Desacatos

ÍNDICE. ✍

1. Cuba: Alegoría del zombi de nuevo tipo.

2.  Palo y circo

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1. Cuba: Alegoría del zombi de nuevo tipo.

        (A imitación de Francisco de Quevedo y Villegas).

Miré los muros de la patria mía,
si un día fuertes, ya desmoronados
(…)
 y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.
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            Lo de Cuba y los cubanos —dice una señora muy sabia, que es mi tía— no tiene remedio. Como que no lo tiene la muerte, es decir, morirse. ¿No se cansa de repetir eso mismo la filosofía popular cubiche cuando dice cosas como: “aquí lo que no hay es que morirse, mi hermano”, o “la muerte es lo único que no se cura”? Si sabrá de lo que habla mi tía, que pasa ya de los noventa años. Lo único que desea, es decir, lo único que ya le queda por cumplir como deseo —algo insensato, pero determinado, ahora que lo permiten los dueños de la finca— es que la entierren allá, junto a su marido, que murió cuando estaba para venir al exilio la familia, entonces todavía joven; sus padres y un hermano que murió siendo adolescente de una de esas dolencias de la gente de antes. Ella ha vivido junto a sus hijos, a los que sacó de Cuba a tiempo, y a sus nietos, porque vivir es otra cosa que morirse, pero quiere ser enterrada en su país. ¡Ni siquiera ir a morirse allá, porque para morirse hay que estar vivo todavía, a menos que uno sea zombi, y eso no lo querría ella! Al fin y al cabo, este de mi tía no pasa de ser un sueño delirante que ninguno le contradice, porque ¿quién irá luego expresamente a llevar sus restos para que  sean sepultados en el panteón familiar, cuando escriben los primos que por allá quedan, que el panteón fue primeramente saqueado, y después ha sido tomado por orden de la Administración, vamos, lo mismo que sucede con las casas de quienes se marchan del país! Nada, que no hay reposo ni para los muertos en el cementerio. Entre las hechicerías que reciclan los restos de un prójimo para fines casi todos inconfesables, y el proceder de quienes reciclan para su uso personal lo mismo una casa que un mausoleo, no puede haber paz aunque todo se haga a las mátalas callando. Mi tía, entre lo que desconoce de la actual realidad de su patria y lo que le encandilan sus deseos y nostalgias —a pesar de su sabiduría genuina— quiere que la entierren en Cuba, y entre pitos y flautas, sin ser ella ni por asomo el conocido burro de la fábula acierta a hacer música. Porque Cuba, queramos admitirlo o no, no es otra cosa que eso que mi tía nonagenaria percibe con toda claridad, un cementerio. ¡Un cementerio enorme e inhóspito! Una huesa cuyas dimensiones engordan cada día de cadáveres, pero sobre todo de zombis. Una película reciente, rodada en co-producción con España, país que presume de El Escorial, viene a decírnoslo poniendo como era de esperarse, su toque de choteo en un asunto tan serio como es la muerte cuando ésta cadaveriza la vida para procrearse, vaya, otro decir.  Me refiero, naturalmente a Juan de los muertos. Aunque en esto se confunda la película, como no había de ser menos, aquellos entre los cubanos de la isla que se defienden como pueden para no ser convertidos en carroña carroñera, son los disidentes, o los que de manera caótica e individualista se declaran vivos, que es semejante a señalarse a la manera de un judío que marchara en medio de un desfile de nazis luciendo su estrella de David. En fin, que lo de Cuba, no sé, pero lo de los cubanos definitivamente parece no tener remedio. ¿Una cuestión de ontología? ¿De ingeniería genética socialista? ¿O de pedagogía del oportunismo más craso? Yo nada más que soy aquí el mensajero de malas noticias. Por favor, no tiren a matar. Si me fui de Cuba cuando tuve ocasión, que la oportunidad no siempre llama dos veces, y a veces pasa sin llamar, fue porque el olor de la descomposición de los cadáveres insepultos, entre otros malos olores, hacía imposible respirar incluso de puertas adentro. Eso, al fin y al cabo, se pega si uno no se aleja bastante de las emanaciones. ¡Y después extraña pasar por uno más entre los muertos cuando se sale a coger aliento! Conozco yo a varios que se suponen vivos cuando no lo están, aunque no enterrados naturalmente. Medran estos, muertos reciclados, entre los otros, y muchas veces claman por el milagro de la resurrección. La llamada revolución misma, aunque difunta, puede ser resurrecta, declaran. Fidel y Raúl son dos muertos muy vivos. ¿Ven? Lo último que se pierde es la esperanza.

