yipsi ya no eran los que él había dejado en la Habana. Todo había ido cambiando, se había ido rompiendo, pero él no sentía nada. Le había hecho a Yipsi todo el daño de que había sido capaz, desde aquella vez que la miró con deseos, deseos de que ella lo poseyera y lo buscara siempre, siempre, siempre. Volvió a recordar la foto que ella le había enviado desde Chile y lo que había escrito en el dorso a modo de dedicatoria:

“Aquí estoy con un grupo de amigos. Esto fue la última noche que pasé en La Habana. La fiesta es en casa de Susana (derecha). No la conoces.

Para que no me olvides.

Un beso,

Yipsi

P.S: ¿Y tú, tienes algo bueno que contarme?

18 de Febrero de 2013, Miami

 © José Manuel Domínguez

________ Director de teatro, poeta y narrador, José Manuel Domínguez estudió dirección y actuación en el I.S.A. (Instituto Superior de Arte) de La Habana. Salió de Cuba para España donde residió algún tiempo antes de establecer en la ciudad de Miami su residencia. Le acompañan en su vida y quehacer, dos mujeres extraordinarias: su esposa Marángeli y su mamá Loli, y un perro hecho de luz, de nombre Sombra. _________

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8.

Años después

Matías Montes Huidobro

 Aparece colgado, como un ahorcado, un adolescente, delgado, ojeroso y apasionado, pajero por más señas, también con paisaje al fondo donde se ve un río con un barco de velas, un horizonte con cielo borrascoso, y arriba del horizonte dos mogotes rodeados de nubes y con cielo igualmente borrascoso. En la rivera derecha del río se ve un tren y a la izquierda hay una palma real. El niño ahorcado tiene como fondo un pueblo, con las mismas características del surrealismo socialista que atormentó a la pintura cubana de los años setenta. Esto aparece mezclado con subtítulos simbólicos: “Sastrería Paquito Taylor”, “Leningrado Factory Worker” (en ruso), “Cafetería Jolly Express”, “Patria o Muerte Colectivo del Pueblo”, “La Nueva Victoria Bakery”, “Gorki Park Store” (en ruso), “Valdés Teveo Servicios”, “Dulcería Calle Ocho” que no se entienden. Una calle larga y estrecha, en vista aérea, deja ver el gótico sagüero del Pentágono del Colegio los Jesuitas, el puente y al final La Estación de Ferrocarril. Un avión de propulsión a chorro atraviesa el mogote nublado, saliendo del territorio nacional, y escribiendo en el aire la palabra “Partir”. El motivo del barco, del tren y del avión se repite hasta el infinito con las palabras en latín que dicen: “si te he visto no me acuerdo”. “Ocho, un número ocho. Dulcería calle ocho”. Es un gesto esperanzador del escudo, de las cartas de la baraja y de la charada china. Las paredes están llenas de grafitos, todos con O: “omniscencia”, “omnidireccional”, “onanismo”, “óleo”, “orgasmo”, “omnímodo”, “orbita”, “ojo” “o esto o lo otro”. Un famoso espeleólogo cavernícola experto en jeroglíficos ha descifrado las capas conceptistas del texto: “A consecuencia del onanismo adolescente, la primera eyaculación nocturna fue transformada por las fuerzas del subconsciente en el acto libidinoso de la omniscencia omnidireccional de la escritura. Omnímodo el acto, sigue la órbita del ojo en su propio orgasmo omnisciente, que es su óleo sagrado”. Lejos de ser la expresión manida del concierto barroco que ha estado tan de moda en cualquier café al aire libre, se trata del trauma del ahorcado, el nacimiento del escritor. No se trata de la antología del disparate. El tiempo se había roto porque era una brújula que marcaba la salida de adelante para atrás y de atrás para adelante.

