De iconos y enconos. Notas al margen:

Imagen de Martí: Extremos y posibilidades

(Mitificación, censura y manipulación).

Rolando D. H. Morelli

            Hace apenas unos años, de visita en Cuba para ver a mi madre enferma de cáncer y mientras viajaba entre La Habana y Camagüey, exactamente en el tramo de la Carretera Central que atraviesa la ciudad de Florida, fue interceptado el auto en que viajaba como parte de un operativo encaminado al parecer a arrestar a algunos delincuentes. Luego de un breve intercambio, y de una inspección ocular al interior del vehículo y a sus ocupantes, nos permitieron continuar. El presunto delito, cierto o fabricado por la policía con el fin de machacar descontentos con una excusa que pareciera satisfactoria por igual a tirios y a troyanos, consistía de haber escrito sobre la base del sempiterno busto en yeso de Martí, el calificativo de “mentiroso”. Cuando le comenté más tarde a un joven pariente el posible sucedido con ánimo de explorar su reacción, su aquiescencia con el calificativo empleado para referirse a Martí me dejó pasmado. A este joven formado a la sombra del castrismo no pareció necesario siquiera considerar el hecho en sí mismo como una posible maquinación política. Le bastaba conque alguien hubiera encontrado aquel adjetivo descalificador, y a su ver “adecuado” para describir la figura que, después de todo, y según el discurso oficial fue “el autor intelectual del ataque al Cuartel Moncada” que catapultó a Fidel Castro al centro de la vida política cubana en 1953, año éste precisamente en el que se conmemoraba el centenario del nacimiento de Martí.  Tal vez a modo de disculpa que debía parecerle convincente, y llegando a sentirse un poco Judas, mi joven pariente arguyó un poco después que “él y todo el mundo en Cuba escucha[ba] Radio Martí”. Al comienzo no conseguí establecer conexión alguna entre ambas afirmaciones, pero más tarde recordé el contencioso suscitado en su momento entre el gobierno de los Estados Unidos y el régimen de Cuba, a causa de la decisión del primero de transmitir desde territorio norteamericano una programación dirigida a los cubanos en la isla a través de una emisora llamada «Radio Martí». Con el anuncio de que «Radio Martí» comenzaría en poco tiempo sus operaciones se había disparado la cólera de Castro y sus acólitos, no menos porque los cubanos tendrían información confiable que contrarrestara la desinformación de los medios castristas, como en razón de que el nombre precisamente de esta fuente invocara el de José Martí, usurpado y expropiado por la tiranía.

            La figura de Martí, secuestrada con éxito desde el poder por la propaganda oficial castrista, es en verdad conocida en Cuba, y aún, en esta misma versión castrista, fuera del país. (Después de todo Pete Seager impuso ya en los años sesenta la creencia generalizada de que Martí era el autor de una tonada regional cubana conocida como “La guantanamera”, que fuera popularizada a lo largo y ancho de Cuba por el trovador Joseíto Fernández, en su popular programa radial de los años cincuenta, como comentario a los hechos de la crónica roja. (No pun intended!). Seager como tantos otros izquierdistas y compañeros de viaje, contribuyeron a crear y a asentar la imagen de un Martí criptocomunista, del cual el régimen de Castro, y éste en persona, serían herederos y continuadores. No se olvide, que Martí fue siempre para las generaciones de cubanos que nacieron y crecieron en la República “el apóstol” de la independencia, y que a Castro llegó a investírsele con los atributos de Cristo, al extremo de que, la revista “Bohemia” produjo y reprodujo una imagen de rostro angélico del presunto redentor, que años después de declararse marxista-leninista el sujeto, seguía presidiendo las salas de algunas casas cubanas de la isla. Con el materialismo disléxico abrazado por Castro fue impuesto igualmente el afán de referirse a Martí como “nuestro héroe nacional” en lugar de llamarle “el apóstol”, y se instruyó inequívocamente a los maestros y divulgadores de la cultura oficial en este sentido, pero un culto subalterno que tenía como centro a Martí se mantuvo paralelo al de Castro, de igual modo en que se veneraría a un San Juan Bautista criollo, anticipador de la venida del Mesías. Dicho culto, descuidado a veces, preterido incluso a favor de otras figuras del santoral marxista, nunca fue del todo abandonado. La peor crítica que se hacía en esos tiempos a Martí consistía de afirmar que no había llegado a comprender (es decir, a abrazar) el marxismo. Naturalmente, se ofrecía enseguida la disculpa perentoria de que, involucrado como estaba en la preparación de la guerra contra el poderío colonial español por la independencia de Cuba, mal podía haberse ocupado nuestro héroe de aquello otro. Era pedirle demasiado, se argüía. Pero al lado de Martí se alzaba como un puntal la figura de Carlos Baliño, miembro del Partido Revolucionario Cubano de Martí, y fundador más tarde, con Julio Antonio Mella, del primer Partido Comunista de Cuba. Se acudía entonces invariablemente a la cita donde Martí dice con motivo del fallecimiento de Karl Marx “puesto que se situó del lado de los pobres merece respeto”. Quedaba así zanjada la cuestión. Los niños en edad escolar podían iniciarse en la veneración simultánea a José Martí y al Ché Guevara que inevitablemente los llevara a la adoración del Dios supremo de la Revolución.