Cuba age

         En el exilio también disponemos de zombis, muertos muy persistentes en su afán locomotivo y mesiánico. Este último consiste de proponernos algún género de salvación mediante el recurso de dejarnos comer por ellos el cerebro. Viajan estos a la isla en plan de acercamiento e intercambios. Lo que intercambian, no se sabe, o se presume, aunque sea difícil de imaginar. Se trata por lo general, pero no siempre, de gente recién llegada, pero esos —contra todas las apariencias— no son los más peligrosos porque a lo mejor, aún logran los antibióticos y los verdaderos avances técnico-científicos de que pueden disponer aquí, devolverlos alguna vez a la vida viva. Curarse, si no en salud, al cabo de tan castigador flagelo. Los verdaderamente peligrosos son aquellos que han cultivado en silencio —y a veces pasando por sanos— un virus retroactivo que de repente se revela. Envidia, oportunismo, vanidad, derrotismo, la suma de las mil y una cagadas de sus vidas de repente disparan el mecanismo destructor y se suman a un coro que llega a través del ciberespacio, las ondas hertzianas, televisivas o espiritistas y comienzan a vociferar. Nos increpan estos, hablando de reconciliación con los verdugos, (a quienes llaman de hermanos separados), de perdón cristiano aunque quienes hablan no sientan sino aversión por los valores cristianos; de cambiar de tácticas porque hasta ahora las empleadas por los exiliados no dieron los resultados esperados; de levantar el embargo, que no funciona de todos modos. Desde que Radio Martí fuera penetrado por esta quinta columna, (y hasta por una sexta de tales formaciones) ya no claman tanto por desmontar la radioemisora. Ahora les viene bien, desde que puede oírse en ella hasta al mismísimo Silvio Rodríguez. ¡Vamos, todo un modelo de tolerancia y apertura pagado con los impuestos del contribuyente contra el que están dirigidos! Se sigue clamando por los contactos bilaterales “a nivel de pueblo”, sin embargo. Eso, sobre todo, ahora que los encuentros además de propaganda favorable al régimen cubano aportan dinero que fluye a las arcas del castrismo por vías innumerables. Ahora, afirman estos nuevos y no tan nuevos zombis liberados por la política de la administración Obama, que circulan entre los exiliados como pez en el agua, hemos conseguido hacer oír en Cuba, por primera vez          —¿será, claro, gracias a la apertura raulista?— las voces que antes no podían oírse. Si antes era cierto que el puente era de una sola dirección —admiten a regañadientes— eso ha cambiado, nos aseguran. Recientemente en Cuba (es decir en algún lugar escogido, de la capital del país) un grupito de personas interesadas hasta consiguieron oír la lectura o asistir a la dramatización de obras de teatro de algunos autores exiliados. El raulismo que no consiente que un grupo determinado de mujeres inermes se manifieste pacíficamente sin ser atacadas por destacamentos de milicianos y otras fuerzas represoras, autoriza sin embargo estos contactos. El puente sigue siendo el mismo, no nos llamemos a engaño, y el cancerbero que guarda la entrada de allá para acá es el mismo que husmea el aire con sus múltiples hocicos para permitir o no que entren los que entran. Aquí, la palabra clave es precisamente “autoriza”. Así también son autorizados a asistir a las tertulias habaneras quienes conviene que estén presentes. Lo más irónico de todo, viene a ser que muchos de estos mismos propugnadores exaltados de los intercambios culturales de marras, desde el exilio, suscribían hasta hace muy poco, que las reuniones de disidentes en casas particulares, no pasaban de cosas que se hacían en corto circuito, sin rédito alguno, en fin, que se trataba de grupitos o grupúsculos que no expresaban la voz del pueblo. La diferencia fundamental salta a la vista para quien quiera verlo: los verdaderos disidentes se reunían para conocerse y organizarse en el único medio que les permitía cierta seguridad, en tanto los reunidos en estas presuntas tertulias dramáticas toleradas y aparentemente abiertas en una sede habanera, no hacen sino jugar a desplazar espejos sobre un escenario sangriento, para que la sangre no se vea, o en el mejor de los casos, para engañarse a sí mismos. ¡Qué gran actor o actriz —declaran para su coleto los visitantes— ése que encarna un zombi en escena! ¡Si parece un zombi de verdad! Lo que ha conseguido hacer el I.S.A. es único, la verdad. De la escuela latinoamericana de cine, ni que hablar. Ése es otro teatro de operaciones, pero el I.S.A… ¡Qué actuación y qué montaje por Dios! Tal vez sueñen algunos de estos delirantes llevar la salud como contagio al elenco de pesadilla.

