Crónicas del futuro y relatos premonitorios

He aquí, en estas crónicas y relatos, más que la letanía del desengaño, la apuesta por la esperanza adelantada con cautela, sin falsos entusiasmos. ¡Por Cuba! Pensando Cuba.

Y sin embargo también: Cuba como obsesión. Cuba, como objeto de reflexión insoslayable, dolorosa y profunda.

Y también, Exilios. Todos los que son: los del escritor, los del hombre que no se pliega a conformismos e imposiciones políticas, sociales, de carácter sexual, profesional o cualquier otro.

¿Dante o Ulises? ¿El autor que más acabadamente personifica el eterno exilio, o el personaje símbolo del desterrado que parece haber perdido el camino de regreso? A veces uno, y a veces otro. Ambos siempre. En coyunda y agonía.

La reflexión, en lucha contra el pesimismo. Agonía sin tiempo muerto. (Reposo en acción).

La imaginación abriendo puertas insospechadas, necesarias, posibles, deseadas, al futuro de nuestro país. País- patria- terruño; sitio del que se es, no en el que se ha nacido, lo que en todo caso puede tratarse de un accidente.

Patria-país: pequeño reflujo del Ser, que se apretuja en un botón de floración única.

Lengua: lenguaje, idioma, habla… Cosas distintas, y sin embargo semejantes, afines, en confluencia.

Tanta mala noticia, lamentablemente cierta, del país del que se es. ¡De buena tinta! ¡Tanto horror vivido! Atestiguado en nuestros huesos. Tanta falsa “buena noticia”, acarreada a tres bandas por la propaganda del régimen, por boca de los mentirosos, o de los inocentes-culpables, de los engañados o engañosos… En fin… tanto… Todo aquí también, en dosis tolerables.

Por eso echamos mano a la imaginación libre para crear, otro mundo, otra Cuba, otro país, otra patria.

He aquí las crónicas del futuro y los relatos premonitorios, en ése u otro orden —a gusto del lector—.

Imaginemos hoy la Cuba del futuro. Soñémosla posible. Mejor con todos sus hijos. Más dulce con ellos. Mejor para todos. Abierta. Libre. Fuerte en su libertad aprendida.

R. M.

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Las botijas de Taita Quindiambo (relato). Rolando D. H. Morelli