            La verdad —proclamémoslo aquí puesto que tanta sombra se ha arrojado sobre este particular— es que Martí no sólo fue un convencido demócrata según se constata en las páginas de su extensa y variada obra, sino que entendió bien la naturaleza del totalitarismo que representaban ya entonces las ideas socialistas, de lo que da cuenta su artículo-reseña de 1884, de la obra de Herbert Spencer, La futura esclavitud, publicado en el periódico La América de Nueva York.  Juzga Martí, en contraposición a las ideas de Spencer en este sentido, que es necesario proceder a ayudar a los pobres y desamparados entre otras razones para arrebatar al Socialismo su argumentación fundamental y su aparente razón de ser, pero advierte de inmediato que “ha de hacerse de manera que no se trueque el alivio de los pobres en fomento de los holgazanes”, con lo cual adelanta ya la conformación del futuro estado de beneficencia que conocemos. Y más adelante, mediante una paráfrasis expresa: “So pretexto de socorrer a los pobres (…) sácanse tantos tributos, que se convierte en pobres a los que no lo son” (388 Obras). Aquí ya comienza a esbozarse el papel coercitivo del estado mediante el procedimiento económico en nombre del bienestar público o general. Martí no comparte con Spencer los temores de éste respecto a poner en manos del estado la administración de ciertos bienes tales como los ferrocarriles, de manera que vengan a sumarse a lo que ya ocurría con el telégrafo y el correo y disputa con el autor respecto a la viabilidad y consecuencias políticas y socio-económicas de tal proceder.  Martí ve en el estado de derecho el modo de contrarrestar mediante leyes efectivas y aceptadas los excesos de los grandes Barones del incipiente capitalismo. No condena éste, ni la riqueza bien habida por el esfuerzo, el talento, el ahorro o por la vía hereditaria. ¿Cómo iba a ser así cuando Martí ensalzó siempre la contribución a la causa de Cuba, así de los pobres como de los ricos emigrados, y la índole altruista y sacrificada de unos y otros?

            Algo más adelante en su reseña, advierte Martí asimismo contra la creación de una nueva casta de funcionarios, parásita y de poco rendimiento, que estaría llamada a crearse a la sombra del estado demasiado proteccionista, y es condición sine qua non  bajo el socialismo, y se hace eco de las palabras de Spencer sin añadidos de su puño, lo que es en el reseñador evidencia de conformidad con las ideas que comunica:

 Todo el poder que iría adquiriendo la casta de funcionarios ligados por la necesidad de mantenerse en una ocupación privilegiada y pingüe, lo iría perdiendo el pueblo, que no tiene las mismas razones de complicidad  en esperanzas y provechos para hacer frente a los funcionarios enlazados por intereses comunes. Como todas las necesidades públicas vendrían a ser satisfechas por el Estado, adquirirían los funcionarios entonces la influencia enorme que naturalmente viene a los que distribuyen algún derecho o beneficio. El hombre que quiere ahora que el Estado cuide de él para no tener que cuidar él de sí, tendría que trabajar entonces en la medida, por el tiempo y en la labor que pluguiese al Estado asignarle, puesto que a éste, sobre quien caerían todos los deberes, se darían naturalmente todas las facultades necesarias para recabar los  medios de cumplir aquellos. De ser siervo de sí mismo, pasaría el hombre a ser siervo del Estado. De ser esclavo de los capitalistas, como se llama ahora, iría a ser esclavo de los funcionarios. Esclavo es todo aquél que trabaja para otro que tiene dominio sobre él; y en ese sistema socialista dominaría la comunidad al hombre, que a la comunidad entregaría todo su trabajo. Y como los funcionarios son seres humanos, y por tanto  abusadores, soberbios y ambiciosos, y en esa organización tendrían gran poder, apoyados por todos los que aprovechasen o esperasen aprovechar de los abusos, y por aquellas fuerzas viles que siempre compra entre  los oprimidos el terror, prestigio o habilidad de los que mandan, este sistema de distribución oficial del trabajo común, llegaría a sufrir en poco tiempo de los quebrantos, violencias, hurtos y tergiversaciones que el  espíritu de individualidad, la autoridad y osadía de genio, y las astucias del vicio originan pronta y fatalmente en toda organización humana. La miseria pública será, pues, con semejante socialismo (…) palpable y  grande. El funcionario autocrático abusará de la plebe cansada y trabajadora. Lamentable será, y general, la servidumbre.

            No habría que ver en este artículo-reseña de Martí sino lo que aspiraba a ser y es en última instancia, la recensión apasionada de un libro cuyas ideas le sirven para barajar sus propias opiniones y para cotejar sus vivencias de pobre desterrado en una de las mecas del capitalismo de la época. Lo singular del artículo, sin embargo, consiste en que Martí parezca compartir los temores expuestos por Spencer respecto a la acumulación de poderes en manos de una casta privilegiada nada diferente de aquella que formaban los llamados capitalistas, salvo por el hecho de que “la nueva clase” —como se le llamaría mucho después, cuando en efecto se constituyera tal— no tendría otro derecho al disfrute de sus privilegios que los que le concedería su misma posición privilegiada de administradores del esfuerzo ajeno y la complicidad consecuente de todos aquellos en igual posición.

            Naturalmente que Spencer habla de la Inglaterra de su época y del fenómeno político que tiene lugar entonces, y Martí se permite en consecuencia mirar como a distancia el fenómeno contra el que advierte el economista inglés, pero un estremecimiento de verdadero espanto recorre el esbozo que hace Martí de los males adelantados por Spencer.

            El trabajo al que con anterioridad hago referencia constituye sólo una muestra entre muchos a los que el panegirismo oficialista de Cuba no hace ni podría hacer referencia sin incurrir en una autoinculpación manifiesta, y en consecuencia se suma a aquella parte de la obra de Martí silenciada, custodiada celosamente y colocada fuera del alcance de posibles curiosos. Mediante tales procedimientos se procura complementar la activa labor de distorsión aplicada al resto de la obra y el pensamiento martianos. Porque la figura de Martí, que no su obrar ni su pensamiento y obra literaria son harto familiares en Cuba. Es decir: se conoce una imagen vacía, un mascarón de proa puesto al servicio de una tiranía que guarda mucha semejanza a la descrita en 1884 por Spencer en el trabajo reseñado por el apóstol de la independencia cubana, o lo que es lo mismo, se desconoce al hombre de pensamiento convencidamente liberal y democrático, que incluso razonó la guerra por la independencia en términos inequívocos diciendo que de no llevar ésta a territorio cubano una verdadera igualdad de derechos civiles no habría valido una sola lágrima de nuestras mujeres ni una sola gota de sangre de nuestros combatientes.

            Unos jóvenes universitarios habaneros luego de que, ante ciertas interrogantes de mi parte se hallaran sin respuestas satisfactorias, o de cualquier índole, terminaron por confesarme que ellos nada sabían de Martí, excepto “que había sido un gran antiimperialista”, naturalmente. “Viví en el monstruo y le conozco las entrañas” constituye una cita a la que cualquiera en apuros puede acudir sin haber consultado nunca uno cualquiera de los muchos tomos que constituyen las Obras Completas de Martí. Se diría pues que la persona, la vida y la obra de José Martí sufren a causa de su misma riqueza y complejidad, en manos de una ideología y en un mundo cada vez más esquemáticos y empobrecidos de ideas y principios trascendentales, y una y otras podrían compararse a una mina en la que ya no se explora sino a la cual se le arrancan ocasionales riquezas o a la que se explota aquel filón de más fácil rendimiento. Por eso, mientras más se universaliza su imagen como producto del empeño oficial castrista, menos se parece esa figura al original.