Cuba granny

          No perdamos de vista que quienes van y vienen, o apañan el presunto toma y daca, son ellos mismos actores y actrices connotados en su interpretación de un cierto personaje infame. Lo vemos, cuando el maquillaje se les corre con el viaje y los tumbos, dejando ver las cuarteaduras en la piel. Actores menores, de reparto, aunque se crean protagonistas de algo, cuando no simples caras duras, pero farsantes al fin y al cabo. Criaturas de la noche, por las comisuras les corre la sangre del colmillo que han hincado en un cuello apetecido, mientras menos incontaminado o más ingenuo o inocente, mejor. El propósito es ése, precisamente: arrastrar al mayor número a compartir con ellos el infierno de la infamia y la falsas expectativas. Disfrutar de sus cinco minutos de fama en un canal cualquiera. ¿Pedirán también, como mi tía, que los entierren en Cuba, cuando se hayan muerto? De todos modos, ya no correrían el riesgo de la zombificación. Se han adelantado a su propio cadáver.

            A esta peste nos enfrentamos de tiempo en tiempo, como podemos, los verdaderos exiliados. La repelemos, le echamos sahumerios de humo a los ojos inyectados de sangre reseca, los marcamos con laser en la frente imponiéndoles la letra color latón que les corresponda, pero son empecinados. Ellos que aducen que el exilio ya no tiene nada nuevo que decir, como si en la novedad misma radicara el valor, la valentía o la verdad de lo que hay que decir, repiten el siniestro cuento de la buena pipa, como si pudiera haber en éste, lozanía y originalidad.  En conclusión, y perdonen mi optimismo, como bien dice mi tía: “Lo de Cuba y los cubanos, parece que no tiene remedio”. Lo de parecer, es cosa mía. Pero fíjense ustedes qué contrasentido, ella quiere ser enterrada allá.

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 Rolando D. H. Morelli, Ph.D., docente, narrador, poeta y ensayista cubano exiliado. Ha sido profesor universitario en prestigiosas universidades norteamericanas. Pertenece al Pen Club de escritores. Co-fundador y director de las Ediciones La gota de agua. Reside en Philadelphia.

© Rolando D. H. Morelli

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2.  Palo y circo…

(De vuelta con los “intercambios” “culturales” con el régimen cubano, mientras la tiranía asesina y reprime a diestra y a siniestra a sus opositores y disidentes).

Rolando D. H. Morelli, Ph. D.

(Escritor, académico, editor e intelectual, es miembro del Pen Club de escritores cubanos en el exilio. Reside en Philadelphia).