          La caída había tenido lugar dos meses antes, en octubre.  El 9 de octubre para ser exactos. El 7 se repitió la escena del tirano desplomándose en público, esta vez sí de manera espectacular. Se le vio desmadejado entre los brazos de sus acólitos, y de nada valieron exhortaciones ni amenazas dirigidas a las masas: el caos cundió de manera aún más espectacular. Amén de algunos suicidios entre los altos dirigentes, se suscitaron desconcertantes peticiones de asilo político. El tirano debió morir el día 8, y un día después se produjo el anuncio oficial.  Con el anuncio, se declaraban no sé cuántos días de duelo nacional. Varios Consejos de Gobierno Revolucionarios se convocaron en cuestión de horas sin consulta popular alguna, y fueron sucesivamente desconocidos los unos por los otros.  Al cabo, el pueblo desbordado salió a la calle de manera espontánea y dio a la tiranía el tiro de gracia. Un Gobierno Provisional surgido de esta insurrección asumió el poder con el encargo de organizar las primeras elecciones libres en casi medio siglo, lo cual hizo prontamente, como se sabe. De manera que ese 10 de octubre celebramos a la vez el cumpleaños de mi madre, fiestas patrias y la caída del tirano. Aunque entonces no pudiéramos saberlo, daba así comienzo una tradición familiar que pasados los años seguimos atesorando. Aquéllas, fueron jornadas inolvidables. La mayor parte de los exiliados regresaba en oleadas sucesivas. Era una marejada humana imparable. Venían de todas partes, de Miami principalmente, pero también de todas las esquinas de la tierra, incluso de un lugar tan distante como Alaska o la Patagonia.  Era cosa de ver ésta del regreso. Reinaba sobre todo un ambiente de fiesta verdadera. Las familias volvían a reunirse. Los presos políticos habían sido liberados, e infinidad de infelices se beneficiaron igualmente de una amnistía que excluía únicamente a quienes hubieran cometido asesinatos. En tales casos, también se contemplaba la revisión de la causa, amparado el nuevo proceso por las garantías procesales. Además de vaciarse casi completamente, se mejoraron sensiblemente las condiciones de vida en las cárceles que no habían sido cerradas. Se proclamaron las libertades individuales. Circularon los primeros periódicos y otras publicaciones libres que el país hubiera conocido, se decretó el derecho a la propiedad privada, y comenzó el proceso de devolución a sus legítimos dueños, de aquellas propiedades confiscadas por la tiranía, que estuvieran en manos del estado.  Contra lo que algunos habían vaticinado —y los rumores que la tiranía había mantenido en circulación por muchos años— no se produjeron reclamos ni despojos de casas o propiedades en manos de individuos.  Los que llegaban de fuera venían a traer a manos llenas, como habían hecho con antelación en sus viajes periódicos y mediante sus remesas de dinero y bienes de toda índole para sus familiares. ¿Qué iban a reclamar? Si de repente lo recuperaban todo: la familia, la patria, los amigos…  Por otro lado, el país entero estaba en ruinas. Todo esto, como decía, había tenido lugar apenas dos meses antes. Como no la necesitábamos, tampoco nosotros hicimos la reclamación de la casa de Abendarés. Al morir los abuelos, el Partido se la había incautado y convertido en Casa de Visita para sus Dirigentes. Los papeles todos de la propiedad fueron a parar, por decisión de un concejo de familia, a manos de una señora a quien conocíamos del vecindario, con una carta jurada en la que se daba cuenta del traspaso. Hoy vive en ella una hija de la señora —que en paz descanse— con su esposo y  sus  dos hijos.  Otra cosa fue lo que ocurrió con la finquita de Luis Beltrán.  La tiranía se la había confiscado al esforzado Luis, que siempre fue un hombre de trabajo y razón, y luego la dejó perder como tantas otras tierras semejantes. Primero fue Granja del Pueblo sin provecho para nadie, luego la UMAP tuvo allí uno de sus campamentos, y más tarde fue convertida en Cooperativa de no se qué, igualmente improductiva. Años después inundaron una gran porción y allí cebaron tres o cuatro riachos y otros tantos arroyos y crearon ahí mismo ese pantano que ves, al que llamaron represa. Inundaciones periódicas y podredumbre fue todo lo que consiguieron, y al final la infernal tilapia. (Eso, vendría mucho después). En la casa vivienda que fuera de la finca de Luis siguieron viviendo sus hijos hasta que el último de ellos, Lalito, a quien habían hecho Administrador de aquello, se ofreció a pelear o lo enviaron a Angola. ¡Ésa es otra historia! La mujer de Lalito no supo esperar, o estaba cansada de quién sabe qué cosas, y se marchó con su muchachito a Nuevitas, de donde eran sus padres. Hubo quien dijera que los fantasmas que habitaban la casa no la dejaban dormir en paz.  Siempre se había hablado de espíritus que revolvían las cazuelas, o almas en pena que arrastraban pesadas cadenas en torno a los tobillos, pero hasta aquí se había tratado de seres a los que se tenía como encarnaciones benéficas y a los que se era propicio dejándoles un vaso con agua sobre una bandeja, o un plato con comida fresca en la alacena.  Los nuevos tiempos alteraron y trastocaron todo aquello con un énfasis torpe en lo que se profesaba oficialmente como materialismo histórico. El propio Luis Beltrán debía haber vuelto, ahora que también él estaba muerto, para proclamar a voz en cuello el esfuerzo que levantar aquella finca le había costado para que lo despojaran de ella así sin más. Y hasta alguna cuenta pendiente con su hijo Lalito buscaría redimir, porque de toda aquella injusticia cebada en él, la que más inexplicable se le antojaba a Luis Beltrán, había sido la designación de Lalito como administrador y el acatamiento por parte de su hijo de aquel encargo infame. De manera que por cualquier causa o por ninguna, la mujer de Lalito se marchó a Nuevitas. La casa cayó de golpe en el abandono de marabú apretado y riguroso, de aromas y gambuteras que uno puede imaginarse.  Aquí y allá se las arreglaban para medrar los aguinaldos, pero entre el marabú y la yerba de Paraná lo trababan todo y hasta al aguinaldo le salía menguado el esfuerzo, a pesar de ser diciembre la estación de su fruto.  Porque diciembre era, como te decía, y ya habían pasado dos meses de la liberación. Pues el caso es que, así como la mujer de Lalito desapareció un buen día con su muchacho —a Lalito lo mataron en Angola no se sabe muy bien cómo, sólo que no ocurrió en ningún combate— reapareció poco después de la caída con la intención de instalarse nuevamente en la finca. No lo supimos hasta que, coincidiendo con el interés de la familia en recuperar la finca —que aún pertenecía al estado— coincidimos con ella. Estaba muy enferma y parecía desconcertante su empeño en virtud de su estado de salud. Pero luego de hablar con el muchacho —bueno, ya no era ningún muchacho— vimos claro que la intención de aquél era la de volver a los predios de su infancia. Acordamos ayudarlos a recuperar lo que en buena ley les correspondía, y Abigaíl comenzó a trabajar en la finca. Chano y Lucrecia fueron los primeros en ofrecerse a ayudar con los trabajos de la finca. Otros lo fueron haciendo en una u otra medida. Gertrudis, la madre de Abigaíl murió al poco tiempo, y la familia se hizo cargo —como era natural— de todo lo concerniente al entierro, del mismo modo que nos habíamos desvivido por atenderla en lo que era posible mientras padeció en su lecho. Abigaíl estaba hecho de dos hombres en uno. Dos hombres que debían ser irreconciliables. El primero era enérgico y resoluto; trabajaba hasta la fatiga y sonreía siempre que alguien de la familia aparecía como si de repente saliera el sol para él solo; el otro Abigaíl estaba hecho de despojos, abulia y una cierta indiferencia hacia todo y hacia nada en particular.  La noticia de su muerte —poco después de la de su madre— nos entristeció a todos tanto como la naturaleza de esa muerte autoinfligida. Fue Chano quien lo encontró colgado de una viga del techo.  A los pies, una nota escasa con una sola palabra, cuyos rasgos ni siquiera había concluido: “Perdónenme” La “e” final era tan menguada que parecía no haberle alcanzado las fuerzas para terminarla. Tal vez el segundo de los hombres que era le había arrebatado en el último segundo la voluntad de hacerse perdonar su muerte. Así las cosas —y luego de enterrar también a Abigaíl en el panteón familiar— pareció como si el interés por la finca se perdiera. Algún litigante intentó entonces apoderarse de la finca alegando presuntos derechos que no podían serlo, pero el recuerdo de Abigaíl y su madre —que habían vuelto después de tanta ausencia— a trabajar por lo suyo dio nuevo impulso a la familia. Por acuerdo unánime, Chano y Lucrecia se convirtieron en los nuevos dueños. Al principio, Lucrecia que tanto interés y empeño había puesto en adelantar la prosperidad de la finca se negó a aquel arreglo. Fue necesario convencerla mucho, pero al final se logró. Estábamos ya a mediados de diciembre. Se hablaba ya de Nochebuena y de Pascuas y aquel espíritu de nuevo optimismo debió pesar lo suyo en el ánimo contrito de Lucre que había acabado por tomarle cariño al primo Abigaíl. Se mudaría a condición de que la finca se registrara con el nombre de aquél.  Sólo Candelario observó que la costumbre era que las fincas tuvieran nombres de mujer: “La Gertrudis,” por ejemplo —claro que ya existía “Santa Gertrudris”—; “Santa Catalina”, “La Lourdes”, o nombres como “La Esperanza”, “El Chorro”, “El Potosí”, y así por el estilo. Chano, a su vez, dijo aquello de que “por algún lugar hay que empezar alguna vez” que a todos pareció bien, incluso al propio Candelario. Para celebrar tantas cosas que había que celebrar —y nos parecía de urgencia que se hiciera de este modo— decidimos no sé en qué momento que el 23 nos reuniríamos todos en la finca “El Abigaíl” —el nombre pegó enseguida— para celebrar allí la Nochebuena y esperar la Pascua.

—Y para recordar a Abigaíl y a Gertrudis, su madre —dijo Lucrecia con una afirmación redonda.