           Uno de los documentos políticos más insólitos y trascendentes de los últimos tiempos escrito en Cuba: «La patria es de todos», se inspira precisamente en el apotegma martiano: “con todos y para el bien de todos”, que procede de uno de sus discursos más conocidos y citados. Sus autores y firmantes encabezados por Vladimiro Roca, hijo de quien fuera uno de los más conocidos dirigentes comunistas anteriores a Castro, Blas Roca Calderío, redactor de la actual constitución socialista, dieron lectura a este documento el día 27 de junio de 1997 en una conferencia de prensa a la que asistieron unos 10 periodistas extranjeros radicados en Cuba, y el 16 de julio del mismo año sus autores fueron encarcelados por el régimen de Castro.  El documento en cuestión aborda como asunto fundamental la manipulación y distorsión que del pensamiento político martiano hace el régimen de Castro. Luego de un breve preámbulo de carácter muy general, se arguye en el apartado inicial:

 Para tratar de dar fuerza a [sus] planteamientos [echan manos las autoridades cubanas] a la figura de José Martí; a través de ella insisten en el antiguo y absurdo argumento de que la existencia de un solo partido único es una idea martiana, porque él fundó un solo partido. No se conoce un dirigente político que haya creado simultáneamente varios partidos, sin embargo, destacados luchadores por la independencia de sus respectivos pueblos, una vez lograda ésta, han respetado el pluralismo (…)

 No hay ningún motivo para pensar que Martí, de haber sobrevivido a la Guerra de independencia, no hubiese obrado del mismo modo, conociendo que tenía criterios tan positivos de la democracia. El Punto V de las Bases del Partido Revolucionario Cubano (1892) plantea: “el Partido Revolucionario Cubano no tiene por objeto llevar a Cuba, una agrupación victoriosa que considere a la Isla como su presa y dominio, sino preparar por cuantos medios eficaces le permite la libertad del extranjero, la guerra que ha de hacer para el decoro y bien de todos los cubanos, y entregar a todo el país la patria libre”

             De los ejemplos precedentes puede concluirse que el nombre de José Martí es invocado a la vez como referente moral de unos y piedra de toque de lo que busca construirse, o se trueca en argumento falaz de aquello que resulta obviamente contrario a su prédica e ideas políticas y sociales. Pero sólo el estudio atento de su obra y la des-idolatría del hombre pueden llevarnos a una comprensión cabal de su pensamiento y a una estimación de la persona y del héroe que no se nos convierta en impedimenta de la imaginación política.


Bibliografía

Martí Pérez, José  Obras Completas, (tomo 15) Editorial de Ciencias Sociales, La Habana 1975, págs. 388-392.

 Félix Bonne, René Gómez, Vladimiro Roca y Marta Beatriz Roque, Documento “La patria es de todos”. La Habana, julio 7, 1997, Cubanet.

_______________________

 

Escribir borrando, o viceversa.

(O del viejo artificio de dorar la píldora

e intentar hacérnosla tragar con té de camomila).

Rolando D. H. Morelli

            Por enésima vez en Cuba se habla de cambios. Debe tratarse de la más traída y llevada de las falsas promesas de un sistema que ha vivido a base de engaños y excusas en cualquier caso inexcusables, argumentos manidos y medias verdades cuando alcanza a no decir una mentira entera. También la administración Obama vuelve a las andadas características de las administraciones demócratas estadounidenses, propiciando un puente de una sola dirección, abierta “al entendimiento” entre “las dos orillas”.  Entiéndase, el régimen cubano y el régimen cubano de este lado, o en su defecto quienes representan sus intereses o sienten nostalgia de haber quedado fuera del juego y aspiran a reciclarse. ¿Por qué será que quienes menos entienden de nada —particularmente de la naturaleza y artificios de un sistema que gracias a ellos perdura más de medio siglo ya— siempre insisten en “entendimientos” de toda clase, o peor aún, en que “entendamos” o nos entendamos por el simple procedimiento del buenismo complaciente y la práctica del credo cuáquero más ortodoxo. Es decir, declarar la paz a quienes estén determinados a imponernos la guerra, o en cualquier caso sus convicciones y sus juicios. Se trata de una mala película que vimos una vez y vuelve a exhibirse de tiempo en tiempo como si se tratara de una novedad, de modo que no sólo de la cinta se trata sino de un intento por confundirnos haciéndonos creer que se trata de una nueva versión, o eso que en Hollywood llaman un “re-make”.