                 Salí de Cuba con el éxodo del Mariel. Fui parte de esa masa compuesta por más de 125 000 personas, golpeada, calumniada, y agredida de innumerables formas, que logró llegar a los Estados Unidos. Muchos fueron muertos por las turbas organizadas o quedaron atrapados dentro de Cuba cuando la tiranía decidió cerrar nuevamente la espita liberadora. A pesar de lo que se ha escrito, se trata de una historia casi desconocida, o conocida de manera muy esquemática. La acumulación de hechos muchas veces incalificables, generados por la propia tiranía de los Castro resulta tan apabullante que no es raro que una nueva tragedia sepulte a la previa sin que alcancen el tiempo o la disposición generales para examinar uno u otro hecho. Casi diecisiete años después de mi salida, pude regresar a mi país con el propósito de visitar a mis padres y demás familiares. La situación financiera del régimen era tan desesperada en esos momentos, faltos de los subsidios soviéticos, que los mismos funcionarios castristas en Washington D. C. que me habían denegado sistemáticamente el permiso de entrada que yo solicitaba con el objeto de ver a mi madre enferma, ahora se pusieron en contacto conmigo para anunciarme que “estaba autorizado a viajar a Cuba”. Regresé no menos aterrorizado de lo que una vez escapé de allí. Para tranquilizarme a medias, tomé una serie de medidas como avisar a mis representantes estatales y federales de mis propósitos, gestiones y de todo lo que a mis ojos pudiera servir en caso de ser arrestado, o de que se me impidiera luego volver a los Estados Unidos. A partir de este primer viaje —que transcurrió sin incidente alguno a la entrada o a la salida— y más concretamente a partir del segundo de estos, se me asedió por distintos medios y con arreglo a distintos procedimientos para conseguir mi “colaboración” con los objetivos propagandísticos de la llamada “Revolución”, en el exterior. Este término no fue empleado hasta mucho más tarde cuando se me condujo a Villa Marista en plan intimidatorio —vinieron a buscarme a la casa de mis padres en Camagüey donde mi madre ya muy enferma de cáncer aguardaba la muerte y me dijeron que “tenía que acompañarlos”—. Una vez en aquel lugar horrible se me solicitó ya, de manera abierta, mi complicidad en “la tarea” propuesta. ¿Qué significaba “colaborar”, pregunté? Si “colaboraba” (es decir, si escribía, para comenzar, lo que ellos llamaban “la verdad” sobre Cuba y la “Revolución”… ¿No me animaba a llevar a un grupo de mis estudiantes de visita a la isla?) se allanaría enseguida “mi problema” de las entradas y salidas. Además, ellos podían ayudarme de otras formas como “publicar [allí] mis libros”, y hasta facilitar su publicación con editoriales de España, México y otros lugares en las que “conta[ban] con buenos amigos ‘de Cuba’ bien situados”. Les respondí, no sin sentir mucho miedo, que yo me había ido hacía ya muchos años para no estar obligado a nada, que mi vida era un asunto privado, por decisión propia. Aquí intervino uno de los dos oficiales que habían “querido conversar conmigo amigablemente” para soltarme a boca de jarro y sin alterar la expresión de su rostro: “Lo sabemos… Sabemos todo lo que hay que saber de ti, por eso nos parece más convincente tu caso”. Y a seguidas se refirió a mi pareja: “el americano amigo tuyo ¿es médico, no?  (Resumo de este modo un poco atropellado el episodio, y otros posteriores que se le relacionan, para no prodigarme en pormenores). Tuve todo este tiempo una sensación de dejá vu que me parece no requerirá explicación adicional: Había vuelto a meterme en la boca del lobo sin siquiera parecerme a la Caperucita. Luego de esta experiencia particular, estuve nuevamente para asistir a los funerales de mi madre, y en otro par de ocasiones para visitar a mi padre. A la muerte de éste, conseguí llegar hasta el aeropuerto de Rancho Boyeros, desde el que fui devuelto a México, previo el pago de un nuevo pasaje, sin otra explicación que las groserías que me dedicaron algunos oficiales respecto al valor que otorgaban al propio pasaporte cubano y a la visa de entrada que éste acarreaba expedidos por ellos mismos.  Hace ya varios años que no he vuelto al país y que tomé la decisión de no hacerlo por obvias razones de seguridad personal, y porque alcancé un cierto limite de tolerancia que llegó a hacerse visual, sonoro, olfatorio, táctil y sobre todo moral. No hablo de moralinas, sino de la impotencia y la indefensión que uno siente ante el abuso que debemos volver a soportar en carne propia, pero sobre todo ante lo que constituye la normalidad en la vida de tus compatriotas, familiares y amigos, o absolutos desconocidos.

            Lo mismo que yo, cada uno de quienes conseguimos escapar en un momento u otro, y hoy vivimos en libertad, ha de enfrentar sus circunstancias particulares, y nunca he sido de criticar a quienes van a Cuba (una o mil veces) con el propósito de visitar y apoyar a sus familiares, particularmente a los padres, viejos y enfermos, dado que las circunstancias actuales permiten la entrada de los libres al país, bajo ciertas condiciones impuestas por el régimen. La tiranía nos ha puesto a los cubanos frente a situaciones extremas que ya se prolongan más de medio siglo: toda una vida, en muchos casos. Cada uno debe resolver con su conciencia el dilema que le plantea la tiranía frente a la posibilidad de volver de prestado alguna vez. En su respectivo momento, enfrentados a parecidas circunstancias, volvieron a Cuba en la época de la dominación colonial española, cubanos insignes como José María Heredia y José Martí, entre otros. En cambio, Varela no lo hizo, ni siquiera cuando pudo beneficiarse de una amnistía general. Pero ni Heredia, quien solicitó del tiránico capitán general Miguel Tacón, autorización para ver a su madre muy enferma entonces —también lo estaba mortalmente el poeta— haciendo patente a su corresponsal la renuncia al ideal revolucionario de su juventud, que había probado ser desastroso en México y el resto del continente; ni Martí que regresó con el obvio propósito de seguir conspirando, entre otros, acudieron confundidos por los cantos de sirena, o para alcanzar en la jaula isleña el reconocimiento a sus respectivos talentos. Heredia padeció en México toda clase de postergaciones por tratarse de un extranjero, a pesar del aprecio de mexicanos valiosos y amigos. Su talento se impuso a pesar de todo, aunque de haber sido español (o pro español) en momentos en que era ésta la metrópolis, nadie se habría atrevido a discutirle ni siquiera en parte su primacía poética. Martí, por su parte, y aunque exiliado en un mundo de habla inglesa fue reconocido por otro maestro de generaciones, Rubén Darío, como “el maestro”. Fue Darío quien primero lo llamó de esta manera cuando se encontraron por primera vez. Y si el apelativo pegó, no fue por casualidad. Varela, por su parte, siguió haciendo su obra literaria y levantando su obra de fe, cuando el fracaso de las Cortes de Cádiz lo arrojó, primero a Gibraltar y más adelante a los Estados Unidos, y aunque murió en la pobreza más absoluta en San Agustín de La Florida, amparado por otro sacerdote caritativo y hermano en la Fe, dio testimonio de integridad y respeto por sí mismo. Y a la larga, de verdadero amor por Cuba. “El primero que nos enseñó a pensar” dijo de él uno de sus más brillantes discípulos: José de la Luz y Caballero. Otro cubano íntegro.

