Ilustres e ilustrados: Bocetos y retratos al carbón, a tinta y por otros medios, de personas notables en la vida pública de aquí, de allá y acullá …

1. Piñera.    2. Villaverde.

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             3.  J. I. Rodríguez

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Uno. 

Trazos para un esbozo:

Virgilio Piñera en el centenario de su nacimiento.

Rolando D. H. Morelli

Virgilio Piñera, el ya desaparecido autor cubano (poeta, dramaturgo, narrador, ensayista — polemista y polémico— pionero de la estética que luego había de llamarse “absurdista” o “absurdo”), es celebrado estos días a la vez en el exilio miamense  y en su país natal, con motivo de la conmemoración del centenario de su nacimiento. Aquí, es decir, afuera, este homenaje transcurre en condiciones de absoluta libertad, de ahí su sello de autenticidad. Allá, ocurre inevitablemente bajo las mismas condiciones de opresión en las que transcurrió gran parte de la vida del hoy homenajeado. Los cubanos de cualquier latitud, y otros estudiosos de la obra virgiliana se reunieron bajo los auspicios del congreso “Celebrando a Virgilio” que sesionó  en la sede de la Universidad de Miami, y fuera convocado y organizado por el también dramaturgo Matías Montes Huidobro y su esposa, la ensayista Yara González Montes, en una convocatoria única que duró del 12 al 15 de enero del año que recién comienza.

English: Seal of Miami, Florida, United States...

        Jornada tras jornada y sesión tras sesión se estudiaron diferentes aspectos de la obra de nuestro autor y se exaltó su prominencia y trascendencia en las letras y la cultura cubana. Asimismo, se discutió desde diferentes ángulos su trayectoria vital y  los avatares de su existencia de iconoclasta antes y después del radical cambio de régimen ocurrido en Cuba el año 1959 con la instauración de la tiranía de Fidel Castro. En la isla, “los homenajes” se sucederán sin duda alguna con el empeño de confundir aún a quienes se dejen engañar, re-escribiendo para ello la historia personal del autor y la historia colectiva en que se vio obligado a participar éste. Tomando a cada paso el rábano por las hojas para irse por las ramas, y diciéndose y diciendo aquello otro de “donde dije Virgilio…” en que han alcanzado doctorados y post-doctorados concedidos por la Universidad de la Infamia Nacional y sus correspondientes programas internacionales, afirmarán sin sonrojarse que “Virgilio permaneció en Cuba”, tal y como en su momento declarara Armando Hart Dávalos, por entonces ministro de cultura, y con esta verdad de perogrullo —medio verdad o verdad a medias— seguirán añadiendo mortero a la fábula de un Virgilio revolucionario, o cuando menos “patriota”, mal comprendido por funcionarios extremistas, (aquí la manida cita de Lenin vendrá a punto), a los cuales —dirán— se puede encontrar hoy en Miami y otras partes. Y aquí apuntarán a un nuevo embuste: “como exiliados de la Revolución”. Eso, o algo semejante escribirán. No es preciso disponer de una bola de cristal en manos de una pitonisa para saberlo de antemano.

