Lo que dura el estío

 (Novela por entregas)

Rolando D. H. Morelli

(I)

(Vísperas)

La Habana, 1820

             Reluce como bruñido por el sudor que los baña el torso desnudo de algunos braceros, y las frentes descubiertas de quienes no disponen siquiera de un pañuelo o de un trozo de tela cualquiera con que protegerse la cabeza del reverbero del sol. Hacen estos cada tanto, ademán de enjugarse la transpiración de la frente con un brazo u otro para impedir que anegue los ojos el sudor que los enceguece. Son en su mayoría cuerpos negros, de un negro como repujado en basalto —saludables y musculosos—, pero asimismo los hay blancos y de variados matices. Van y vienen entre la sofocación y la resolana sin estorbarse, con sus bultos a cuestas, sobre el muelle desvencijado. Un bosque de embarcaciones de procedencias infinitas que ocupan los atracaderos, se mece apenas a un compás que centuplica los reflejos deslumbrantes de las olas cual si un grupo de chiquillos traviesos desde abajo se entretuviera en apuntar a los ojos de quienes trabajan, las luces hurtadas por ellos y concentradas en cien incómodos espejitos.

               Descienden de un barco los pasajeros que han cumplido la travesía, con una sensación a la vez de alivio y de pesarosa constatación ante la vaharada de calor que los acoge como si se aproximaran a la fragua de Vulcano. Se abanican con ansia las señoras y los caballeros que llegan, y se enjugan el sudor en sus pañuelos quienes los acogen con manifestaciones de contento que no alcanza a amortecer el insufrible calor que a todos agobia por igual. Se cruzan ocasionalmente los estibadores con su carga y los señores viajeros sin tropiezos o impertinencias a los que casi estarían obligados por la estrechez o la insuficiencia del muelle. Se aguardan, entre otras cosas necesarias o perentorias, noticias de todas las clases que son a comunicar con más o menos precisión los viajeros.

           Se habla prontamente de infinitas cosas: de parientes y amigos, de modas, de los últimos atuendos y tocados, del teatro —más bien de los estrenos y las funciones teatrales que tienen lugar en la capital del reino y otras partes— de la música y la literatura; de los dichos populares, de las procesiones, romerías y verbenas; de la huerta valenciana y de las bellezas de la ciudad condal, y otros hablan para enaltecerla ponderándola a más no poder, de la gran maravilla de los cármenes granadinos; de desplazamientos y fiestas en todas partes, y una vez acogidos al círculo protector de los más íntimos, se habla también de la Revolución de Riego y su ulterior desarrollo, unas veces con sobresalto manifiesto, y otras para hacer las preces de este hecho y las consecuencias que del mismo se esperan justamente. Caen, sin embargo estas palabras por lo general como en una canasta de muelle interior que es a propósito a recogerlas sin ecos, como si las amortiguara ya al caer una superfice acolchada y absorbente.

           Procedentes de Cádiz y Madrid, llegan asimismo noticias que gacetas y demás publicaciones, amén de las noticias que los viajeros pudieran comunicar, son a divulgar y tienen por su carácter explosivo el efecto de una chispa que prendiera de repente con dispareja fortuna en la paja reseca que parecía aguardar por ella, y fuera a incendiarla en la viveza de los comentarios que de inmediato circulan, sin tiempo bastante a ser digeridas las nuevas que se comunican. Las novedades que de esta guisa se divulgan conciernen sobre todo a la política peninsular y sus altibajos, de los cuales habría de depender necesariamente la vida del país aquende el mar, como depende de la voluntad del cuerpo un miembro suyo. En vano iba siendo ya que por orden de la Superioridad isleña se intentara aún, con mayor o menor brío, secuestrar los papeles de este carácter que eran todos, como ya desde mucho antes se venía haciendo. Con la llegada de numerosos buques circulaban prontamente las noticias, apenas si con alguna interrupción, y el flujo más o menos constante resultaba imparable. Bien fuera amañadamente, o en el interior de un bolso perteneciente a la bellísima Madame Lauthrelle de Desbonnes recién casada con el coronel Armando Nadal Villamedina, o en el interior de la chistera de un caballero recomendado por su edad, porte y distinción, pasaban los papeles de toda clase trayendo noticias, proclamas, declaraciones, juicios y promesas de cambios. El pulso de unos acontecimientos peninsulares dominados por la fiebre política, era medido in situ según sus progresos con instrumentos propicios a registrar el momento de mayor pálpito, y esa lectura, con mayor o menor retraso llegaba para propagar sus efectos entre los pobladores de esta ínsula.