NJ - Elizabeth: José Martí Monument

NJ – Elizabeth: José Martí Monument

         El exilio (o el destierro) se nos ha hecho demasiado largo a los cubanos de hoy. Muchas veces, y al margen del proceso de adaptación a nuestras circunstancias, (y en parte gracias al éxito y la prosperidad materiales alcanzados) se imponen la nostalgia y la añoranza de volver a Cuba, de visitarla, de “re-encontrarnos con nuestras raíces”, frase ésta que a pesar de tan traída y llevada no deja de representar un sentimiento de verdadera angustia existencial. Los cubanos, además, nos enfrentamos día a día de un año que consta de trescientos sesenta y cinco (añádasele uno más cuando resulten bisiestos) a la incomprensión y a veces a la abierta hostilidad de muchos simpatizantes de la llamada “Revolución” y el socialismo cubanos, particularmente entre españoles e hispanoamericanos. Si a día de hoy, en el caso de Siria, países violadores de los más elementales derechos humanos como China o Rusia consiguen imponer a través de las Naciones Unidas un veto que impida sancionar al gobierno sirio por los crímenes cometidos a ojos de todos los medios de comunicación del mundo, ¿qué no se les habrá permitido hacer a Castro y Castro durante cincuenta y cuatro años de felonías inenarrables al mando de Cuba, contando como lo han hecho con la complicidad cuando no con la abierta simpatía de muchos medios de comunicación a través del mundo? La prensa es contumazmente contraria y hostil a los cubanos llamados sesgadamente “de Miami”. En Cuba, el padrino de todas las mafias que existen y han existido en este hemisferio los llama (nos llama a todos) “la mafia de Miami”. De este modo, se nos despacha sin tenernos para nada en cuenta dentro y fuera de Cuba. Se insiste, no obstante, desde hace mucho tiempo en que “las cosas están cambiando” no sólo en Cuba, sino en el exilio. Quienes lo afirman, en la prensa y otros medios, buscan persuadirnos de que el llamado “raulismo” es reformista, y que los cubanos del exilio “ya no son radicales o anti-castristas” porque los tiempos son “otros”. Los hechos indican otra cosa, es decir, que la tiranía y el régimen en que se sostiene ésta, no han cambiado sino tácticamente, y eso sólo a ratos, los métodos de opresión, represión y supresión empleados contra las voces contestatarias dentro de Cuba, a la vez que confunden y paralizan las que se manifiestan en el exterior. Las muertes en prisión de opositores pacíficos como Orlando Tamayo o Villar Mendoza, ocurridas recientemente; las golpizas y atropellos a las Damas de blanco, mujeres indefensas que se manifiestan de forma pacífica, no parecen inquietar a quienes amparados por la política de la Administración Obama se pronuncian favorablemente en los Estados Unidos, y dentro del exilio cubano, por los llamados intercambios culturales entre los Estados Unidos y Cuba. No hablaré aquí de los oportunistas de toda laya, o de los “colaboradores” por vocación colocados por el régimen cubano en Miami, Washington D.C., Philadelphia, New York o Boston y otros lugares (para limitarme aquí a los Estados Unidos), los cuales naturalmente cumplen una vez más con ser ellos mismos, sino de quienes se han cansado de esperar alguna cosa, y claudican sin sopesar el daño y la burla que representan su claudicación de principios en manos del régimen castrista. Es cuando menos desconcertante esa actitud de falsa “reconciliación” proclamada por algunos en el exilio, que les sirve de justificativo. ¿Con quiénes se reconcilian estos a fin de cuentas sino con el régimen que no sólo los oprimió, sino que continúa reprimiendo al resto del pueblo de la isla? Porque cuando se habla de reconciliación se falsea una verdad fundamental: el pueblo cubano no está enfrentado al pueblo cubano, sino que se trata de un antagonismo entre cubanos sinvergüenzas, explotadores y manifiestamente anticubanos en su manera de concebir la historia y el poder a lo largo de más de medio siglo, y el resto de quienes sólo querríamos una Cuba sin tiranías ni humillados por el Partido único de los Castro. Cabe pues preguntarse nada retóricamente, si es que valen un viajecito a Cuba, auspiciado por el régimen para su propaganda, o el mero hecho de ser incluido en un programa equis; o la participación en una feria del libro cuyo programa de actividades daría risa, si no diera dolor, el precio de dar la espalda al sufrimiento real de la gente que allí vive y cuyas voces son silenciadas de manera drástica constantemente? Que muchos americanos, turistas ideológicos o ideólogos turistas, estudiantes de pos-grados en tonterías ideológicas, o teológicas idioteces vayan a Cuba y hasta reciban créditos de sus universidades en materias que no serían capaces de cursar de hallarse verdaderamente en el lugar de los cubanos, puede irritarnos, pero hasta podría explicarse dentro de cierta lógica descentrada que se empecina en ser dentro de la academia americana y europea occidental; pero que muchos cubanos sucumban a la tentación y hagan borrón y cuenta nueva de lo que han escrito o dicho por años en relación a la tiranía cubana, supera toda comprensión racional o razonable. ¿Es que el actual se trata de otro régimen diferente de aquel que desde 1959 comenzó fusilando mediante juicios amañados o sin ellos a miles de cubanos acusados de cualquier crimen, por infundado que éste fuera? ¿Es que el despotismo y el terror han cesado? ¿Se han abierto verdaderamente las puertas propiciadoras de un cambio que garanticen un futuro mejor para cualquier cubano? ¿Son otros los hombres que conducen a capricho los destinos del país? ¿Es que Cuba ha dejado de ser la finca personal en que la convirtieron los Castro para su exclusivo provecho?