Cuenta Cabrera Infante en Mea Cuba una anécdota protagonizada por Virgilio Piñera que regresa a La Habana luego de haber visitado Bélgica.  A su llegada, Virgilio aparatosamente se inclina  para besar el suelo de Cuba, pero se encuentra no con éste sino con la pista de aterrizaje de Rancho Boyeros, recién cubierta de asfalto ruso. A causa de una esperpéntica cabriola del destino, que la anécdota de Caín viene a ilustrar, Virgilio Piñera regresó voluntariamente a Cuba en dos ocasiones. La última en 1965 (según la referencia), precisamente cuando del puerto de Camarioca escapaban en masa miles de compatriotas a los que el régimen abría una compuerta salvadora, no sólo para ellos, sino para el régimen mismo enfrentado a la insurgencia de todo tipo.  No entraré a especular si el autor habría podido vivir en el exilio o no. Después de todo Virgilio es el autor de “El infierno” un cuento muy breve donde el protagonista, después de pasar cuarenta años añorando escapar, consigue huir al fin, para darse cuenta muy pronto de que no puede vivir sin el lugar de sus tormentos, pues hasta “el infierno acaba por volverse una querida costumbre”. Arriesgaré un único comentario al respecto: quedarse no prueba nada, así como salir de Cuba ha dejado de demostrar que se es un exiliado político verdadero, un disidente o un antagonista del régimen —cosas diferentes todas ellas a fin de cuentas. Antes de que el tirano Fidel Castro configurara su propio muro alrededor de Cuba, por el que inculparía “a los americanos” y “al bloqueo”, Virgilio como tantos otros pudieron salir del territorio nacional cubano y volver a él sin verse obligados a dar cuenta a ninguno de sus correrías por el mundo, pese a las quejas que en contrario vertiera Piñera en su poema La Isla en peso de 1942 en las que daba cuenta de “la maldita circunstancia del agua por todas partes”. Así, más que un hecho contemporáneo al poema y su temática, ambos corresponden plenamente al futuro de la isla: Virgilio y los cubanos todos, atrapados por el muro natural de agua.

Fidel Castro and members of the East German Po...

      Porque a partir de este segundo regreso, (la vez anterior volvía de Buenos Aires, donde había sido becado) ya nunca más consiguió que lo autorizaran a viajar a ninguna parte. Sí, porque ahora se requerían autorizaciones al más alto nivel para salir o entrar a su propio país. Y a partir del Congreso de Educación y Cultura (1971) que venía a refrendar “legalmente” lo que en buena ley no podía serlo y era práctica desde mucho antes, con las resoluciones derivadas de este cónclave, se impidió ya de manera definitiva cualquier “salidita”, y para completar el círculo “la entrada” a cualquiera intelectual amigo extranjero que se manifestara crítico con el régimen castrista o según el eufemismo donde los haya: “la Revolución”.

          Resulta más que dudoso que el eterno iconoclasta pudiera ser considerado “revolucionario” por los revolucionarios. ¿No había invertido la R de revolución que correspondía a las Ediciones que hacía al principio de la confusión cotidiana de los primeros años “alegres”? Doble herejía porque, siendo “un invertido”, como era sobradamente conocido, Virgilio se atrevía a subvertir el carácter machista de la llamada “Revolución” a la vez que revelaba antes de tiempo el carácter soviético que ya todo iba teniendo con esa “R” al cirílico modo.

              Indudablemente, Piñera fue un patriota al que le faltó la lealtad de su patria a partir del momento en que se instauró en ella el régimen expropiador de Fidel Castro. Aunque permaneció en el territorio insular (no le quedó otro remedio) fue un apátrida y un expatriado. Pero su última lealtad, y su último patriotismo fueron la literatura y él mismo. Dijo siempre su verdad, incluso en medio del miedo que sentía o llegó a sentir frente a la imponente pistola de Castro sobre la mesa a la que se sentaba éste para dirigir a los escritores su ultimatum en 1961, amparándose en el ámbito de la Biblioteca Nacional: “dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada”. Censura absoluta, previa, punitiva. Fiel a sí mismo, Virgilio proclamaba su homosexualidad, o llegó a no negarla cuando le exigieron “comedimiento”. Su estética, una búsqueda personalísima, con más aciertos que fracasos, es en sí misma un modelo de integridad no exento de contradicciones, pero desprovisto de complicidades.

                Como había anticipado (1942) la isla en peso acabó por convertirse en su fardo (peso muerto) que había de acarrear sobre sus hombros de endeble constitución, cual Atlas en precario, condenado a una labor titánica para rendir la cual sólo disponía de palabras. Aún éstas le serían arrebatas. ¿Por qué tenía el embajador cubano en Argel un volumen del maricón “este” en los estantes de su despacho? Preguntó el llamado “Ché” Guevara en presencia de Juan Goytisolo al funcionario de marras, a la vez que arrojaba lejos de sí, el volumen ofensivo. Eso había ocurrido mucho antes de 1971. Antes de efectuado el Congreso de Educación y Cultura, desprovisto de cultura y sin pinta de educación alguna.