         Aunque todos sus primos y primas se hicieron marxista-leninistas años después, varias razones determinaron su distanciamiento. Si bien los Testigos de Jehová serían años más tarde el mayor peligro para la revolución triunfante, los antecedentes de la liberación hay que buscarlos en el terreno de la fe en su forma más arcaica. Le llegó de modo tradicional por vía de su madre, que lo llevaba todos los domingos a misa y que lo convirtió al existencialismo cristiano, alias Unamuno, que sería una verdadera joda. En vez de irse a jugar a la pelota, como hacía los mataperros del pueblo, los Pancho Villa, iba a misa. Esto lo marcó con iniciales apocalípticas. Su madre no se daba cuenta del pecado freudiano que estaba cometiendo. Arrodillada, iba de altar en altar rezándole a San Juan Bosco, a la Virgen del Carmen, al Niño de la Bola y a todos los prójimos que estaban en la mano de Dios. Debió sentirse impresionado por aquella dramaturgia de la fe: después de todo la iglesia era el mayor teatro del pueblo. No quería esto decir que el gesto estuviera internalizado, porque aquella exageración de la tortura era puro expresionismo y las imágenes estaban siempre en un plano de sobreactuación que no conducía al mejor teatro. Cuando salía en procesión la Magdalena, patrona del lugar aunque no sabemos si todas estaban arrepentidas, se descorría el telón. Cuando regresaban a la parroquia, caía hasta el próximo año. Aquello daba mala espina y aquel cíclico arrepentimiento creaba la sospecha de que se trataba de un pueblo de hijos de puta.

         Vivía asediado por el pandillaje republicano, que se ponía de manifiesto en los juegos infantiles y en la barbarie pueblerina. Si iba a la carnicería por picadillo o a la bodega por azúcar, la mafia escolar lo perseguía. Cuando salía del colegio los otros niños salían en pandilla y le tiraban piedras. Salía corriendo y con el corazón en la boca, abría la puerta de la casa y la cerraba tras sí. Todos los días se repetía lo mismo.  Y ochenta años más tarde nada había cambiado. El tiempo se había detenido. Se volvía al punto de partida. De una mafia a la otra en un velorio de caretas superpuestas. Nada había cambiado en lo más mínimo. El realismo chancletero había ganado la batalla, en total concupiscencia entre las dos orillas. No hay nada como la chusmería.  Esto explica la existencia del famoso autorretrato. A esto hay que agregar la obsesión patológica por los rincones que lo llevó a la gestación de aquel hijo noveno, que publicaría años después. Allí lo conoció y le hizo aquel trasplante de corazón que llevaba dentro. Todo era el resultado de una composición numérica inestable en medio de la estabilidad triangular de aquellos submúltiplos de nueve o múltiplos de tres.  Era el número que estaba de más en todas parte. De ahí que se escondiera detrás de las puertas para que no lo vieran, y en aquel rincón detrás del armario mientras su madre, que no podía encontrarlo, lo llamaba por todas las callejuelas del pueblo, como si lo hubiera perdido para siempre, esperando el ataúd que lo llevaría al cementerio.