            Las jornadas de “intercambio” entre Cuba y los Estados Unidos, favorecidas por la administración Obama, han traído a las costas de La Florida y otras plazas, entre músicos, cantantes y gente de letras, a Reina María Rodríguez, todos ellos gente no sólo tolerada sino aupada y sostenedora del régimen castrista. No hay entre los cultivadores de la poesía, o entre los cantantes procedentes de la isla, ninguno con una historia creíble de disidencia, para no hablar de enfrentamiento a la tiranía. La tiranía no promueve a sus enemigos internos cuando lo son convencidamente, a menos que intente desacreditarlos por esta vía tortuosa de las concesiones, arrojar sobre ellos sospechas de una u otra índole. Nada cambia en Cuba, especialmente cuando se habla de cambios. Así pues, la visita de Reina María Rodríguez y la pre-eminencia concedida en ciertos círculos miamenses a su presentación en la Alliance Française de esa ciudad, forman parte de la pantomima que sirve, precisamente para ocultar la inmovilidad impuesta a la sociedad cubana por la tiranía que la oprime y empobrece hasta haberla dejado exhausta.

            Las notas de prensa que dan cuenta elogiosamente de eventos como la presentación de la señora Rodríguez, amén de su inconciencia, revelan una ignorancia supina. Alguna crónica entusiasta señala entre otras cosas el crecido número de los concurrentes entre los que parece haberse hallado un verdadero, conocido o distinguido poeta, se nos dice, no sé si confundido —concluyo por mi parte— o atraído por el incentivo nada desestimable de ser “recuperado” como ya ha venido haciéndose con otros ilustres descarriados que no están más entre nosotros para protestar porque les sea impuesta esta condición de “hijos pródigos” de la llamada Revolución: Novás Calvo, Lezama, Piñera, Lydia Cabrera entre otros. Los amigos exiliados (o mejor, acogidos a sagrado) de la residente isleña se explayan en conceptos que hablan no sólo de la amistad que los une, sino de la famosa tertulia de la señora Reina María, a la que se compara —alabanza y auto-bambolla aparte— a la que en el siglo XIX sostuviera un Domingo Delmonte, “el cubano más útil de su tiempo” para citar o parafrasear a Martí. Podría creerse ingenuamente, que esta alusión procura hacer obvio el paralelo de la situación de esclavitud e indignidad en que son obligados a vivir los cubanos de hoy con la esclavitud y general opresión del momento en que vivieron Delmonte y sus contertulios, pero nada indica que sea este su propósito. Recuérdese que de Heredia al propio Delmonte terminaron todos en el exilio verdadero o en la cárcel, o en la desgracia y la miseria como sería el caso del desamparado Manzano, con lo que las tertulias y los innumerables proyectos encaminados al mejoramiento de la sociedad y la cultura cubanas de su momento se interrumpieron o vinieron a nada, tal y como pretendía que sucediera el gobierno colonial español. Naturalmente que no son las tertulias, especialmente las toleradas en época de aciago atropello contra los que disienten, las que amenazan a un régimen opresivo hasta el detalle (es decir, totalitario y absoluto como el actual de Cuba) sino más bien las que le sirven de coartada de cara a la galería exterior. “Vean. Aquí no reprimimos a nadie. Tertulia tenemos”. No dudo que en la azotea habanera de Reina María Rodríguez, en los años ochenta se reunieran poetas y escritores       —incluso de calidad— acogidos a una permisividad que no está a mi alcance explicar ni comprender siquiera, a menos que nos atengamos a los textos que por entonces escribía la poetisa, y le eran publicados sin dificultad ni contratiempos      —repito— en época de particular saña contra quienes eran tenidos por “potencialmente peligrosos” en todos los terrenos, según la llamada ‘Ley contra la Peligrosidad Social’ por entonces en pleno vigor. Me refiero, entre otros libros, al poemario Cuando una mujer no duerme por