              Sería infructuoso cualquier intento de encapsular en unos pocos renglones la vida y la obra de Virgilio Piñera, destacar suficientemente su significado para la cultura cubana y más allá de ésta. Al Congreso miamense “Celebrando a Virgilio” le han faltado jornadas para completarlo pese a la intensidad, duración y calidad de las ponencias presentadas al cónclave. Ofrezco aquí, apenas un esbozo de lo que me gustaría fuera un retrato más completo del creador, en el que se pusieran de relieve sus rasgos más acusados.

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Dos.

La figura enaltecida y generosa del escritor y patriota Cirilo Villaverde, novelista y narrador de fama es evocada en el siguiente texto con que el articulista Narcio Álvarez Quintana nos honrara oportunamente. Por razones ajenas a nuestra voluntad, la oportuna evocación no apareció publicada en el momento preciso en esta bitácora. Con alguna tardanza, y las debidas disculpas a su autor, lo ofrecemos ahora a la consideración de quienes nos leen.

Un bicentenario para Villaverde.

(Narcio Álvarez Quintana)

         La esquina primordial de Compostela y San Juan de Dios en La Habana, donde estuvieran el hospital y convento de este nombre, extendidos por las dos manzanas que abarcara San Juan de Dios, evoca por igual la memoria de una Habana colonial y la del novelista y narrador Cirilo Villaverde, su mejor exponente.

        En esta esquina centra el novelista la trama de su criollísima obra Cecilia Valdés. Su recreación y relato de esa sociedad colonial compuesta de funcionarios y militares corruptos, de esclavos, blancos y mestizos amalgamados y aplastados en el diario vivir de la banalidad y  la injusticia.

         El hospital y el convento desaparecieron en las primeras décadas de la república. Más allá, siguiendo por Compostela, al cruzar la calle de Empedrado, se encuentra aún la iglesia y la Loma del Ángel.

       El 28 de octubre de 2012, se cumplieron doscientos años del nacimiento del patriota y periodista cubano, natural de San Diego de Núñez (Pinar del Río), en  un ingenio  azucarero llamado Santiago. Hombre valiente y periodista incansable, su obra es extensa pero es más conocido por la novela costumbrista que hiciera su fama: Cecilia Valdés, o la Loma del Ángel.

       Para conocer el alma de Cirilo Villaverde, hay que hablar de la ciudad de La Habana, de sus fundadores y sus barrios, de sus calles y de sus parques y también de su familia. El escritor y patriota tenía raíces habaneras y en esta ciudad vivió y estudió el pinareño, que conocía muy bien su historia y a sus fundadores. Su abuelo, que vivía en la calle de la Estrella, además de enseñarle latín y otras materias, llenó su mente de historias referentes a la ciudad.

        Nacido en 1812, Villaverde recibió como legado histórico el de los cambios que se ocuparon de modernizar la ciudad y sus defensas. A ella había llegado muchos años antes a edificar cuarteles, castillos y fortines el conde O’Reilly, y en ella había residido por unos meses Alejandro de Humbolt mientras hacía estudios del país, de su clima, de su suelo y del mundo social.

      Villaverde sintió en su juventud simpatías por lo que hoy son los Estados Unidos de Norteamérica, la gran república del norte, que constituía un modelo para el futuro desarrollo de su país, por entonces colonia española, y la expresó en sus artículos periodísticos. Su acción revolucionaria junto a Narciso López, José Zacarías González, Domingo del Monte y otros en la conspiración de 1848, fue derivando a través de sus años de duro exilio hacia una concepción patriótica independentista, como si el ideal forjado en aquellas primeras décadas de lucha lo fuera iluminando y creando en él un amor genuino hacia la independencia y la libertad del suelo patrio.