            Ahora se anuncia, como gran cosa —como si hubiera utilidad o provecho alguno para Cuba y los cubanos, particularmente los que se hallan atrapados dentro de la gran pajarera isleña sufriendo la incesante alharaca de las cotorras amaestradas— que se incluirá dentro de las actividades de la Feria del libro de La Habana, la lectura de obras de algunos escritores radicados fuera de Cuba. Con tal motivo circulan en el internet y llegan anuncios, notas y mensajes optimistas, de quienes consideran que el momento de la epifanía está por llegar.  Los involucrados en esta labor de promoción no son siempre los participantes, y estos en algunos casos no habrán autorizado que se les utilice en La Habana, pero indudablemente los hay que piensan que “del diablo un pelo”, o que “La Habana bien vale una misa” aunque sea satánica. Hasta es posible que sueñen con que sea el mismísimo Papa quien la entone durante su próxima visita a Fidel, o en su defecto, monseñor, el cardenal Ortega.

            ¿Cómo se puede ser tan ingenuos, o proceder con arreglo a un arrebato lírico trasnochado: “Pero las palmas, ¡Oh! Las palmas”… a estas alturas del juego? ¿Piensan acaso que por arte de birlibirloque les van a incorporar ahora a la nómina de los permisibles? ¿O que van a ser publicados o leídos en Cuba? ¿Y qué si éste fuera el caso? Alguno, sin duda, justificará su buena disposición aduciendo que “allí, en la isla, es donde se halla su verdadero público”, y acaso se trate en su caso de una justificación aceptable, porque quien disfruta de libertad y está dispuesto a rendirla por cualquier prebenda (o ilusión) de que se trate, sin dudas no merece ser libre. Yo, con Martí, “prefiero ser (…) un extranjero en otras patrias, a serlo en la mía”. A fin de cuentas, se engañan quienes piensan o aducen pensar en esos términos de la llamada “reconciliación” y el “acercamiento cultural” —otra patraña de la tiranía—, al acercar a la cárcel en complicidad con los carceleros el fruto de su creación, porque el preso fingirá tal vez que se distrae con la novedad y el autor podrá simular para sí mismo que lleva alimento espiritual al necesitado, pero el prisionero renegará del colaborador mientras observa furtivamente las grietas de luz en la distancia, por entre las rejas.