el que se le concediera a la autora el premio de poesía de la Unión de Artistas y Escritores de Cuba el año 1980. ¡Año cuando menos simbólico que no podría disociarse fácilmente de los acontecimientos políticos ocurridos  a partir de la toma de la Embajada del Perú en la capital cubana por una multitud desesperada, y los acontecimientos ulteriores relacionados con el puente marítimo del Mariel, hechos todos que cortan precisamente la historia del proceso político cubano en un antes y un después ineludible! Se trata de un poemario de amor al sesgo. De amor que se declara a un ente “otro” no correspondido. ¿Será por eso que algunos de los poemas están dedicados a exaltar, loar y amar figuras indiscutiblemente asociadas con la tiranía? En primer lugar Haydee Santamaría, los llamados “combatientes internacionalistas” y el propio Fidel Castro.  Me parece notable que de todos los hechos catastróficos que tenían lugar a su lado, ese año 1980 la poetisa sólo parece percibir el suicidio de la Santamaría, temprana compañera de ejercicios revolucionarios de los Castro; hermana de otro dirigente de la oposición contra Batista, Abel Santamaría; fundadora y presidenta de la “Casa de las Américas”, y esposa del Ministro de Cultura Armando Hart Dávalos, cercano colaborador del sátrapa, cuyo suicidio se halla indudablemente ligado a los hechos de la Embajada del Perú y los conocidos como “actos de repudio” organizados y estimulados por el régimen. Se ha hablado de una carta de despedida de la suicida nunca hecha pública por el régimen, en la que se especula que la suicida expresaba su desencanto con los excesos del régimen. Muchos de quienes la conocieron aseguran que Haydée Santamaría era, entre otras cosas, una mujer verdaderamente ingenua. La elegía que le dedica Reina María en cuestión, “En un país” está fechada al pie, el 29 de julio de 1980. Recoge una consternación, que es tanto la del pequeño que pregunta a su madre “qué es la muerte” como la de la voz poética de ésta, que acude a las simplificaciones por respuestas, suponiendo en el niño la misma ingenuidad o capacidad de autoengaño que su progenitora. «¿Dónde está la muerte, mamá? / —pregunta mi hijo que tiene cuatro años—/ ¿Es un país? ¿Y tiene casas y ventanas?/ Yo le digo que sí (…)» (44).  A renglón seguido la voz poética se pregunta a sí misma: «¿La gente muere?». Y se da esta respuesta evasiva: «—Nadie me ha respondido aún a esa pregunta». ¡Vaya despiste!, ¿no les parece? El resto constituye una evocación de la muerta prominente siempre recordando a su amado Abel, hermano torturado a manos de las fuerzas del dictador Batista luego del ataque al cuartel Moncada en Santiago de Cuba, tras lo cual, la voz lírica se permite una alusión a su propio dolor por un hermano también muerto. Lo que no dice la poetisa, lo que oculta con esta argucia por comparación, es lo que se sabe por otras fuentes. El que ese hermano, «tuviera novia» —tal y como nos afirma Reina María—, o no, fuera «Secretario Organizador de la UJC/ en su Facultad de Ciencias Exactas (y) primer expediente» (45) y hasta “revolucionario” confeso y adepto, o se tratara de un simulacro, lo cierto —lo que nos oculta Reina María— es que ese hermano terminó suicidándose por supuestas acusaciones de homosexualidad. De manera que el paralelo evidente, más que establecerse con el hermano revolucionario y mártir de la evocada a quien se dedica la elegía, habría correspondido hacerse con la suicida misma. Y habría que preguntarse: ¿Por qué se suicidan los revolucionarios en la plenitud de la gloria revolucionaria, sin motivos aparentes para ello, y cuando la tradición y la ética del Partido ha condenado siempre el suicidio como contrarrevolucionario y cobarde? No indagaré más en las razones de los suicidas, sino en las de los vivos que les sobreviven para dar gato por liebre a sus expensas, incluso componiendo elegías que queden muy distantes de ser tenidas por herejías.