Todos estuvimos de acuerdo. Eran momentos en que se lograba la plena unanimidad de la dicha sin demasiado esfuerzo. Y aún la tristeza tenía otros significados, me parece. Creo que nos resarcíamos todos, torpes e inteligentes por igual, buenos y menos buenos, de una larga sequía; de incontables privaciones que ustedes hoy ni siquiera pueden imaginar por más esfuerzo que pongan en ello. Los libros de Historia dan cuenta de mucho, pero imaginarse cómo era aquello es otra cosa. Todo comenzó a partir de aquel 10 de octubre. Por eso, y porque sin que tuvieran lugar aquellos hechos no habrían ocurrido tampoco muchas otras cosas que vinieron luego —como ésa de las botijas— es que te cuento cómo ocurrieron las cosas desde el mismo principio, cuando nada podíamos sospechar de una cosa ni de otra. Aquí se vivía entonces si no de esperanzas, que habrían sido inconcebibles, de esperar algo que nunca debía llegar. Algo que era más bien nada: un cambio, cualquier cosa; que algo sucediera. Y a la vez sabía uno que todo aquel esperar era en el mejor de los casos un improbable, un engaño entre tantos otros. Pero eso —por suerte para todos— ustedes hoy no pueden ni imaginárselo siquiera. Fue por eso, precisamente, que a lo ocurrido se me ocurre compararlo con el destape de una caldera en la que nos cocinábamos a fuego lento. ¡Todo empezó por allí!  Este cuento que me pides, y lo demás que ocurrió después.

La víspera de Nochebuena nos acostamos tarde; ya entrada la madrugada. Agustín Pi y su mujer Rosalba nos acompañaban. Habitaciones se sobraban en esta casa. Chano consiguió en algún lugar las piezas que hacían falta para reparar el pequeño generador de electricidad de la finca, y Pi trajo el combustible para hacerlo funcionar. Lo mejor que tiene vivir en medio del campo en una casa como ésta, es que no se molesta el sueño de nadie con nuestros insomnios. La radio y la televisión competían a ver quién ponía mejor música y nosotros no queríamos perdernos una fiesta semejante. Éramos como niños que estrenaran zapatos nuevos. Tu madrina Rosita entraba y salía de la casa atareada en no sé cuántos preparativos para el siguiente día. Uno tras otro nos fue rindiendo la fatiga y en ese u otro orden nos fuimos retirando a nuestras habitaciones. Rosita fue la última en irse a la cama. Como a las tres de la mañana me levanté para ir al baño y aún me la encontré levantada y ocupada en sus trajines.

—Ya han comenzado a volver —me dijo, como quien da la noticia más esperada del mundo—. El primero en llegar ha sido Taita Quindiambo. Tú seguramente no te acuerdas de él. Ahí en el patio lo he visto deambular. Le he dado un plato de comida para que se alivie. Tenía un hambre de muchas lunas, pero se le veía contento de regresar.

Me di cuenta de que hablaba dormida. Le seguí la corriente para no despertarla por eso que dicen de no despertar a los sonámbulos.

—Dice que tiene una cosa muy importante para nosotros. ¡Para toda la familia! Pero no quiso decirme de qué se trata. Ese negro sabe más de lo que le enseñaron. ¡Buenas noches! Hay que levantarse temprano. Aún hay mucho que hacer.

Al día siguiente me levanté temprano, pese a haber dormido apenas unas tres o cuatro horas.  Me sentía fresco —rejuvenecido incluso—.  El campo es así, puede dar un vigor incomparable, cuando se viene a descansar. Salí al patio para ver las últimas estrellas. Los demás dormían o se rezagaban en sus trajines de cada uno por allá dentro. Taita estaba sentado sobre el brocal del pozo. Al principio lo tomé por alguien de los vivos: el propio Agustín Pi.

—Buenos días. ¿Ya tomó café?

Pero él mismo se encargó pronto de disipar esa nube.

—¿Café? Ni desde cuándo. Y no porque falte memoria. Sería buena idea dejar algún buchito recién colado junto al vaso con agua.

Las piernas se me aflojaron sin saber bien porqué. Fui a decir algo más, pero antes me volví para llamar a los de la casa y cuando intenté verlo nuevamente había desaparecido. No anduve llamando gente para que corroboraran la aparición, porque su desaparición precisamente sólo serviría para negarle credibilidad a mi testimonio. Arrastrando hasta el pozo la flaqueza de mis piernas me asomé a su interior y allí alcancé a verlo una vez más, pero más como si se tratara de una imagen de espejo. Por sobre mi hombro, el viejo también se asomaba al interior del pozo, con una sonrisa socarrona en el rostro. Me volví a mirarlo, pero entonces se escucharon las voces de Agustín Pi y su mujer que venían a mi encuentro, y sólo yo alcancé a oír aquel zambullirse muy apagado en el interior del pozo.

—Concho, chico, ni que hubieras visto un muerto —fue lo primero que dijo Agustín Pi, y entre él y su mujer me prestaron ayuda, porque ya las piernas no me sostenían más tiempo—.  Estás más pálido que la cera.

—Y claro que lo ha visto —dijo Rosalba como si tal cosa—. También yo los he estado viendo pasar toda la noche mientras tú dormías a pierna suelta. Tuve que pedirles que por favor me dejaran pegar los ojos un rato.

A pesar de aquellas palabras, no quise decir nada, mucho menos aceptar que había visto un muerto. No sabría decir muy bien porqué recelo o cautela súbitos.

—Debe haber sido efecto de la resaca… —concedió Agustín Pi—.  Un buche de café negro recién colado, y aquí no ha pasado nada.

Ya Rosalba su mujer volvía con una taza de café humeante y oloroso en las manos, que me apresuré a sorber, a pesar de que me quemaba los labios y la lengua.

El resto del día se fue en los quehaceres de un día de fiesta. La fiesta verdadera comienza siempre por ellos, y es una dicha enfrascarse en el atareo que conlleva la alegría de todos.  Chano se encargó de sacrificar el puerco que habíamos dispuesto para asar, y entre el mismo Chano y Agustín Pi lo dispusieron todo para asarlo en púa, sobre un hueco donde arderían las brasas, que a mí me correspondió cavar en algún lugar del patio detrás de la casa, siguiendo las indicaciones de Candelario. Al principio, la tierra estaba suelta y parecía invitar el pico y la pala en sus entrañas, pero pronto se fue volviendo como una cascarilla de huevos y un poco más se tornó pura piedra.

—Cosa rara —dictaminó Candelario, cuyo prestigio en aquellas cosas estaba en juego según a él le parecía, mientras fruncía el seño—. Ésta no es tierra de pedreguera. Contimás  que parece cosa de que a esa piedra la trajeron de lejos.

