Los tesoros de la niñez y la «Cueva de Aquiestán»

Uno.

English: Kalsdorfer Au, one of the romantic po...

El árbol que deseaba viajar

Rolando D. H. Morelli

 Para María Karla, a punto de emprender un nuevo viaje.

Desde que tuvo estatura bastante para asomarse sobre las copas de los árboles más próximos a la ladera, y alcanzó a ver por entre sus compañeros el infinito viaje de las aguas del río, el árbol había sentido como propio ese afanarse por llegar a algún sitio. Primero se trató de una gran curiosidad por saber a dónde iban las aguas con tal determinación, y luego, así que se familiarizó con las idas y venidas de los pájaros que, pudiendo marchar como las aguas se contentaban con un corto aletear entre las frondas, un deseo único se apoderó de él: viajar. Ninguno otro de sus compañeros sintió nunca aquel mareo de las aguas al pasar, como cosa propia. A veces, cuando el empuje de las aguas terminaba por arrastrar a los más próximos a la corriente hasta sumirlos en su marea y se los veía flotar en la distancia hasta desaparecer entre la consternación de los que se aferraban a sus raíces, el árbol sentía nostalgia de no ser uno de aquellos a los que juzgaba más afortunados. ¡Imposible abrirse paso por entre sus hermanos y compañeros mayores para alcanzar la orilla misma: aquélla desde la cual era posible sumarse a la vorágine del viaje! Y mientras así pensaba, pasaba el tiempo y crecía todo él hasta llegar a ser un hermoso árbol tan nutrido y acogedor que a los pájaros de todas las especies les encantaba anidar entre sus ramas. Al árbol, por su parte, le gustaba escuchar sus trinos, y a veces todavía se obligaba a escuchar con atención la plática incesante de sus huéspedes cuando aquélla parecía tomar un giro inesperado o tocaba en algún aspecto interesante, —sus aves favoritas eran aquellas golondrinas de tierras lejanas que iban y venían de un hemisferio al otro y a su paso tenían en el pico alguna anécdota cuyo final a veces no alcanzaba al árbol, y por lo mismo se hacía más apetecible— pero al fin tanta garrulería acabó por fatigarlo sin que él pudiera deshacerse de semejante sensación. Y aunque sus hojas seguían siendo abrillantadas y de color verde, y sus ramas fuertes y saludables, una marchitez de otra índole se fue apoderando paulatinamente de él, hasta rendirlo silencioso y reconcentrado en sí mismo.

A diferencia de lo que ocurría invariablemente alrededor de él con sus hermanos, las primeras flores que alcanzaron alguna vez a coronar su copa, lo hallaron indiferente. Y luego, a medida que a sus plantas se acumulaban las semillas brotadas del mismo seno en el que incubaba tanta insatisfacción, llegó a sentir por ellas un desdén que empezaba siempre por él mismo.

¿Qué sentido tiene cundirse de flores cada tanto, y prolongarse luego en la vocación de las semillas? —Conjeturaba—. ¿A dónde podrían ir éstas que fueran tomadas en cuenta? ¿Qué destino sino éste de caer y quedarse luego empantanadas en su sitio podría ser el suyo? ¿Para qué tanto verdor y vigor tanto en sus ramas?

Comenzó entonces, sin proponérselo, un viaje interior que había de darle aquello que tanto había deseado encontrar fuera de él y a lo lejos, pero naturalmente, de este viaje emprendido sin moverse un centímetro de su sitio no sabría él nada sino hasta mucho más tarde, pues así suele suceder en muchos casos, que el viaje más largo y fructífero de todos resulta ser el más corto. Se refugió detrás de su corteza viva con ánimo de huir del mundo circundante y se retrajo un instante para encontrarse a sí mismo en medio de él. Huía, indudablemente. Huía de todo aún sin saberlo. Se reconcentraba en el recorrido de la savia por todo su esqueleto como si todo él no fuera otra cosa que una linfa oscura y densa abriéndose paso lo mismo que allá fuera lo hacían las impetuosas aguas del río. Y al hincar más sus raíces en tierra lo hizo para entrar en contacto con ella, aún sin saberlo.

Viaje sin precedentes éste de andar por el interior de uno mismo, y de la tierra que lo sustenta —porque se trata del más individual, del más personal, del más privado y solitario de cuantos recorridos son posibles—. Cuánto tiempo duró no hubiera sido capaz él árbol mismo de decir, ni de precisar el momento en que había dado comienzo. Una vorágine lenta lo arrastraba hacia su centro de gravedad como si algo tirara del pliegue remoto de un vestido, arrastrándolo para acercarlo más y ponerlo así al alcance de la mano. Pero lejos del desplome en el abismo se trató de llegar por esta vía de deslizamientos suaves a la hondura de la misma tierra cuyas riquezas se abrían a las raíces como una mina pródiga que pusiera a su disposición un generoso caudal de insólitos diamantes. Emergió de sí con la llegada de la primavera como después de un chapuzón. Todo él punteado de brotes, recios e impacientes, y de retoños que se recostaban al tronco poderoso, difícilmente abarcable.