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11 Respuestas a “Desacatos

  1. Luis A. Abreu

    La verdad es que usted y los que persiguen como usted todo intento por hacer conocer la labor del exilio en Cuba, usan los idénticos metódos de la policía represora castrista. A cuenta del sufrimiento del pueblo cubano, se autoeligen como voces de la disidencia, sin que hayan pedido siquiera la opinión de los que sufren. Veo bien que se lean obras de teatro, de nuestros autores más representativos, obras tan fuerte como Exilio, de Matías Montes Huidobro, que tal vez usted ni siquiera ha leído. Fíjese que a diferencia de otros “intercambios”, en éste no hay viajesitos de autores, ni de actores, ni directores, solo viajan las obras de Estados Unidos a Cuba y la de Cuba a Nueva York. ¿Conoce usted las obras que se leerán en New York? ¿Le preguntó usted a los cubanos del encierro si estaban disgustados porque leyeran en Cuba obras tan importantes como El súper o como Exilio, que recuerda crudamente las vejasiones sufridas por los cubanos a partir de 1959 y que a la fecha, son el pan nuestro de cada día. Parece que a usted solo le intereza hacer pública su historia novelesca. La verdad es que estamos cansados ya de héroes y de persecusiones. Haga algo por la libertad de su país y eso va más allá de censurar y cazar a las personas que trabajan por ello. Aplaudo esta inisiativa.

    • Estimado señor Abreu:
      Su pasión por acreditar lo que da por bueno, es tanta como la que demuestra por desacreditar no sólo mi experiencia sino la de tantos otros. Se atraganta usted con sus propias palabras. No estoy en contra de “hacer conocer la labor del exilio en Cuba” como usted afirma, sino contra la manipulación y el engaño. Comparar mi denuncia de tales métodos, los cuales por otra parte no son enteramente nuevos como usted quiere hacer ver, con “los métodos de la policía represora castrista” no sólo es coherente con su actitud de acusarme de querer únicamente “hacer pública [mi] historia novelesca”, sino que son indicativas igualmente de su insensibilidad hacia los golpeados, a la vez que se manifiesta magnánimo con la tiranía que pone los golpes y traspiés. Yo no me eligo en nada, ni en representante de nada. Yo también, como usted, es de suponer, somos el pueblo cubano. A usted, según trasluce esa posición vociferante que asume, tal vez le resulte extraño comprender que para una mayoría de cubanos, haber escogido el exilio ya supone ser disidencia y oposición a la tiranía. ¿Pedirle la opinión a los que sufren? Es evidente que para usted “los que sufren” no somos los que sufrimos y hemos sufrido (yo entre ellos) sino una categoría indefinible en su propia retórica, por eso, naturalmente puede aplaudir “la iniciativa” del pretendido intercambio, y para justificarse desestima mi experiencia tildándola de “novelesca”. No sólo conozco la obra “Exilio” de Montes Huidobro, sino que he escrito algún ensayo sobre ella. Además de ser amigo de su autor desde hace muchos años, admiro su obra y quehacer artístico y cultural, y me unen a él y a su familia lazos de profunda y verdadera amistad. No quiera usted (quienquiera que sea o pretenda ser) enfrentarme a mis amigos con esas argucias que sí delatan una afinidad a “los métodos de la policía represora castrista”. También soy amigo de Iván Acosta y conozco bien su obra y su quehacer artístico incansable. ¿De dónde saca usted que mis comentarios podrían ir contra ninguno de estos amigos? Confunde usted, o se confunde tomando la parte por el todo, o el rábano por las hojas. En cuanto a su pregunta de si conozco las obras que se leerán en Nueva York, parece llevar implícita la afirmación de que usted sí está en el secreto o conocimiento de las mismas. ¡Enhorabuena! Para terminar mi respuesta, le observo que aunque usted empieza por acusarme de querer erigirme en representante de “los que sufren” “sin siquiera consultarlos”, al final de su nota acude al mismo recurso de que me acusa sin fundamento, cuando afirma: “la verdad es que estamos cansados ya de héroes y de persecusiones. Haga algo por la libertad de su país y eso va más allá de censurar y cazar a las personas que trabajan por ello”. Usted sí se erige, con tales palabras, en voz descalificadora de quienen no comulgamos con ruedas de molinos. ¿A quienes encarna usted en esa voz colectiva? ¿Cómo puede usted hablar de “los que sufren” verdaderamente y concluir con esta tirada tan desligada de la realidad de nuestra patria. Eso sí, creo que lo más sincero de todo lo que afirma se halla en esas últimas líneas de su mensaje. A los que sienten y piensan como usted el sufrimiento verdadero se les ha convertido en tópico del que se puede prescindir con facilidad. Es más fácil pronunciarse por los “intercambios” y todo lo demás.