Pero el hondo alcanzado por el hoyo para asar el puerco, pareció satisfacer igualmente a Chano y a Agustín, quienes eran a fin de cuentas los encargados de aquella faena. Yo dejé de cavar y ahí quedó aquello por el momento. Sólo en la conciencia de Candelario perduró una intranquilidad indefinida, aunque terca. La Nochebuena resultó una fiesta como no se recordaba otra en muchos años, excepción hecha de las celebraciones que siguieron a la caída del régimen. Pero aquéllas eran como el estallido de cohetes y fuegos artificiales en el cielo, en correspondencia con el tun tan batún tan  de los tambores y el bullicio de las muchedumbres, en tanto la de Nochebuena —aunque compartida— fue fiesta hacia dentro de cada uno.  Iginio “Najasa” Ledezma, un guajiro de aquéllos —que había sobrevivido a todo, Dios sabe cómo— improvisaba cuartetas y cantaba tonadas burlescas, algunas de las cuales hicieron luego fortuna, como ésa que alguna vez debes haber oído, y que dice:

 Muy ufano el cerdito se compone;

él solito, solito se adereza…

Y el pellejo dorado se le pone

salpicado con mojo y con cerveza.

 

Sobre un lecho de varas y buen cuje,

él solito, solito se adereza…

Ya no gruñe cuando el pellejo cruje

de la cola dorado a la cabeza.

 

¡Trínchenme! ¡Trínchenme! ¡Ay, dame un pellizquito!

Que el pellejo tengo que no me lo siento

Prueba y ya verás que no es ningún cuento

¡No quieras hallarte tú en mi pellejito!

Cuando cada uno se retiró a descansar aquella noche, pasada la una de la madrugada, confieso que me había olvidado por completo de la aparición del Taita, como se olvida uno de haber tenido un mal sueño hasta el siguiente. Me dormí enseguida nada más echarme en la cama. Por la ventana abierta al fresco de la madrugada entraba un relente de luna que recortaba sombras y bañaba en plata las copas de los árboles en la distancia. No sé en qué momento me despertó el golpear del pico contra la roca, o alrededor de ella. Abrí los ojos como si escarbara en la penumbra de la habitación hasta donde alcanzaba la luna. Ahora precisaba lo oído con discernimiento raro del que yo mismo no me hubiera sabido capaz. Primero rejoneaba la barreta, luego el pico acerado y de vez en cuando entraba el raspar de la pala que recogía y apartaba el desgajarse de la piedra. Me asomé a la ventana precipitadamente, y no conseguí ver otra cosa que la noche —sonora; silenciosa— desparramada a todo lo ancho, y arrinconado escasamente en el interior del hoyo el ocasional brillo de ascua de las brasas ocultas bajo la ceniza. Junto al brocal del pozo, sin embargo, dos figuras silenciosas y —la palabra aquí es exacta— espectrales, me observaban.

El veinticinco en la mañana, Lucrecia nos ofreció a todos según fuimos despertando, ponche de leche tibia con canela y anís. Para los friolentos el veinticinco amaneció con un frío como no se recordaba en mucho tiempo. Después del café salí al patio y comencé a alejarme de la casa dejándome llevar por la neblina espesa que lo mojaba todo. Una presencia de aguinaldos de colores, pero sobre todo blancos, y un zumbar de abejas me atraía. De repente, al tomar un recodo o al volverme sobre mis pasos —no acierto a precisarlo— me encontré con él. Con el Taita había otro hombre, blanco, alto, un poco cargado de espaldas. Aunque viejo, conservaba éste un aire de arrogante empaque.  No parecieron tomar en cuenta mi presencia, aunque podía decirse que había concluido un diálogo entre ellos, engorroso, que aún necesitara de todo su silencio respectivamente. Al cabo, el hombre blanco se puso de pie como vencido por la terquedad del otro y pasando frente a mí —o a través de mí, con un escalofrío que todavía siento al contarlo— pareció conminarme a seguirlo. Detrás, pero risueño, venía el Taita. La niebla se había espesado aún más, de manera que no tuve idea de donde pudiéramos estar hasta haber llegado junto al hoyo. Entre la niebla densa se alcanzaba a ver ahora por momentos algún rostro que, aunque desconocido, tenía una apariencia familiar en torno a sí. A Abigaíl lo reconocí enseguida, lo mismo que al fantasma de su madre, pero ambos permanecieron distantes, como cohibidos. El hombre inclinado de hombros se volvió de repente hacia mí con una expresión contrariada y amenazante, como si buscara en mí cualquier debilidad para explotarla.  Fue Taita Quindiambo quien se hizo oír sin embargo. Habló para que yo lo oyera, pero también para que los otros pudieran oírlo:

—Ya se acabó el miedo. ¿Lo oyeron? ¿Me oyeron todos? Se acabaron todos los miedos. ¡Y los egoísmos! —Y volviéndose al hombre de la hostilidad manifiesta, dijo—. No sé de donde venga su Merced. Ni está en mi interés saberlo. Pero Quién puede y quiere aquí me envía con este encargo, y yo lo cumplo. Sepa su Merced que ya esos tiempos del cepo sin agua, y el cuero del manatí, y la palabra injuriosa se acabaron. Váyase su Merced de nuevo donde le llame su camino, y ojalá la luz le alcance también, pero sepa que aquí no habrá ya más miedo para ninguno. Y que aquí y ahora, porque lo quiere Quien todo lo puede y así quiere y dispone se acaba el señorío de su Merced sobre tanta alma. Y Aquél que así lo quiere dispone que sea éste su regalo de Navidad para los de esta casa.

Escuché de repente un tronido como de rocas que cayeran unas sobre otras y el caer infinito de una catarata, sin que pudiera explicarme el origen de una cosa o la otra. No puedo decir que soñaba, pero lo cierto es que tampoco acertaba a estar despierto. De repente, la voz de Candelario pareció emerger de algún lugar ajeno a aquél donde yo me encontraba:

—¡Condená piedra!  ¿De dónde habrá salío la condená?

Sin que pareciera sorprenderlo mi presencia, alzó los ojos del interior del hueco y se quedó esperando una respuesta que acaso estuviera a mi alcance.

—Vamos a averiguarlo, ¿quieres? —le propuse, mientras me deslizaba yo también al interior del hoyo y comenzaba a escarbar en torno a la roca con la barreta.

Atraídos por el golpe de pico se fueron acercando los otros moradores de la casa.

—¿Qué nueva locura es ésta, vamos a ver? —pronunció Rosita, pero había en sus palabras un aire de travesura—. ¿Algún tesoro enterrado?

Iginio comenzó a improvisar un bordoneo en su guitarra, de la que parecía no separarse nunca, y a cantar:

No me pinchen con cuchillo;

         pínchenme con tenedor

         Y un trocito de membrillo

        me aliviará del dolor.