      El exilio golpea, enajena y llena de dolor el alma pero también purifica y hace madurar, y Cirilo Villaverde se vio inmerso en aquellas décadas de lucha y de trabajos por la independencia cubana, transformado y convertido en genuino defensor de la revolución de Yara. Su lucha fue constante: junto a su esposa Emilia Casanova desarrolló una actividad febril en trabajos literarios, mítines políticos y viajes a ciudades norteamericanas, abogando siempre por la independencia cubana.

        Se han cumplido dos siglos del nacimiento del novelista, y otra vez los cubanos vivimos y padecemos una cruel y aborrecible tiranía. Ojalá no pasara inadvertida esta efemérides de uno de los cubanos fundadores que tanto hizo por la conformación de la patria. Que su aporte viva en quienes no olvidamos la tierra que nos vio nacer.

28 de octubre de 2012

© Narcio Álvarez Quitana

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Tres. 

Páginas para la historia

Solicitud de ayuda urgente de un cubano en apuros, residente en México.

Carta de Gaspar Alonso Betancourt a José Ignacio Rodríguez Hernández. (1897).

(A Narcio Hipólito Álvarez, con el afecto del autor, su amigo).

Rolando D. H. Morelli

Introito

            Obra en los archivos de José Ignacio Rodríguez Hernández (La Habana, 1831 Washington D. C. 1907) custodiados en la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, un sinnúmero de cartas de gran mérito e importancia histórica y literaria, entre otros muchos materiales de trascendental importancia para el estudio y comprensión de la historia de Cuba entre los siglos XIX y XX, y en particular para un estudio cabal de los distintos movimientos migratorios cubanos y su funcionalidad en los Estados Unidos en el período que va de los primeros intentos separatistas cubanos a la instauración de la República. Los archivos en cuestión, como la misma persona de Rodríguez Hernández constituyen una especie de eje hacia el que confluyen innumerables varillas. Solamente la índole y representatividad de la correspondencia con figuras reconocidas del mundo intelectual de su época que recogen los fondos mencionados, bastarían para conceder a este conjunto un valor trascendental, pero no se trata únicamente de cartas procedentes de los Mestre, José Antonio Saco, Gaspar Betancourt Cisneros, Francisco Calcagno y muchísimos otros, así como de amigos y familiares de estos, cuando no de personas que solicitan el juicio de Rodríguez o sus servicios como abogado de consecuencia, traductor y experto internacionalista, en un determinado caso. Abundan además los impresos, recortes de periódicos e innumerables documentos relacionados con casos famosos en los que el jurisconsulto jugó un papel relevante, entre estos las diversas reclamaciones de ciudadanos norteamericanos ante el gobierno español por distintas causas, y aún de españoles que reclaman al de los Estados Unidos. Entre los últimos destacan varios, de los cuales mencionaré de pasada el incidente del “Amistad”, barco negrero capturado por los propios esclavos, hecho éste que terminó convertido en una causa célebre ante los tribunales del estado de Massachusetts, y concluyó con la repatriación al África de los rebeldes.  Encontramos asimismo entre esta formidable papelería de Rodríguez Hernández lo que vendría a ser los archivos correspondientes a la Junta Patriótica Cubana de Nueva York, con todo lo cual se urde indefectiblemente un tejido en el que se transparentan la época y la sociedad en que se mueven sus protagonistas. De este rico y caudaloso venero procede la carta que damos a conocer aquí, porque la misma no sólo constituye un testimonio que ilumina singularmente su momento, sino el nuestro. Dejo a otros sacar las conclusiones oportunas, y cotejar con los referentes de actualidad las coordenadas del caso. Limito aquí mi papel a dar cuenta del hallazgo y la intríngulis del asunto y sus protagonistas.

Los protagonistas de esta historia.