      Rolando Morelli

  2. Querido Rolando: No merece la pena responder a este tipo de personajes que se refiere a la historia de un ser humano, de un escritor, de un cubano, como historia novelesca. ¿No te das cuenta de lo que se trata? De lo mismos que ya conocemos, que al menos yo conocí muy bien en Cuba, se trata de un secuaz del régimen, de uno que cambia dignidad por un ratito viviendo la miseria de los cubanos, de alguien que vive de esa miseria. Ni caso, aunque le has respondido muy bien. Yo tú lo habría borrado, que abra un blog de patria o muerte y lo escriba en el suyo.

  3. Estimado amigo Rolando Morelli: Aterrado leo tus testimonios sobre los viajes tan efectivos hacia tus afectos y toda la maquinaria de la dictadura que mantiene de rehenes a un pueblo por 53 años; y no pocos de los exiliados que tienen a sus familias allá, como el caso mío y de mi madre…que tenemos a mis dos hermanos, dos sobrinos y a una sobrina nieta. Al tal Abreu, como dice Zoé Valdés…un secuaz más.Gracias y saludos.

  4. Manolo

    Hay algo que yo he aprendido en mis 40 anos de exilio y numeros viajes por el mundo y contacto con diferentes civilizaciones e idiomas. Los cubanos somos los que mas queremos a nuestra familia incluyendo a los primitos terceros y cuartos; asi que eso “justifica” los viajes al año y un día de venir exiliados y la celebración de los quince en Varadero, ¿por qué no, si muchos de ellos lo hacen con dinero del Welfare o la Seguridad Social, beneficios adquiridos legalmente por salir de la isla bonita?

  5. Vicente Escobal

    Tengo la impresión — y disimulen mi paranoia — que los comentarios del señor Abreu salieron de una computadora de la Oficina de Intereses de Cuba en Washington. Comparto totalmente la idea de [Morelli] de que el pueblo cubano no esta enfrentado consigo mismo sino con la tiranía. Por eso me resultan tan absurdas las exhortaciones al “dialogo” y la “reconciliación” que escuchamos. Si lo que se pretende es estimular y promover el “olvido” y el “perdón” entonces el señor Abreu debería reconsiderar sus observaciones y proclamarse abiertamente un defensor del continuismo castrista mas allá de toda valoración ética, moral y filosófica. Quien en estos momentos acepta veladamente las estrategias de la tiranía se sitúa al lado de los verdugos. Para que haya Patria debe haber primero dignidad, vergüenza y, sobre todo, buena memoria.

  6. Salvador Inclan

    Amigo Morelli: La convocatoria de “Tontos Utiles” está permanentemente abierta.Los requisitos son simples; ser potencialmente útil (ya sabemos a quien o quienes) y sobre todo, además del veneno, cargar enormes
    cantidades de anti-ácido que les permita tragarse la cáustica saliva producida al mostrar una sonrisita tonta, cómplce e hipócrita a cambio de unos billeticos o algo peor. Un día sabremos.
    Judas devolvió las monedas, estos se las guardan.

    Un abrazo.

    Salvador

  7. Pingback: Cuba: Alegoría del zombi de nuevo tipo. Por Rolando H. Morelli. | Blog de Zoé Valdés

  8. Narcio Alvarez

    Querido amigo:
    Una vez mas constato que giran en un circulo vicioso. Lo mismo mil veces repetido y con innumerables variaciones sobre un mismo tema: “los de Cuba somos castristas, buenos, nobles y sufridos. Los del exilio, en especial de los E.U., son los egoistas, vendidos, pseudo-intelectuales, snobs, etc. Admiro tu energia para discutir siempre, una y otra vez, con la misma energia y cada vez mayor conviccion. Es asombrosa y muy necesaria. Ayudas mucho a los demas. El Sr. Abreu me recuerda aquellas figuritas de papel que, mediante una artimaña que nunca llegue a entender, se recortaban en un papel doblado y al extenderlo, salian numerosos hombrecitos tomados de la mano, sin un solo rasgo que los distinguiera…..de eso se trata, al menos para nuestros adversarios.
    Tus amigos
    Lourdes y Narcio Alvarez

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