         Los armarios de la casa no estaban colocados contra la pared, sino que los habían puesto formando ángulo con esta y, lógicamente, creando un rincón triangular en la esquina del cuarto, donde se encerraba en la composición sicológica del triángulo, digno de psicoanálisis. Por un resquicio entre el armario y la pared se podía entrar en el triángulo esquizoide. Cuando la puerta del cuarto se abría, el resquicio se cerraba formaba un rincón secreto donde se metía, saliendo del papel. La presencia del hijo noveno, que se había perdido también, era generalmente la única compañía que tenía, como si fuera la imagen de sí mismo. Novelaba en secreto parajes olvidados que se iban en remolinos de su imaginación y que más tarde formarían el cuerpo de todas sus novelas, de todos sus libros, tejiéndose en las circunvoluciones de su cerebro, espacios de la angustia que lo acompañarían durante toda su vida. Se escondían allí donde reposaban en la lenta ingestión de los textos. Palabras y nada más que palabras cuya acción surgía de la contradicción de significados.  Sólo de ese modo podría sobrevivir en el aislamiento al que estaría condenado, perseguido cuando iba a la carnicería por picadillo, a la bodega por azúcar, al correo por cartas y a la estación por equipaje. En el terror de su soledad no podía anticipar que aquella soledad sería la constancia de su castigo. Hubiera querido irse en cartas selladas, en aquellos textos interminables donde una palabra se encadenaba con la otra, envolviéndolo y aprisionándolo en la constante de la asfixia. A medianoche soñaba los sobres en los que iba, convertido en signos de un jeroglífico que nadie iba a poder descifrar. Era un jeroglífico de letras que recorrían caminos que no habían sido prefijados, navegando por mundos imaginarios, marinos que viajaban por las incógnitas de su cerebro: lagos, ríos, bahías, golfos, mares, océanos. De estos visajes sólo tenía conocimiento el hijo noveno, que también se iba sin encontrarse todavía. Tocaban a las puertas de las casas y las encontraban cerradas y vacías, inclusive cuando estuvieran abiertas y llenas: nadie venía a recibirlos. Se refugiaba en la soledad de sus rincones de sordomudos. El barco y el andén y el tren en el muelle los llevaban a paisajes remotos a los cuales no habían ido ni irían nunca, en recorridos imponderables de mar y tierra. Escapaba de las persecuciones de las pandillas callejeras y, a medianoche, entre sueños, se iba sin que nadie lo viera, como si él también tuviera una escala y un ascensor, aunque fuera un ascensor para el cadalso. Por eso su madre lo buscaba sin poderlo encontrar, escapando por extraños pasadizos donde ella no entraba jamás, metido en secretas circunvoluciones, huyendo entre sonidos que no componían una medida exacta de la música, mientras él gemía, invocándola.  Era un pentagrama que lo engendraba, mientras el hijo noveno emergía de sus propias ruinas. Salía a buscarlo por las calles desheredadas de Cifuentes, ni los perros no la gente, como si estuviera a punto de perder la razón, porque ella no encontraba a nadie que pudiera darle la razón de su hijo. Quizás porque estaba muerta. Encontraba en la estación, esperando el tren, al hijo noveno, que no podía reconocer, que no podía reconocer, que se iba y se quedaba para siempre, aquel extraño, aquel extranjero de todos los destierros, un desconocido de todo el mundo, un fantasma que era una leyenda olvidada, un desterrado de la mafia que caía de una mafia a la otra, un expulsado del vientre de la hiena tocando a las puertas que no se abrían, que abría las ventanas que no se cerraban, que cerraba los ojos que no escuchaban, que escuchaba las voces que no podían ver. Era la criatura de las disonancias, el pentagrama de una sinfonía que se compone con textos imaginarios que no se pueden tocar porque es la sinfónica del imposible. Por eso, cuando salía del colegio las pandillas de los otros niños lo perseguían, acorralándolo en los callejones sin salida hasta que subía al campanario de la iglesia donde estaba el hijo noveno, suicidándose una y otra vez, ahorcándose quizás con la firma al pie del cuadro para dejar constancia de su autorretrato. El grito no lo oiría nadie, porque se llevaba las manos a la boca para no dejarlo salir. Cerraba la puerta tras sí y entraba en el ángulo del triángulo de aquel rincón triangular donde se escondía. Sólo quedaba el hijo noveno, ahorcado en el mástil de la embarcación, agitado por el viento, el velero en la botella de papel, el velero de papel en la botella, navegando en el Caronte de la vida. Ochenta años después todo era lo mismo.

© Matías Montes Huidobro. _______

               He aquí una de las narraciones más enigmáticas del conocido y reconocido autor cubano, recorrida como sucede muchas veces con su literatura por el sentido de la ironía y el humor negro, que se nos revelan mediante imágenes expresionistas y aún absurdas, verdaderamente desgarradoras en su raíz, de ahí el recurso del humor. Montes Huidobro nació en Sagua La Grande, antigua provincia cubana de Las Villas, en 1931. Narrador, poeta, ensayista, dramaturgo, editor, ha sido asimismo profesor de literatura durante muchos años. Doctor en pedagogía por la Universidad de La Habana y en Filosofía y Letras por la de Pittsburgh. Desde el año 61 salió al exilio y ha tenido su residencia en Pennsylvania, Hawaii y Miami, donde actualmente reside con su esposa la también profesora y ensayista Yara González Montes. Ha merecido innumerables premios por su obra dramática y por sus novelas, entre estos últimos el premio Primera Novela y el Café Gijón. La lista de su producción es verdaderamente notable y extensa. _______

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6 Respuestas a “Narraciones y narradores. (Un espacio para compartir historias).

  1. Adelante con tu bitácora! Es lo q tenemos que hacer para romper el silencio en torno a nosotros. Emborrachate de sol en Miami. ¡Feliz viaje! Héctor Santiago.

  2. Gabriella Ibieta

    Me gusta mucho el “diálogo de sordos” del cuento “Borrachera,” sobre todo cómo deja caer cuál ha sido el destino de muchos grandes escritores cubanos (no Retamar).

  3. Personajes que ya encontraron a su autor y muertos que parecen vivos. Y ahora me acuerdo del refrán de hay vistas que tumban cocos y muertos que no hacen ruido porque andan en alpargatas. ¡Gracias mil por esta bitácora y los cuentos compartidos!

  4. Pingback: La monja, y el pope. Por Rolando D. H. Morelli. | Blog de Zoé Valdés

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