          Fuera al calor de sus propias fraguas o al de las noticias de una proclamación de que daban cuenta los períodicos, no eran pocos los exaltados que pronto se explayaban en cualquier sitio acerca de las bondades de la Constitución, y las libertades que con ella se garantizaban, y cuya proclamación en regla se extrañaba y demandaba en estas tierras tan españolas como cualquiera otra. Un enfrentamiento por esta causa tuvo lugar este día en el muy conocido Local de moros, entre un don Agapito Mestre y Cifuentes, a quien todo este jaleo parecía cosa de enemigos y malandrines a las órdenes de Inglaterra o Francia cuando no de ambas y medio mundo más, y un petimetre recién llegado de nombre el más apropiado a su figura y disposición, el cual era don Diego Gallardo y Bello, quien venía para casarse en el Príncipe, a donde pasaría en breve, con una de las bellas de esta próspera villa y distinguido emporio que se decía, de entre las primeras familias del lugar.

          Otros, quienes lejos de amilanarse por la actitud beligerante de los don Agapitos de ocasión, se mostraron igualmente exultantes por idéntica causa fueron el catalán don Luis Beltrán Laffita, capitán de caballería, y el joven santiaguero Manuel de Jesús Segura Montaner, abogado de algún tiempo asentado en esta plaza. A ambos haría arrestar la Autoridad por escándalo público e incitación al desorden, bien que su arresto no duraría, al calor de los acontecimientos ulteriores.

        Por causa —llegaría a afirmarse— relacionada con este clima de exaltación que buscaba prender por cualquier parte y atropellado por la cabalgadura que montaba don Atanasio Peñasaltas y Sabrines asimismo pereció un infeliz borracho y pedigüeño conocido por Mostaza o Mostacita, al momento en que en plena calle y en medio de su borrachera vitoreaba la Contitución y otro número de cosas que debían parecerle concomitantes de ella. A su alrededor se daban cita chicos callejeros y jóvenes sin empleo que azuzaban con sus palabras y aplausos la causa del beodo cuando de repente embocó a todo galope la figura de don Atanasio con su montura sin que fuera a apartarse de la vía prontamente Mostacita con lo que además de ser derribado resultó atropellado por las patas del caballo. Por esta causa, el incidente que algunos insistían en atribuir a la mala saña del jinete, acabó por no imputársele a una causa intencional, por más que se rumorase de una conocida inadversión contra el vagabundo a causa de sus reiteradas expresiones de regocijo por lo que le cabía comprender acerca del estado de agitación que se vivía en la Península y la llamada Contitución, que nunca atinó él a decirlo mejor o a llamarla de otro modo.

        Pero a no ser por éstas de que se habla y alguna que otra manifestación de descontento con lo que muchos percibían como un intento claro del capitán general y sus capitostes de escamotear a los isleños aquellos progresos que tenían lugar en la propia España, la calma parecía predominar y más aún una sensación de sofoco y estancamiento que bien debía corresponderse con el insoportable bochorno que hasta aquí duraba, ante el cual poco podía hacerse, si no era resignarse y cuando era posible abanicarse con la esperanza vagamente puesta en un cambio que, inevitablemente habría de sobrevenir alguna vez.

         —¿Que calle quiere usted, amigo don Sinforoso? Y vea lo que acaba de sucederle al señor coronel don Luis Beltrán y Lafitta, por expresarse como Dios manda. ¡O al infeliz de Mostacita, para el caso, por hacerlo a su modo!

          —Y otro tanto sucederá a usted, don Genaro, como siga por la misma senda que don Luis y ese otro desdichado.