         Si el cuchillo está mellado

         me pudiera causar mal

         pero un roncito estrellado

         cuando me abran en canal

         me aliviará del espanto

         o cualquier otro malestar.

         Perdón si no me levanto

         de esta cama singular.

 ¡Trínchenme! ¡Trínchenme! ¡Ay, dame un pellizquito!

Que el pellejo tengo… ¡Ay, cómo me pica!

Si el rabito quieres…, ¡es más sabrosito!

Verás que lo hayas la cosa más rica”.

—Candelario debe haber descubierto un nuevo manantial escondido debajo de esa peña. Él es hombre que sabe su cosa.

—A lo mejor, se trata de una de las reservas de petróleo de ésas que andaban perdidas, y que la dictadura se empeñó en buscar.

—Ríanse, ríanse, que ya veremos —se defendió Candelario—. Aquí hay gato encerrado.

—Enterrado, querrás decir, mi hermano.

El cascajo saltaba con cierta flaqueza, luego se hacía duro otra vez. Íbamos bordeando la piedra. Agustín Pi sugirió que se emplearan dos maderos a modo de palancas. Con ellos conseguimos desplazar la piedra. Después de mucho esfuerzo, y con la ayuda de todos la piedra pareció aligerarse. Visibles, en medio de una especie de lecho de rocas, había dos piezas de barro, anchas como tinajas. Cada una de ellas pesaba tanto como la roca, de manera que para extraerlas del lecho donde yacían, fue necesario valerse de unas poleas. Una vez fuera, no sabíamos qué hacernos con ellas. Eran artefactos raros, de una seducción inexplicable. Candelario fue el primero en romper el hechizo con una frase suya:

—¿No lo decía yo, que esa piedra venía de lejos? Y rodando no fue como llegó hasta aquí. Yo soy hombre al que no le gusta tropezar dos veces con la misma piedra.

Una de las botijas ya venía quebrada, o en el esfuerzo por sacarla de donde estaba enterrada la quebramos nosotros. Por ella empezamos. Ahora que lo pienso se me ocurre que ocurrió del mismo modo que si le quitáramos la cáscara a un mamoncillo. Inmediatamente venía la pulpa, y tras la pulpa, el cuesco duro donde se origina la semilla. La pulpa de que hablo estaba formada por una costra de cera en torno a un paño de hilo, que se deshacía entre los dedos al tocarlo, pero que era aún reconocible. La cera debió echarse antes y después de introducir en él aquel paño, pues aquella misma cera oscura se había deslizado por entre las monedas de oro.

Aquella fortuna constituyó la base, de esta otra que en su momento —unos más otros menos— hemos logrado fomentar.  Pero ya ésa es otra historia, y sin lugar a dudas carece del encanto de la otra, pues se resume en mucho trabajar y esforzarse. Por eso, aquí y no en otro lugar, acaba este cuento. Y ya que me lo has pedido, ojalá te sirva de norte.

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Último adiós a Lecuona.

(Crónica anticipada)

 Rolando D. H. Morelli 

 
 
  Para Josevelio Rodríguez, con aprecio y amistad.

        A pocas horas de confirmarse el anuncio una heterogénea multitud se congregaba ya a las puertas del cementerio. No se produjeron escenas, sin embargo, ni los tan temidos actos de vandalismos adelantados por muchos, mientras permaneció allí la muchedumbre, obviamente desconcertada, hasta que las autoridades con el alcalde a la cabeza se encargaron de explicar lo que sucedía y lo que había de suceder próximamente, de todo lo cual se comprometían las autoridades a mantener informados a los presentes y al público en general. Semanas antes, es decir, cuando comenzaron a circular los primeros rumores se había tratado sólo de un tipo de gente que se había congregado por los alrededores: los noveleros que siempre buscan destacar, o ser los primeros en hacerse visibles. Posiblemente eso, y nada más, daba cohesión al conjunto inicial: una comunidad de propósitos o intención. Por lo demás, el grupo era lo más variopinto que uno pueda imaginarse. Alguna radio y televisión había venido dando cuenta hacia meses de “la pronta repatriación” de los restos del afamado compositor al tiempo que se comenzaban a transmitir sus piezas más celebradas o conocidas, y se hacía el recuento de la vida del músico, su destierro y muerte en Tenerife, y del posterior enterramiento en Nueva York. Se recordaban sus palabras poco antes de morir, prohibiendo terminantemente ser trasladado a Cuba mientras durara la tiranía comunista. Había transcurrido desde entonces más de medio siglo largo. Con motivo de lo que se anticipaba, una difusora comenzó a radiar entrevistas con personas que habían sido del entorno del músico, entre los que había innumerables desterrados igualmente, personas que habían muerto lejos de la patria, casi olvidados —o desconocidos— en ella. Se contaban anécdotas, a veces con la voz tartajosa o cascada por la edad o la emoción que suscitaba lo evocado. Se trataba por lo general de grabaciones conseguidas Dios sabe cómo, y producidas antes del cincuenta y nueve o con posterioridad a esta fecha, en el extranjero.  Entre las más curiosas se hallaban una larga entrevista para la radio austriaca concedida por el autor de la Malagueña         —según indicaba la voz del locutor—, y otra producida para la radio australiana de Sidney, sin que alcanzara a precisarse en qué fecha. A pesar de la inminencia de que daban cuenta los medios, el traslado de los restos no se concretó a una fecha precisa por lo que los impacientes comenzaron a concentrarse a diario y a permanecer cada vez más tiempo en los alrededores de la necrópolis, hasta llegar con los días a congestionar el área. Muchos portaban carteles que exigían la “revelación de la verdad” de todo este “misterio” relacionado con las dificultades para el traslado de los restos. Otros dejaban flores junto a los muros exteriores y declaraciones de admiración por el muerto antes de alejarse.

          La nueva policía debía vacilar entre intervenir con presteza o consentir que siguiera creciendo la multitud variopinta, tal y como reclamaban algunos periódicos que se hiciera, ya que con su conducta pública —declaraban estos— los acampados estaban convirtiendo una espera solemne en un carnaval sin seriedad alguna. Para consternación e indignada algarabía de muchos de mis amigos, tercié en “la contienda” a favor de los que se manifestaban, declarando en algún medio que me parecía bien un poco de carnaval respecto a un compositor de raíces tan populares como el gran esperado. De inmediato, fui acusado de desconocer la vertiente culta o “clásica” del músico. Me vi obligado a replicar y más tarde a contrarreplicar hasta que, agotado y francamente fastidiado de que a cada paso se tergiversaran mis palabras o se desvirtuaran mis argumentos, me despedí con una “Coda” en la que ya no reservé calificaciones para quienes habían empleado abusivamente los peores epítetos contra mí, con el fin único de hacer valer juicios contrarios a los míos.