En otro poema que antecede al citado, la poetisa seguramente explica algunas cosas, como su apego al “Ahora” al hablar a un escurridizo “otro” de esta suerte: «Hablábamos de internacionalismo proletario/ de este tiempo nacido entre nosotros/ que amo atropelladamente/ que me dura poco y me cansa la imagen/ este tiempo donde sembramos catástrofes y sueños/ sobre un horizonte que sufre por alcanzar el alba (…)». No es Silvio Rodríguez con sus alferecías líricas, es peor aún, pero a lo dicho por esta señora habría que atenerse. Sabiamente, los poemas de este  libro no estuvieron entre los leídos públicamente en Miami por la poetisa invitada. Quizás al viejo poeta de indudable prestigio que se hallaba presente en la ocasión, le hubiera bastado para recobrarse de su confusión. O no.

El penúltimo de los poemas de este poemario presuntamente de amor, lleva por título: “Hoy habla Fidel”. ¿Cómo titular de este modo un poema de amor? Vuelvo a recordar la lírica ‘comprometida’ (con el oportunismo político) de Silvio Rodríguez, con sus piruetas conceptuales y de todo tipo, donde es concebible “matar” al prójimo “por amor” al ideal más puro, sin ser acusado de haber escrito un bolero ramplón. La ideología es así de parcial en sus amores, furores y delirios. Y la comunista ha demostrado una y otra vez ser la más fundamentalista de todas las ideologías.

«Aunque no supiéramos/ qué iba a decirnos/ aunque sólo fuera verlo/ sentirlo detrás de la pantalla/ la casa se acomodaba en silencio/ y las palomas quedaban quietas» (52). Declara Reina María. Estábamos en el año 1980, la sociedad cubana había sido sacudida por un espasmo de libertad suicida. El discursante no hablaba de otra cosa que de “la escoria” que quería a toda costa abandonar el país. ¿Cómo saber en cualquier caso “lo que iba a decir” exactamente? Pero seguro que sabíamos de qué hablaría: “los que no tengan genes revolucionarios… Los que no tengan espíritu de sacrificio… No los queremos. No los necesitamos. ¡Qué se vayan!” (cito de memoria de uno de los discursos del líder Máximo, dados por ese tiempo). ¿Cómo olvidarlo? Entre “la escoria” a la que hacía alusión, (clasificada de tal por él) estaban muchos homosexuales o tenidos por tal. A muchos los expulsaron del país, o les empujaron a irse, en tanto a otros, caprichosa y arbitrariamente no les permitirían salir para que quedaran convertidos luego en apestados dentro de un país de parias, ‘marielitos’ potenciales y frustrados dentro de una cárcel llamada Cuba. ¿Habrá pensado en algún momento la poetisa en lo que habría sido de su hermano suicidado de haber estado con vida durante las jornadas del Mariel, o después, de no habérsele permitido salir de Cuba?

«Hoy habla Fidel y yo he crecido/ por sus pequeñas arrugas ha pasado este tiempo/ vuelvo por su voz/ que va llenando el barrio/ de una calma que todos conocemos». Entona la poetisa. ¿Calma? ¿Habré leído mal? No. “Lo escrito, escrito está” como afirma la sentencia latina. Dejo pues a los lectores el juicio apropiado a semejante tirada lírica.

«Alguno tropezó con sus ojos en la fábrica/  (que visitaba el tirano, es de suponer) y ya no lo olvidó/ abuela lo guarda en su cartera/ junto con sus lirios y los amores que se fueron. Comprendo por qué/ allá en la Sierra/ ponían su retrato como un santo». Aquí pasamos de Silvio al devoto de Ernesto Cardenal. Estimada poeta, le aclaro que no fue en la Sierra donde primero se colgó la foto del tirano tomándolo por un santo, sino cuando entró en La Habana disfrazado de Cristo, y su por entonces admirador y amigo Miguel Ángel Quevedo, dueño de la muy leída revista Bohemia (otro suicidado tardío por arrepentimiento) decidió convertirlo en Cristo de portada. El mito comenzó a cultivarse a partir de entonces como corresponde a toda una campaña publicitaria, y no terminó siquiera cuando el barbudo máximo se echó contra la iglesia y la religión y se declaró marxita-leninita. Las grandes campañas de propaganda tienen eso, que nos convencen de lo bueno de un producto a pesar de su mala calidad.