I.          Aunque algo olvidada a día de hoy, la figura de José Ignacio Rodríguez Hernández llena por sí sola más de un capítulo de la historia de Cuba en lo que va de la segunda mitad del siglo XIX al XX, y aún de la que concierne a la política norteamericana respecto a la isla y a las diversas repúblicas iberoamericanas. Rodríguez jugó un papel fundamental en los preparativos y organización de la Primera Conferencia Internacional Americana que sesionó del 2 de octubre de 1889 al 19 de abril de 1890 en la ciudad de Washington, y daría lugar al Bureau of American Republics correspondiente al International Union of American Republics, antecedentes de la actual Organización de Estados Americanos. También la excelente biblioteca Columbus Memorial Library que corresponde a este organismo internacional, y fue de hecho su primera sede funcional debe mucho a Ignacio Rodríguez Hernández quien fue uno de sus fundadores, y el primer bibliotecario designado con que contara la entidad, hecho éste que aparece debidamente consignado entre otros por John Vavasour Noel en su History of the Second Pan American Congress, ((148) Guggenheimer, Weil and Co., MD. 1902), Charles E. Badcock en un artículo aparecido en la Library Journal correspondiente a enero/diciembre de 1919 ((170) vol. 44., N. Y. Publication Office, 1920) y G. Pope Atkins en la Encyclopedia of the Interamerican System ((87) Greenwood Press, Westport CT, 1997). Rodríguez fue además un autor conocido e influyente a quien se debe la primera y más completa biografía de Félix Varela y Luz y Caballero, entre otros libros. Estos datos, de por sí, sin abundar en muchos otros que en aras de la brevedad y a tono con los propósitos del presente trabajo pasamos por alto, bastan para dar una idea de quien es, el destinatario de Betancourt.

II.         Gaspar Alonso de Betancourt Viamonte, por el contrario de Rodríguez Hernández, no fue soldado, intelectual, ni figura destacada por ningún concepto en las luchas por la independencia cubana, sino uno más de quienes se vieron arrastrados por las circunstancias y fueron víctimas en última instancia de la situación de injusticia imperante en la isla de Cuba, particularmente bajo la férula de Valeriano Weyler. Natural de Puerto Príncipe (hoy Camagüey) nació el 23 de marzo de 1825 y falleció el 29 de enero de 1904 en la ciudad de La Habana. Durante la Guerra de los Diez Años emigró de Cuba y podría haberse involucrado en las actividades de sus compatriotas en el destierro. En el periódico La Revolución, de Nueva York apareció alguna vez un anuncio sufragado por él para la promoción de su consultorio de dentista, con el que indudablemente contribuía a sostener financieramente la publicación insurreccional. En los Estados Unidos hizo la reválida de su título y consiguió la licencia que lo calificaba para la práctica de la odontología. Se sabe que un hermano suyo, Pedro M. Betancourt, alcanzó el grado de comandante del Ejército Libertador. Gaspar Alonso Betancourt casó en primeras nupcias con Amelia Kohnke, con la que tuvo dos hijos. Tras enviudar volvió a contraer matrimonio, esta vez con Joanna Crowley Poulson. De este segundo matrimonio resultaron cinco hijos. Parece ser, según indica Emeterio Santovenia en su Un día como hoy (Editorial Trópico, La Habana, 1946 (297-298)), que Gaspar Alonso Betancourt, un dentista con práctica establecida entre la colonia de cubanos de Nueva York, participó a instancias de quien indudablemente era pariente suyo, El lugareño Gaspar Betancourt Cisneros, residente en Philadelphia por entonces, y de José Aniceto Iznaga, en una misión ante el presidente de los Estados Unidos, James K. Polk, con el propósito de atraerse su apoyo para un plan de beligerancia en la isla, del que el trío llevaba noticias presuntamente confiables al ejecutivo. Poco más se sabe de esta figura tenue que fue Gaspar Alonso de Betancourt Viamontes, sobre la que viene a arrojar nueva luz la carta que se transcribe seguidamente. Tras la inauguración de la República, tal vez antes, se halla nuevamente en su patria, de lo que da cuenta el hecho de haber muerto en La Habana en 1904. Nada sabemos de la resolución de sus reclamos por vía de las autoridades norteamericanas ante las españolas de la isla, respecto a la devolución de sus bienes secuestrados. Las gestiones para conseguir su liberación, que terminaron con su expulsión del país y el destierro a México, en condiciones deplorables en los aspectos físico, moral y financiero (con una mano delante y otra detrás, literalmente) pudieron deber mucho a la gestión de Rodríguez Hernández, quien no era para nada ajeno a este tipo de desempeños, y según da cuenta la propia carta de Betancourt ya le había socorrido anteriormente de algún modo. Esto dicho, consigna —según es de presumirse— el propio destinatario de la misiva, a la cabeza de ésta, haberle dado respuesta negativamente a sólo unos días de la fecha consignada por el remitente. Sin la respuesta misma de Rodríguez Hernández a la vista, no es posible establecer de lo que se trata, pero esta negativa puede referirse concretamente al pedido de ayuda en efectivo que le formula su corresponsal, y no implica necesariamente haberle vuelto la espalda en otro sentido, incluso previa a la solicitud.