         —¡Bah! Que yo ni quito ni pongo rey. Y cuanto digo es que son muy otros los tiempos que vivimos de manera que…

       —Nada, hombre, que calle usted y no ande, amigo mío, pronunciándose como un exaltado de esos que hoy hacen carrera para bien o para mal. Le faltan a usted, que bien nos conocemos, arrestos, y sobre todo juventud, para emprenderla a mamporros contra unos molinos cual si fueran gigantes. Vea usted que mal parado dicen que le fue al tal don Quijote por lo mismo, a más de ser objeto de risas e incontables burlas que hasta nuestros días llegan.

        —Lleva razón, don Sinforoso, que lo mismo que un Sancho Panza se ha expresado, y así como es de buen escudero aconsejar, de buen caballero será prestar atención al buen recaudo.

     —Eso sí. ¡Y vengan papeles lo mismo que vienen rumores! Que de todo nos enteraremos, y haremos la vista gorda. Lo nuestro sea: ver pasar por delante de nuestra puerta el cortejo de quienes se pelean o se hacen matar por quítame ahí esas pajas y otras trivialidades.

      —Bien que de éstas no me parece a mí el caso, sin embargo, sino antes de cosas grandes.

    —Pues lo mismo da un antes que un enantes, que se dice, y aquello de cuando se está en apuros lo mejor son los duros. Calle usted como hasta ahora, coma, beba, y dése por curado en buena salud que del resto Dios se encarga.

       Y diciendo, le puso delante a su interlocutor un plato de fabada caliente.

__________________________________

* * *

         Apenas si algún alivio momentáneo propiciaba el abanico, que empuñaban con pareja destreza ambas mujeres, y dudaba la dueña de casa si entreabrir la puerta cancela que daba al patio interior, con la esperanza de que algo de brisa por allí se abriera paso, o dejar que permaneciera cerrada como hasta ahora, mas al cabo de una vacilación que no había podido durar mucho, consideró ésta poco probable la posibilidad de un alivio encomendado a una racha de aire fresco, con lo que permaneció inconmovible en su butaca.

         Entre el insistente abanicarse de las reunidas, interrumpido apenas por un breve y predecible golpe de abanico, se prolongaba como un jadeo la conversación, o más precisamente, avanzaba como único podía ser el insípido monólogo de la visitante. Para socorrer en lo posible la penosa situación y evitar un colapso repentino que se le antojaba inevitable, se aseguraba doña Amalia de ofrecer cada poco un cafecito —con leche había de ser, y muy dulce según era el gusto de doña Águeda— a la impenitente parlanchina.

         Iba ya por la tercera taza de café con leche la doña, y callaba Paulina por discreción y buen tino lo que pensaba de aquello que se le antojaba un abuso de confianza, cuando dijo la primera dirigiéndose a su anfitriona:

         —No haya dudas: vale un Congo esta negra suya. ¡El mejor café con leche del mundo, amiga mía! No se toma otro mejor, en ninguna casa de La Habana.

         Por unos instantes pareció animarse la habladora —como ya otras veces ocurriera— bajo los efectos de la bebida, lo que le permitió observar ahora, no sin cierta desazón, que llevaba la esclava prendido el pañolón sobre los hombros mediante un imperdible oculto por un pequeño botón de copetúa. Tal vez para no decir nada que pudiera ser tenido por bellaquería simple y llanamente, dijo cualquier otra cosa que no le parecía tal:

        —¡Y no se puede negar que la consiente usted, mi querida doña Amalia! Menos mal que no se le ocurre aún colocarse al pecho una rosa Borbón, de su jardín de usted. ¡Arreglados íbamos a estar entonces!

        Con discreción y una leve inclinación de cabeza se retiraba la esclava, y en tanto guardó silencio la dueña de casa obligada por la buena educación, a la espera de ese instante que le pareciera oportuno para responder a la que no dejaba de ser una impertinencia, de cualquier modo que se viera:

        —Paulina ha estado conmigo desde que, siendo niñas aún, la trajeron a mi casa que era entonces la de mis padres, allá en el Príncipe. La aprecio porque es leal, discreta y diligente, y sabe hacerme compañía. A la verdad es que sin ella no sé yo lo que me haría. Lo de la flor es cosa seguramente de mi hija Verónica a quien le encantan los Esplendores de María, como preferimos llamar allá en el Príncipe a esa flor que también llaman Flor de muerto aquí y allá, por ser su preferencia según parece crecer en los cementerios, y aún otros nombres creo que la llaman en otras partes, que sería la de nunca acabar.