          Paralelamente a todo este escarceo de los medios, tenía lugar la concentración que en parte lo suscitaba, y como si nada pudiera disuadirlos los congregados se mantuvieron en sus trece, y ahora sí, la fuerza pública fue instruida de intervenir cuidando de no emplear la violencia, pero en eso se produjo casi simultáneamente la noticia que destapó el entusiasmo hasta de los más remisos a tenerlos. El alcalde de la capital confirmó la exhumación y llegada de los restos tan aguardados, así como del monumento funerario en que se habían guardado hasta el presente. Todo este proceso había requerido de múltiples gestiones para satisfacer incontables requisitos de forma, y al fin se había conseguido librarlas todas. Tras el anuncio, de manera espontánea más y más gente se fue congregando frente al cementerio y sumándose a los allí reunidos del primer momento. De allí, pues se había anunciado igualmente que los funerales debían ser preparados —cosa de dos o tres días, una semana tal vez— se desplazaron los reunidos a sitios adyacentes al cementerio: parques, o plazas. Algunos entraron en las iglesias para dar gracias y tal vez para imprimir al júbilo que experimentaban una dirección más sosegada, a tono con sus preferencias o necesidades.

          A lo largo del país se producía igual movimiento. Se daba el nombre ilustre a una calle o avenida, o a una plaza donde en el futuro se colocaría una estatua o monumento conmemorativo. El aire de fiesta popular que se respiraba determinó al gobierno a decretar feriado. Al calor de esta fiebre de recuperación que a todos parecía embargar, un movimiento nacional determinó la creación asimismo de una institución de carácter privado, dedicada en lo adelante a conseguir la repatriación de los restos de todos los artistas e intelectuales muertos en el exilio durante el más de medio siglo de tiranía.

          Me llamaron a formar parte de la Comisión, no sé bien si por haber tomado parte en la mencionada polémica o por el hecho de haber tomado el partido de los que en lugar de un entierro preferían con más tino celebrar la fiesta de un retorno largamente pospuesto. (Quiero pensar que se trató más bien de haber dado siempre la impresión, en mis escritos y con mi actuación, de interesarme verdaderamente    —desde el espíritu—, por las cuestiones de la cultura considerada materia política, es decir, de interés público). En todo caso, acepté con agrado la encomienda de formar parte de la Comisión, y más tarde la de conformar su Directiva Nacional. Pese a haber sido labor agotadora y prolija en sus tareas y afanes, sigo sintiéndome orgulloso de lo acometido y de lo alcanzado en estos años.

          El sepelio de Lecuona fue el primero de su tipo, y seguramente el de mayor repercusión por el hecho mismo de haberlo sido. Otros que habían de seguirle, como los de Celia Cruz u Olga Guillot, o los de Jorge Mañach, Novás Calvo, Lydia Cabrera, Leví Marrero, Emilia Bernal, Severo Sarduy o Cabrera Infante fueron igualmente expresiones de genuino sentimiento popular y ciudadano. Los anuncios previos bastaban para convocar a un gentío solemne y conmovido, y a la vez, entusiasta. No se producían manifestaciones de histeria entre los reunidos. Las palabras con que se despedía el duelo carecían del histrionismo o la estridencia de los discursos a que nos habíamos hecho alérgicos a fuerza de soportarlos por décadas. Un micrófono las recogía y eran transmitidas hacia fuera para que llegaran a todos, y al final de la ceremonia promontorios de flores y coronas se dejaban apoyados junto a los muros de la cerca y la multitud comenzaba a dispersarse para volver cada cual a sus rutinas. Los encargados del cementerio se ocupaban luego de colocar esas flores donde les correspondía, y en las actas de nuestra institución se recogían por escrito los últimos procedimientos.

          Pero el entierro de Lecuona se recordará además, por sus muchas anécdotas de diferente sesgo. Entre éstas, hay una en particular por su carácter que hoy se cuenta como si formara parte inseparable del acontecimiento, y que seguramente mañana llegará a serlo en nuestras tradiciones.

          Llegada la hora del sepelio, y en medio del recogimiento general, y del silencio que se comunicaba a todos los reunidos comunicándose apenas en susurros aquello que tenía lugar, y que los más distantes no podían presenciar por sí mismos, se escuchó de repente surgida de entre la multitud —o al menos esa fue la impresión inicial— una dulce voz de mujer que entonaba los compases de la canción “Mariposa” del compositor. No era una voz particularmente poderosa aunque alguna vez pudo haberlo sido, sino caracterizada por la perfecta afinación y la dulzura que comunicaba con facilidad. Coincidió su canto con ese momento especialmente solemne en que se colocaban los restos y parecía que, inevitables, se escucharían algunos panegíricos. Antes de que se diluyera el clima de suspenso creado por la voz, e igualmente sin anunciarse, otra voz —ésta sí, poderosa—, comenzó a cantar “Siempre en mi corazón”, seguida poco después por otras entre el gentío, que no temía apagarla. Y como un oleaje que recorriera la multitud se entonaron a partir de entonces, una tras otra, incontables melodías del compositor que había regresado a su patria para quedarse. Tal vez no pueda decirse con precisión el tiempo que duró aquello, pero al cabo, sin que nadie diera la voz, sólo cuando pareció justo, se dio término a la ceremonia. Al fin los panegíricos no se pronunciaron. Nadie los habría escuchado. Ninguno tampoco hubiera intentado romper la atmósfera que reinaba sobre los presentes y se comunicaba mediante los medios que transmitían el acontecimiento en vivo, a todo el país.  Hay instantes en la vida que lo acompañan a uno para siempre. Éste es, sin dudas, uno de ellos. En este aniversario no puedo sino recordar lo ocurrido entonces con particular emoción. Ya no soy joven y por eso aprecio más los recuerdos, que son después de todo, el mayor tesoro de los viejos, o como ahora se dice, de los que estamos en la tercera edad. Es curioso que a varios años de aquello ninguna de las singulares voces que escuchamos haya sido identificada, ni haya aparecido alguien que decidiera atribuírselas. Nunca he creído en fantasmas ni cosas de esta índole. Al menos, no en su capacidad para hacer y deshacer a sus antojos. Pero si alguien me pregunta, me inclino a creer en una licencia concedida por Quien todo lo puede a algunas almas tan necesitadas como la que más de hallar este género de sosiego. A lo mejor se trató de algunas —o varios— de sus intérpretes reunidos a los vivos. ¿Qué mejor lugar que el cementerio, confundiéndose entre los encarnados? ¿Y qué mejor momento para hacerlo que éste en que coincidíamos todos para despedir a Lecuona? Espero que no me tomen ustedes por un irremediable chiflado, pero si les parece que estoy loco, nada puedo hacer. Los testimonios como el mío, y las imágenes de todo tipo pueden dar cuenta de lo que estaba hecho para los ojos y los oídos. ¡La atmósfera de la ocasión es lo que no habría podido apresarse, embotellándose en un frasco! ¡Lo insondable! Ojalá haya conseguido con mi balbuceo trasladarles algo de la honda impresión que me causara el sepelio de los restos de Lecuona. Para entender bien esto que digo, había que estar allí.