«Sólo hay una forma de quererlo: / hemos crecido dentro de él como un gran árbol/ por eso lo cuidamos/ con tanta vanidad y tanta fuerza/ hoy habla Fidel/ mis hijos quieren boinas y barbas/ no saben del hambre y de la guerra/ no pueden con la palabra Nicaragua/ pero se sientan frente al televisor/ y cuando pasan por los parques/ las calles  las escuelas/ lo reconocen» (53). (¡Ovación clamorosa!). La imagen del árbol es confusa cuando menos, porque sugiere un tronco carcomido en el que se guarecen estos niños entre los que yo no podría reconocerme, habiendo sido advertido de no acercarme ni a la sombra del urticante guao. Lo de la vanidad de quienes quieren al tirano es justo. ¿De qué otro modo podría quererse al espejo sino en la vanidad del ego que refleja? Los niños de que habla la voz poética aún son pequeños, naturalmente, por eso quieren disfrazarse de barbudos, y prueban a hacerse una idea del mundo frente al televisor. ¿No preferirían los muñequitos como todos los niños? Cierto, la guerra todavía les resultaría desconocida… Así que tengan dieciséis años… ¡Cualquier guerra en aras del internacionalismo proletario sirve! En cuanto a no haber conocido el hambre… A menos que por sus vínculos con la casa de los Hart-Santamaría, u otros a que no alude en su poemario, a la señora poetisa le correspondiera una ración aparte y distinta de la que en teoría correspondía entonces a cada cubano: (“Eso no dan”. “No te toca”. “Lo siento, no ha llegado todavía”. “No alcanzó el reparto de la leche de hoy”. “El gas vino al almacén, pero se acabó enseguida”. “¿Pan? ¿Desde cuando?” Etc.), de qué modo se las arregló para que sus niños no conocieran el hambre como tantos otros. Porque ya basta de la hipocresía de afirmar que en Cuba, mal que bien todo el mundo come (o comía). Mentira. En Cuba mucha gente ha pasado un hambre cainita. Cuestión de grados más o menos. Ni siquiera el mercado negro, y muchos otros ardides bastaron nunca a saciar el hambre del cubano. Lo impensable hubiera sido que en un suelo feraz como son pocos, y en un constante jugarle cabeza al sistema con tal de comer algo, la muerte por hambre hubiera sido la regla. Pero al cabo sí ha llegado a serlo, aunque las estadísticas oficiales no den cuenta de ello, como siempre ha ocurrido con las cifras y todo lo demás, desde que los Castros se hicieron con el poder absoluto.

El peso de este librito de Reina María Rodríguez, un poemario de apenas treinta y tres títulos, es apabullante en la trayectoria de esta señora que recientemente visitara Miami, a quien acogiera en sus salones la Alliançe Française de esta ciudad, y a la cual por intercesión de un embajador socialista francés en La Habana se le concediera con antelación la orden de Caballero de las Artes del estado franco.

¿Sería posible simplemente ignorar la contribución de esta señora a sostener con sus versos, de cara al exterior, la fachada buenista y justiciera de la tiranía castro-comunista a pesar de su interminable lista de víctimas entre las que me encuentro —uno más—?  Quienes le otorgan a la poetisa con residencia habanera no sólo espacios, sino aplausos y una atención inmerecida —amparándose en un cómodo y falaz exilio que les va grande al cuerpo— no pueden ignorar que a su vez contribuyen con su aquiescencia y complicidad a servir a la causa de la tiranía que oprime a su pueblo y representa la caducidad de todo discernimiento. No son intelectuales, puesto que han renunciado a pensar por sí mismos, aunque la argucia de que se valen sea precisamente declarar que de eso se trata. Ni siquiera de verdaderos creadores podría tratarse, sino de corifeos y bufones al servicio de una corte de capa caída. ¿Dónde están la dignidad y el patriotismo de toda esta gente? Y no me refiero sólo a algunos recién llegados, sino a muchos que llegaron antes y saben muy bien lo que hacen y de lo que se trata. La mala uva está en la naturaleza de toda esta gente. Dios quiera perdonarlos. Yo no puedo.

Publicado inicialmente en Cubanet, martes 12 de julio de 2011

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Una respuesta a “De iconos y enconos. Notas al margen:

  1. Estos franceses izquierdistas son de una vulgaridad sorprendente y los que se amparan en ellos para promocionar estas indecencias, son lo peor del exilio.

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