En el verano aparecieron unos hombres que acarreaban instrumentos y blandían sierras amenazantes, las cuales producían un ruido metálico de cigarras enloquecidas, pero él no sintió miedo, sintiéndose fuerte, confiado en su fortaleza interior más que en el imponente grosor de su corteza y la vastedad de su copa. A su alrededor avanzó la tala. Los hombres eran expertos en su tarea. Calculaban, seleccionaban, ponderaban distancias, y al cabo procedían metódicamente a cortar y acarrear los árboles caídos. Árboles nuevos eran plantados luego. Algunos se hicieron un lugar próximos a su sombra inmensa y él se condujo entonces como un abuelo sabio y protector. Les comunicó como mejor supo aquello que había aprendido de sí mismo en sus recorridos por el interior de su savia y de la tierra fecunda y dadivosa que los acogía, mientras los veía crecer y prodigarse luego en flores y frutos de su propia cosecha. Aunque de sobras sabía él que a no sentir miedo sólo se aprende por uno mismo, sabía igualmente lo que puede ayudar en este aprendizaje como en cualquier otro, una palabra de reconocimiento o de cariño. Así pues, las prodigó oportunamente siempre que le pareció del caso.

—Ya verás, pequeño, que mañana amaneces unas pulgadas más grande, y un poco más fuerte. —Decía a alguno, ahora que él mismo se había vuelto más sabio, y a otro cualquiera—: ¡No empujes a tus semejantes, hijo! Ocupa tu lugar y gózate en él, y deja a los otros la posibilidad de ser en ellos mismos. Contra lo que te digan, o hayas oído decir, o lo que te parezca a ti, siempre habrá espacio para medrar. La tierra es pródiga y generosa.

Las estaciones se sucedieron, predecibles y, sin embargo, plenas de sorpresas como la vez que a finales del otoño, de repente comenzó a caer una nevada que blanqueó el bosque y las montañas hasta donde él podía ver y mezcló el bermellón y el oro de las hojas al armiño de la nieve. O la vez que aquellas golondrinas en las que podía él reconocer algunas de las que emprendieran viaje desde sus ramas regresaron anticipadamente trayendo noticias de un verano más cálido de lo que gustaban. Al cabo de mucho tiempo, un día sintió que algo en él se hacía ingrávido con la llegada de una nueva primavera, como si se soltara de las fibras de madera y comenzara a elevarse para quedar atascado allá arriba, en lo alto, donde la copa podía rozar con frecuencia las nubes que pasaban empujadas por el viento o cargadas de agua. Sentía como si él mismo se hubiera vuelto una nube que se elevara, expandiéndose en una materia sutil, conocida y desconocida al mismo tiempo. Tal vez en el reino vegetal no haya una palabra equivalente a la palabra espíritu, o acaso él, pese a toda la sapiencia que había alcanzado aún la desconociera, pero del alma del árbol, y no de otra cosa se trataba. Comenzaba a separarse del cuerpo y a elevarse como si necesitara concentrarse arriba para una vez a aquella altura remontar desde allí el espacio infinito en busca de su destino. Vivía la dimensión del mercurio en el interior de una ampolleta de cristal cuando las temperaturas suben, y el calor aprieta.

Sus gajos se prodigaron en flores olorosas y de colores más vivos que nunca. Si había de ser recordado, se dijo, quería que fuera envuelto en aquel arrebol conque saludaba y se despedía del bosque al mismo tiempo. La muerte no fue una experiencia dolorosa, sino una re-encarnación inesperada que le permitía ser uno en todas las cosas: arriba, con las nubes y el cosmos, abajo en las semillas de su impronta, en la tierra, en la capa vegetal que alimentaba la tierra, y en la madera que de su tronco prodigioso y de sus inmensas ramas obtenían con pericia los hombres de la tala. Había cumplido su deber de árbol después de superar ansiedades y fatuos impulsos iniciales, concentrándose en su naturaleza real y ahora, sin que se lo propusiera, era cual si todos sus más caros deseos, aún aquellos ocultos o inconfesos, se materializaran de modos imprevistos.

Un hombre aficionado a la navegación adquirió su madera para construir con ella un barco de vela de gran calado y maniobrabilidad. Los carpinteros más hábiles labraron los tablones y los machihembraron para componer un acoplamiento tan estrecho que apenas si requirió de ser calafateado. En el astillero donde se alistaba la nave que en poco tiempo zarparía se elaboraban igualmente las piezas de muy diversa índole que se requerían. Era cual si, valiéndose de los restos de uno se compusiera otro árbol al que fuera posible echarse a navegar río arriba y abajo, como una vez había deseado hacer vivamente el primero.

Y cuando el momento de botar el barco llegó al fin, el hombre adepto al mar se sintió complacido con él, aunque ninguno sino el mismo barco pudiera saber que aquella felicidad encontraba su eco en la del maderamen que surcaba las aguas, del modo en que allá en su infancia de árbol, próximo a la orilla del río, aquél la había añorado al ver partir con la corriente y perderse luego en la distancia, a otros compañeros más próximos a la orilla, y según pensó siempre, más afortunados.

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