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El día que regresaron los tranvías

(crónica anticipada)

Rolando D. H. Morelli

            El progreso no siempre marcha en línea recta, ascendente e imparable —como bien sabemos hoy—. A esta confusión debemos sin dudas muchas cosas que en sus días pasaron como progresistas.  La retirada de los tranvías —incluso en las ciudades que mejor podían beneficiarse de tenerlos— es sin dudas, una de ellas. Mas no todas las ciudades del mundo, como acaso llegó a creerse, cedieron en su momento a la imperiosa demanda de sustituir a los tranvías por autobuses urbanos: San Francisco, Filadelfia, Praga, Copenhague, París, Budapest, entre otras, no cedieron en su carácter de ciudades cosmopolitas y únicas a la tentación de prescindir de los tranvías. Y al pasar del tiempo, este empecinamiento  de las urbes mencionadas llegó a constituir parte de su atractivo, y de su perfil urbano actual. Entre nosotros, suele pasar que a veces una curiosidad demasiado acentuada y sin riendas por lo novedoso —que en muchos casos acaba por ser tan solo novelería— o una atracción no bien digerida por cualquier forma de progreso triunfa sobre el presente y se instala a trancos y sin gracia, pero con su aire nuevecito en el lugar de lo que había sido. Es lo que una autoridad local, deslumbrada por ese mismo espejismo, llamó alguna vez con aire triunfalista: “El afán de progreso de los lugareños, a cualquier costo”. Y esto fue, sin dudas, lo que aquí ocurrió con los tranvías. El último que pasó por aquí, adornado con cintas y flores con la pretendida ilusión de que se trataba de una fiesta, marchaba en realidad hacia su propio entierro. Los que entonces eran niños lo vieron marchar con su aire triste, como un ataúd gigantesco que se deslizara sobre las líneas. Si se trataba de una fiesta ésta debía ser una forma de carnaval sui géneris. Una despedida de difuntos rocambolesca y fársica. Algunos —con esa obstinación que adquieren los primeros recuerdos en los más viejos— recuerdan las caras presuntamente divertidas de los últimos pasajeros a través de las ventanillas del tranvía. Tal vez aquella señora de discreto sombrerito prendido al pelo con un alfiler, sombrilla de encajes recojida, y un perrito sobre su regazo, al que insistentemente señalaba la ruta desde la ventanilla, no tuviera —bien mirado el asunto— el aire divertido de los otros. Incluso, algo de urgencia había en su continente, un atisbo de algo que se le escapaba irremediablemente con aquel último recorrido del tranvía. Ella misma, en su atavío, parecía un fantasma ignorado —acaso no visto— de los que eran sus compañeros de ruta, incapaz de causar miedo, sin embargo, sino más como asustado de su propia incongruencia en un espacio ajeno. Cuando el tranvía al fin se alejó hasta perderse en la distancia, y acaso inspirados por alguna imagen vista en el cinematógrafo, algunos chicos se arrojaron sobre la línea con el oído pegado a ella, como si fuera imperioso dejar constancia también de aquel momento en que asimismo cesara el sonido de las ruedas sobre los raíles.

            Los autobuses urbanos que vinieron luego, o ya aguardaban en sus estaciones cuando los tranvías se marchaban, eran tan cómodos como estos, pero carecían —y el tiempo confirmaría este prejuicio— del carácter que tuvieron aquéllos. En cuanto a rapidez, no es cierto que fueran más rápidos y menos pesados. Con su presencia, y el escape y otras emanaciones que de ellos salían, los ómnibus pronto llenaron las calles de humo, y un hollín que se adhería a todo y a todos. Hoy sabemos, que también en términos de energía cualquier tranvía requiere de poco gasto pues la fuerza eléctrica que lo mueve es de baja intensidad, además de que el hierro sobre el hierro facilita la tracción, en tanto que los autobuses requieren una cantidad enorme de combustible de la que no siempre es posible disponer, especialmente cuando un país no cuenta con este recurso energético.