        Con este breve intercambio, además de dar respuesta a la impertinencia de la otra sin resultar asimismo impertinente, había conseguido doña Amalia avivar algo la conversación que hasta aquí fuera apenas el monólogo acerca de las más impensables trivialidades que sólo a una cabeza como la de doña Águeda podían ocurrírsele. Mas en vano fue una vez más el esfuerzo de la anfitriona pues muy pronto volvió la plática a caer en su letargo, acaparada por la  visitante.

—¿No he dicho a usted todavía? Pues sí. ¡Un primor! Un verdadero primor la tela del vestido que lucirá mi sobrina Leocadia el día de su santo. ¡Viera usted! —Y antes de que la otra tuviera tiempo de enhebrar una frase apropiada y colocarla a continuación, prosiguió la habladora—: Primero el onomástico. Y después del onomástico, a poco más la boda. O como a veces se dice y usted habrá oído más de una vez: «Primero viene el santo, y luego el encanto o el desencanto». ¡Que encanto será, no me caben dudas, según es el marido. ¡Una gloria de hombre sin dudas! ¡Un pimpollo, con perdón! Joven, galán y rico, este don Ricardo Pontevedra y Ramírez de Torralba. Aseguran todos que tiene por delante suyo un porvenir halagüeño como son pocos. ¡Y no es para menos con sus dotes, y todo lo demás!

        A corta distancia de donde tenía lugar este diálogo, aunque protegidos por la pared medianera que se interponía entre la sala de recibo y esta otra menos espaciosa a la que daban en llamar saleta, se habían parapetado como solían en tales ocasiones, los hermanos Verónica y Alcides Becquerell y Arteaga, con el propósito declarado de pasarlo bien y divertirse algo a expensas de los dislates de toda índole que podía enhebrar sin cuento una cabeza como la de doña Águeda. Y aunque inmersos en sus propios asuntos cruzaron al momento miradas de pícaro entendimiento y rieron con risas apagadas antes de volver a las respectivas lecturas que los ocupaban.

        —¡Digno joven, sin dudas! —Logró articular doña Amalia entreviendo un resquicio en la plática de su interlocutora—. Recuerdo su nombre por haberlo mencionado en más de una ocasión mi difunto esposo.

        —¡A mí siempre me han parecido los militares el mejor partido! Y éste no había de ser menos. ¡Tan gallardos en sus uniformes que hay que ver! En una eterna parada los contemplaría yo sin cansarme ni un solo instante. —A punto estuvo de reír doña Amalia a causa de semejante sandez, y asimismo detrás del tabique cómplice que los resguardaba, ocultándolos, los hermanos Alcides y Verónica—. ¡Pero qué digo! Vaya si lo sabrá usted bien, amiga mía. Todo esto y lo de más allá que haya de saberse acerca del ejército. Por su difunto esposo que en Gloria esté lo digo, naturalmente. Y por su hijo don Alcides que ha seguido con distinción los pasos de su padre… Seguramente que su hijo y don Ricardo, el futuro esposo de mi sobrina se conocerán de alguna parte. ¡Los militares son como los miembros de una gran fraternidad según me parece a mí! Todos se conocen como en una gran familia.