Algunos antecedentes para la contextualización de la carta.

Según informes públicos del Comité de Relaciones Exteriores del Senado estadounidense correspondientes al año 1897 (Compilation of Reports of Committee on Foreign Relations, United States Senate, 1789-1901 vol. VII Washington D. C., Government Printing Office, 1901 (585-590)), se da cuenta del arresto indiscriminado en Cuba de numerosos ciudadanos norteamericanos, entre los que se menciona reiteradamente el nombre de Gaspar A. Betancourt de 63 años de edad entonces, natural de Cuba, nacionalizado americano el año 1877, quien habiendo sido detenido el 26 de diciembre de 1896, se halla incomunicado desde entonces, y al cual se acusa de sedición.  Entre los numerosos informes publicados se incluyen los que el entonces presidente Grover Cleveland enviara al Senado de la nación con instrucciones conducentes a la pronta liberación del plagiado, además de numerosos telegramas y notas procedentes de varias fuentes, entre éstas el consulado americano en La Habana.

La demanda norteamericana, según se encarga de recordar Mr. Fitzhugh Lee, Consul General en la antes mencionada ciudad, en un despacho al Departamento de Estado, corresponde según ha hecho saber en su protesta a las autoridades españolas, al derecho internacional de gentes, en particular al Tratado de 1795 y más concretamente al protocolo del 12 de enero de 1877 suscrito entre España y los Estados Unidos, mediante el cual se regula y prescribe entre otras cosas un límite máximo de 72 horas de incomunicación para un reo de delito que incurra en éste por primera vez, en lugar de las 288 horas a que se ha visto sometido el dicho Gaspar A. Betancourt, algo que evidentemente constituye una violación de dichos acuerdos.  En descargo del acusado se aduce igualmente la avanzada edad del preso. El lenguaje de las notas norteamericanas trasluce en todo momento cautela, pero asimismo se percibe una incuestionable firmeza en la conducción de estos reclamos que no se limitan al dicho Gaspar Alonso Betancourt, que aquí nos ocupa.

Cuando finalmente es anunciada y confirmada la liberación del detenido, los informes concernientes dan cuenta asimismo de la admisión española de que se ha tratado de un caso de confusión de identidad, es decir, que el arresto, maltrato y plagio subsiguiente de Betancourt Viamontes se explican por haber confundido la identidad del sujeto, sin que se abunde en ello. Con la libertad del dicho se menciona de paso la liberación de una Eva Adan de quien no tenemos noticias.

Lo que no llegamos a saber mediante el intercambio de notas y despachos a que se hace referencia, es qué sucede con posterioridad a la liberación del encarcelado —admitida su inocencia por parte de las autoridades coloniales isleñas—. Lo que ocurre, según se desprende de la desesperada carta que Betancourt dirige a Rodríguez, es la expulsión del primero hacia México, previa la incautación de todos sus bienes de subsistencia. En esta situación, maltrecho, viejo y destituto se halla pues en México sin otro recurso que apelar a la caridad de alguien conocido.