            Se afirmó luego por mucho tiempo y con tal insistencia que el progreso había barrido con los tranvías, que acabó por imponerse como certeza lo que no pasaba de ser una presunción descabellada, y luego ha seguido repitiéndose hasta que ya nadie aquí se acordó siquiera remotamente de ellos. El progreso, parece, siguió barriendo con muchas otras cosas en el país, hasta llegar el día en que ni aquellos autobuses hubo. Los últimos autobuses de verdad fueron sustituidos por los llamados ómnibus Girón, de manufactura casera y depredatoria, y un poco más tarde todavía por los flamantes camellos, cuando no por las carretas, carretelas, carretones y coches tirados por caballos famélicos, todos los cuales tú conociste bien, pues de esto no hace tanto como de lo otro que te cuento. Los progresistas de entonces hablaron hipócritamente de vuelta a las más civilizadas formas de la naturaleza. ¡Bien que lo recuerdo! Las bicicletas, que también se impusieron, eran comparadas por el progresismo mentecato a las que usan muchos holandeses. Se obviaron, naturalmente, las circunstancias particulares al establecer la comparación, y como por entonces la mayor parte de la gente no estaba ni siquiera en condiciones de ver lo obvio, se tragó una vez más el cuento de nuestros avances aún cuando íbamos en reversa por un barranco. Es por eso que hoy nos alegra a todos, pero sin duda a mí más que a ninguno, que se anuncie la vuelta de los tranvías. Habría que admitirlo: resultan ideales para una ciudad como ésta. Frescos, limpios, económicos, hermosos. Los han replicado en unos talleres del barrio de Sagunto, a la salida de la carretera número veintiocho, que lleva de Santa Ifigenia a Esmeralda, según el último modelo en circular aquí, aquél precisamente que vieran alejarse para siempre los que entonces éramos niños. He tenido el privilegio de ver ya uno en el hangar de donde saldrán los primeros. Los asientos son de madera y pajilla barnizados; los pasamanos, cromados, y las ventanillas y el fuselaje todo exactamente a como solían ser. Los turistas no van a quedar menos deslumbrados que los lugareños cuando ya circulen ampliamente. Ha sido necesario repasar las líneas y los conductores eléctricos del tendido, pero los ingenieros se mostraron sorprendidos en grado sumo con el buen estado general de unas y otros. La maquinaria y muchos otros mecanismos de los nuevos tranvías incorporan mejoras sustanciales que sí constituyen progreso. Los actuales, se dice, son poco ruidosos y aunque uno pueda abrir y cerrar las ventanillas vienen equipados con aire acondicionado para los días de calor. Desde que se prohibió la circulación de vehículos por las rutas que corresponden a los tranvías, y otras adyacentes, y se desterró la circulación de camiones por las mismas, parece como si la ciudad se hubiera transformado en un gran boulevard. Los aires libres, es decir, los cafés y otros establecimientos de esta clase, abren sus parasoles en las aceras mientras los transeúntes pasean, o andan a sus asuntos caminando confiadamente por el medio de la calle con un aire de franca despreocupación. Aunque mucha gente ni siquiera se dé por enterada, mientras sorben sus helados o apuran sus cafés sentados a las mesas, hoy es el día anunciado en que a los nuevos autobuses urbanos se suman nuevamente los tranvías. Creo que alguna vez lleguen a suplantarlos del todo dentro del perímetro de la ciudad, a no ser que una célula fotoeléctrica venga en ayuda de los ómnibus, que aunque en nada comparables a aquellos infames camellos de anteayer noche, siguen requiriendo de grandes dosis de gasolina u otra forma de combustible derivado del petróleo. Por ese anuncio que ha llamado poderosamente mi atención, es que he venido aquí donde me ves, y donde      —por pura casualidad— me has encontrado, pues tú naturalmente que no tienes el menor interés por los tranvías. Quiero ser yo, de los primeros en tomar ése que hace la ruta desde aquí mismo hasta La Tasca, y aún más allá; recorrer toda la calle de La Avellaneda ahora remozada íntegramente con sus balcones típicos de madera labrada, haciendo juego con sus guardapolvos y portones de buena madera; mirar por la ventanilla el paisaje de gente bien vestida como antaño, y de buen hablar, con soltura y desembarazo, pero sin desparpajo ni escandalera. Si decido bajarme en algún punto, siguiendo un genuino impulso de indagación, podré entrar quizás a un cine para ver una película interesante, o sentarme en el banco de un parque —es de notar que con el verdadero progreso no sólo han vuelto los tranvías, sino que se han diseminado los parques por toda la ciudad, construidos con buen gusto y eficiencia de diseño, incorporándose así armoniosamente al diseño general de la urbe. También la ciudad ha crecido alrededor de la ciudad vieja, pero sin sofocarla con su abrazo, sino más bien como ofreciéndole un cerco protector que la corona. Del modo como crecen los árboles en sus anillos, de adentro hacia afuera . Se dice que hay muchas obras en construcción; que será necesario dotar de un metro a la ciudad, y que la imaginación de los arquitectos e ingenieros encargados de tales proyectos, se alimenta tanto de lo hecho como de lo por hacer. Desde el tranvía en marcha, quiero alcanzar a ver algo de esa nueva ciudad que crece al lado de la antigua. A pesar de mis años sigo interesándome por los cambios tanto como por el pasado de las cosas. He oído incluso decir que los nuevos políticos —o alguno de ellos— ha propuesto para la ciudad un lema en esencia diferente a aquél que demandaba progreso a cualquier costo: “una tradición que progrese”, propugna éste. Yo, seguramente no alcanzaré a ver ya mucho más de los nuevos avances —es por eso que no quiero perderme un solo minuto de lo que sucede— pero ustedes los jóvenes tienen esa posibilidad. Si yo estuviera en el lugar de ustedes no desperdiciaría una ocasión así, ni la dejaría pasar por mi lado sin mostrarle interés. Algún día serán viejos también, como yo lo soy ahora. Y no les doy consejos —no señor— porque no me los han pedido, y además, los jóvenes suelen pensar que los consejos son cosa inútil además de incómoda, pero insisto en decirlo: si volviera a ser joven…  ¡Ah, ahí está ya por fin!  Por fin viene… Así es que, si preguntan por mí en casa, diles, hijo, que me has visto acompañado de una dama elegantísima, y apropiada a mis años, mientras llevaba sobre mis piernas su perrito de aguas; que no se preocupen por nada… ¡Y ustedes tampoco se preocupen! ¡Diviértanse! ¡Aprovechen la juventud que tienen! Y hasta pronto, que aquí llega al fin el tranvía, por el que tanto he esperado.

10 Respuestas a “Crónicas del futuro y relatos premonitorios

  1. Ivan Acosta

    Estupendo y conmovedor. Para volver a leerse muchas veces más.

  2. ¡Muy bueno, mi amigo! Y esas poesías me traen muchísimos recuerdos…¡gracias por compartirlo y felicidades por tu bitácora!
    Cariños taoseños,
    la Te

  3. Muy bueno lo del sepelio de Lecuona, estás crónicas del futuro tienen mendó. Ahora vamos con el de Celia Cruz…¡azúcar!

  4. Narcio Alvarez

    Excelente pagina. Solo espero que la completes, aunque lleva su tiempo. Las cronicas son preciosas.

    • Estimado Sr. Álvarez:
      Agradezco mucho sus comentarios tan elogiosos y estimulantes. Le invito a continuar visitándome en el futuro. Tiene usted razón, mantener actualizado el sitio lleva tiempo y constancia que uno debe tomar prestado a otras cosas. Creo que vale la pena, sin embargo. Me alegra mucho que las crónicas le parezcan precisamente eso, “preciosas”. Gracias nuevamente por su visita,
      Rolando Morelli

  5. Lindo sueño el de la cronica anticipada. Muy bien contado.

  6. Morelli, no sabes lo alegre que me puso la presencia de tus espíritus en tus escritos. Ellos son indispensables, porque forman parte de nuestro pasado y de nuestra identidad espiritual, además de que nunca se han ido y nos acompañan persistentemente en nuestro insilio. Esas botijas las guardarás muy profundo en la llanura abandonada, saludos Milton.

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