Brevísimo sumario del texto de la carta.

Por ella sabemos que el corresponsal se halla en México, en situación desesperada. Acude a Rodríguez Hernández que ya antes ha sido su benefactor en algún asunto relacionado con una hija del que escribe, a fin de que le envíe algo de dinero con lo cual pasar a Washington D.C. con la intención de emprender alguna gestión que le permita presuntamente recobrar sus bienes secuestrados por las autoridades coloniales españolas de la isla. Betancourt declara haber sido allegado a Rodríguez Hernández, y se disculpa, con argumentos no del todo convincentes por la circunstancia de haber interrumpido la comunicación previa con éste. La sintaxis de la carta, así como la grafía son indicativas de cierta desconexión explicable por razones tanto de la edad como de las circunstancias mismas por las que se halla atravesando el individuo. No dispone Betancourt según declara siquiera de un alojamiento fijo por lo que pide a Rodríguez dirigir su correspondencia, cualquiera que fuese su respuesta, al Director del Banco Nacional de México, tal vez un compatriota, de apellido Varona. La situación de absoluto desamparo en que por fuerza ha de hallarse un cubano pobre en dicho país es descrita gráficamente por Betancourt en su razonamiento o explicación ante Rodríguez.

La carta

* Manuscrito sin numeración, que aparece confundido entre la papelería de José Ignacio Rodríguez
Biblioteca del Congreso, Washington D. C.  (Spanish Manuscripts Division).

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México, Novbre  12, [18]/97

S[eñ]or D[o]n José Ignacio Rodríguez:

Muy señor mío y amigo:

Supongo que el recibo de la presente le sorprenderá a usted después de tanto silencio, pero no ha sido por falta de consecuencia, sino porque no ha habido motivos para que nos hubiéramos seguido comunicando, ha sido el principal; y además los acontecimientos que se han venido sucediendo en nuestra desgraciada patria han motivado acaso el olvido de los buenos amigos, sin embargo siempre lo he mirado a Vd. Como un verdadero hermano que sin tener yo méritos para tal me ha dispensado Vd. miles de servicios respecto a la cuestión de mi querida hija Marie (¿?); favores que jamás se apartan de mi corazón.

Ahora bien, querido paisano, me encuentro en esta ciudad de México después de una prisión de tres meses en los calabozos españoles de la Isla de Cuba, y después de ese tiempo expelerme de mi patria sin consideraciones de mi estado de pobreza como lo deteriorado de mi salud debido al trato inquisitorial que pasé durante mi cautiverio entre esos verdugos desalmados, y que ni aún siquiera respetaron el peso de los años que hoy me agobian.

Así pues, hoy que le juzgo a Vd. como un amigo, llego a Vd. para que con su nobleza y buen corazón me socorra con algún dinero para poder salir de este país tan adverso a los cubanos pobres que residen en él. Si así lo hiciere, que no lo dudo, tenga la amabilidad de dirigirme su respuesta a el “Dr. G. A. Betancourt , al cuidado (c/o) del S[eñ]or D[o]n  Carlos de Varona Director de[l] Banco Nacional de México, a quien le he rogado me recoja mis cartas, pues no tengo paradero fijo donde me las lleven. Mi objeto es marcharme a Washington a gestionar la cuestión de mi reclamación contra el gobierno español por la suma de $50. 000 (¿?) currency por daños y perjuicios en mi persona e intereses, y como me han aconsejado algunas personas de influencia en Washington que mi presencia en esa valdría mucho para el buen éxito de lo que se pretende.

Sin más, queda su atto S.S. q. l. (¿s.?)(¿m.?)

Gaspar A. Betancourt

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Del caso aquí representado por Betancourt Viamontes destacan entre otros hechos y conclusiones fácilmente obtenibles, los siguientes:

  1. Las autoridades coloniales españolas enfrentadas a una situación de insubordinación civil de carácter soberanista, proceden con brutal arbitrariedad jurídico penal pues proceden al arresto de un hombre mayor, cuya identidad ni siquiera se establece a priori, lo que admiten sin mayor consecuencia para su actuación, cuando el reo es liberado tras ejercer presión sobre las dichas autoridades los poderes norteamericanos, del presidente al senado, por intermedio del Consulado General con sede en la capital de la isla de Cuba.  Contra los cubanos no beligerantes, pero sospechosos de estar dispuestos a ofrecer ayuda a sus parientes, instituirá el capitán general Valeriano Weyler los primeros campos de concentración de que se tenga noticia, pero la represión alcanzará todavía a muchos otros, y servirá como política “de escarmiento” y persuasión.
  2. Los numerosos ciudadanos norteamericanos asentados en la isla con la venia de las autoridades de los dos países, (a la que corresponde una colonia de españoles peninsulares y ultramarinos residente en la Unión Americana), son objeto como cualquier otro —tal vez de modo particular— de arresto, incautación de bienes, incomunicación y malos tratos, conducta que obliga a la opinión pública norteamericana y a las autoridades competentes a reclamar de España el cumplimiento de los tratados suscritos entre ambas naciones concernientes a los derechos y el respeto que asisten y se reconocen a los ciudadanos de uno y otro país cuando estos residan en suelo extranjero.
  3. Además de los norteamericanos de nación, existe un número considerable de cubanos nacionalizados norteamericanos residentes en su país de origen, quienes parecen haber adoptado la ciudadanía norteamericana a manera de garantía que suponen para protegerse de los desmanes autorizados por los españoles contra los criollos, los cuales se han visto despojados de todos sus derechos políticos, y por lo visto, de cualquier otro orden.
  4. El procedimiento de despojo e incautación de bienes y propiedades muebles e inmuebles, practicado, alentado y tolerado por las autoridades con el capitán general a la cabeza, representa un verdadero proceso de esquilmación practicado a conciencia, que además de servir al propósito de empobrecimiento de los presuntos o verdaderos insurrectos, o malcontentos, se presta de conveniencia al enriquecimiento de quienes practican tal política y redunda en un empobrecimiento generalizado de la colonia.
  5. De igual modo que las autoridades coloniales españolas han vulnerado de continuo los acuerdos suscritos con Inglaterra en lo tocante a la supresión de la trata de esclavos africanos, se violan ahora a conveniencia los tratados suscritos con la Unión Americana en lo relativo al trato y derechos civiles que corresponden a los de un país en el otro.
  6. La rapacidad colonial se disfraza naturalmente detrás de una retórica de soberanismo a ultranza, que no logra ocultar sin embargo su garra, ni impedirá a pesar de toda su saña la independencia de Cuba y el advenimiento de la República más adelante, sino antes precipitará hacia esta solución, vista como única salida, a los cubanos.

© Rolando D. H. Morelli, 2013

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5 Respuestas a “Ilustres e ilustrados: Bocetos y retratos al carbón, a tinta y por otros medios, de personas notables en la vida pública de aquí, de allá y acullá …

  1. armando

    Excelente reseña del congreso en la Universidad Miami Celebrando a Virgilio Piñera donde se expusieron ponencias sin ninguna censura sobre la vida y obra de esta gran dramaturgo cubano. Es irónico que ahora se le vaya a homenajear en la Isla cuando en vida lo persiguieron, asediaron y evilecieron por su preferencia sexual y postura iconoclasta. !Bravo!

  2. Supe de Virgilio y Lezama por el valor de un escritor cubano amigo, al final de los 80’s sin saber apenas de la grandeza de esas personalidades de las letras cubanas. ¿Cómo entender la magnitud del conflicto de la intelectualdad digna cubana frente al despota y sus muchos esbirros? Mi amigo noto mi interés y me habló con más confianza, pero en susurros. Les agradezco a él, ayer y a ti hoy, por hablar de los grandes de las letras cubanas. ‘Cuba permanece y el lodazal pasara sin dudas!

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