        —Tengo entendido que en efecto mi hijo Alcides y ese otro joven se conocen…

        —¡Ay, amiga mía! ¿Y qué decir a usted del sombrero de encargo que será mi regalo de bodas para lucirlo mi sobrina en su viaje por Europa? Lo hemos mandado a buscar a París, a la casa de un muy mentado Mesié de Tal, que para esto de los nombres franceses no tengo yo memoria alguna. Usted seguramente sabrá de quién se trata pues anda su nombre en todos los magazines y muestrarios de moda que circulan por La Habana. Acaso dirá usted: ¿y para qué tal dispendio cuando hay en ésta, sombrereros y franceses? Pues para que no se diga, amiga mía, que en tratándose de mi sobrina Leocadia y de su boda con don Ricardo se anduvo escatimando gastos de más o de menos. Después de todo no hay que olvidar que con este parentesco se enlazan dos linajes de alcurnia como no podía ser menos. ¡Qué digo dos! ¡Cuatro o más habían de ser por cada frente! El modelito es precioso. Hará la envidia de cuánta muchacha de bien hay en La Habana en cuanto le hayan echado una ojeada. Ahora habrá que ir pensando en otro regalo para más adelante, cuando se haya efectuado el casorio y estén los novios de vuelta e instalados. Y en el bautizo poco más adelante. Porque ya sabe usted que los hijos no aguardan con estos jóvenes casamenteros. ¡Naturalmente, que no se trata de ninguna impropiedad por parte de los dichos! ¡No! Dios me libre de insinuar siquiera semejante despropósito. Pero no nos desvelemos todavía ni perdamos el sueño mientras no llegue el momento, que bautizo habrá también en su momento. ¡Y esperar!

        Soportada hasta aquí con gentil estoicismo e indudable pericia por la anfitriona, la cual agotaba los recursos de su paciencia en el empeño de escuchar cual si se hallara pendiente de cada sílaba la desabrida y más aún, disparatada conversación de doña Águeda, el monotono de su voz llegó a provocar al cabo en la misma que hablaba una sucesión de bostezos apenas disimulados o entorpecidos por su mano tarda. Era evidente que el sonsonete de su propia voz y el insípido embrollo de la plática que consigo sostenía en presencia de terceros —pues no habría podido decirse de ésta que se tratara de un diálogo— había conseguido provocarle una suerte de borrachera boba en la que terminaba por naufragar sin remedio. Del mejor modo que pudo o supo conjurar se disculpó ahora por entre la modorra que la vencía, la aquejada del letargo que su propia cháchara le producía, y esto pese a haber bebido ya las tres tazas de café con leche que a Paulina escocían como un cilicio, con las que en vano intentara doña Amalia socorrer el inevitable colapso de la huésped. Pensaba la anfitriona si no sería a poner pronto remedio a tan embarazosa situación algún suceso que obligara de repente a callar a la indiscreta habladora, pues que veía claramente en el empeño de la misma la causa indiscutible del mal que afligía a ésta, y fue a salvar la situación harto enojosa para la dueña de casa      —obligada por igual a contemplarla y a sobrellevarla del modo más airoso posible— la campanilla recién instalada con que se anunciaba a la puerta la llegada de alguna otra de las esperadas visitas. Se habían dado cita todas ellas el día anterior al terminar la misa del alba, para reunirse como venía ocurriendo en la residencia de doña Amalia Arteaga y Cisneros, viuda del coronel de ingenieros don Ramón Becquerel Urquijo, con el propósito de continuar las rogativas con que además de preparar el advenimiento de la Semana Santa se imploraba, especialmente, la merced tan suplicada del agua de lluvia que pusiera fin de una vez a la sequía que todo lo agostaba y ya se prolongaba más de lo que ninguno recordaba. Dando gracias para sus adentros por el súbito campanilleo se disculpó la abrumada anfitriona para llamar a alguno de los esclavos domésticos con el encargo de abrir la puerta, y hacer pasar sin demora a cualquiera de las señoras que acertara a estar a ella. Sin volver a sentarse de inmediato, apenas disimulando su ansiedad por ver aparecer en la sala de estar a la recién llegada —cualquiera que ésta resultara ser— se obligó a decir de manera que doña Águeda la escuchara:

        —Ahora sí, ya que seamos al menos tres a ello, podremos comenzar de inmediato las rogativas…

        Tal y como había sido instruido de hacer, el pequeño Serafín, que fue el primero en acudir al llamado de doña Amalia, no sólo hizo pasar a las señoras (eran tres las que llamaban) sino que fue diciendo sus nombres con toda la compostura y entendimiento que a su edad era capaz de reunir:

        —Doña Cipriana…, mi ama. —Comenzó por la de más edad, y aquella a quien presuntamente más alcurnia debía corresponder—. Doña Úlcera… y doña Melindra, mi ama, que aquí están presentes. —Y a continuación, dejando un resquicio para que mediante él tuvieran lugar aquellas manifestaciones de cortesía que eran obligadas entre la anfitriona y quien ya se encontraba, y las que llegaban, hizo una reverencia dirigida a la dueña de casa antes de colocar la última frase de obligado cierre—. Mande su Merced.

        —A Paulina que traiga ya el apresto que estas señoras seguramente querrán beber alguna cosa. Y los bollos, roscas y churros así que se refresquen algo, pero que no los deje enfriar que parezcan cosa de ayer tarde. Ayúdale tú en lo que sea menester.

        Se retiró Serafín por donde mismo había aparecido antes, sin más palabras, pero con una reverenciosa inclinación de cabeza de lo más correcta.

        Las visitantes comentaron entre sí, deshaciéndose en elogios a doña Amalia, la buena educación del negrito.

        —Bien se ve que allá en El Príncipe es harina de otro costal.

        Ninguno hubiera sido a descifrar lo que buscaba decir por derecho doña Úrsula con aquella frase, salvo que buscaba halagar el presunto amor por el terruño de la anfitriona.

        —Verdad es, amiga mía. Aquí, los esclavos son buenos apenas para sacar las bacinillas cuando se les requiere. ¡Culpa de nosotros los amos a quienes nos da por consentirlos demasiado!

        —¡Dios nos lo perdone! Bien es que a los negros no hay que tratarlos con tantísimos remilgos.

        Doña Amalia se limitó apenas a sonreír una de aquellas sonrisas que parecían      —conjeturaba— hacer de ella misma escarnio.

        —¡Una verdadera joyita el muy pícaro! Y bien vestido y calzado lo mismo que si se tratara de un marqués.

        Esta última observación a cargo de doña Melinda escondía un aguijón no muy velado pues buscaba poner de relieve el hecho de que en su opinión iba el chico vestido más a tono con los atuendos que corresponderían a un señor que con las vestimentas del lacayo, que a su ver eran las apropiadas si se trataba de darse humos a costa de los negros. Estas cosas las iría desgranando luego con insinuaciones y sugerencias aparentemente de naturaleza banal en pláticas con las demás contertulias, hasta dejar mal parada la actitud de doña Amalia respecto a los esclavos de su casa.

        En la pieza adyacente a la sala de visitas donde se reunían con el propósito declarado de auscultar la conversación que precedía los rezos, ponderando y riendo quedamente de los despropósitos intencionales o no en que incurrían algunas de las mujeres, sorprendió a los hermanos el trastueque involuntario de los nombres de doña Úrsula y doña Melinda en boca de Serafín, por lo que ambos debieron luchar por ahogar un estallido de risas que hubiera colocado a su madre en situación nada airosa, dando por descontado el turbión que tras la marcha de las visitas hubiera sido a estallar sobre ambas cabezas.

        —¡Doña Úlcera! —repitió el joven una vez que él y su hermana estuvieron instalados lejos, en la cocina, a la que habían huido con precipitación—. Es un retrato al óleo de la señora. Este Serafín se nos revela un gran retratista de lo grotesco. Habrá que enviarlo a la Academia de San Fernando en Madrid para que cumpla su destino.

        —¡Y doña Melindra…!  ¡Que no es poca caracterización de manos de quien es tan solo un niño y ha tenido en verdad muy poca oportunidad de observar a su modelo! —observó Verónica.

        —Si hasta encaja a la perfección con sus apellidos…

        Ahora fue Verónica quien no pudo contener el estallido de risa que aquello le provocaba, habiendo reparado por primera vez en lo que le obervaba el hermano:

        —Doña Melindre Lustre de Codos. ¿Qué te parece, hermana? ¡Vaya si se da coba y presume la doña! Especialmente de ser pariente, allegada o familiar de un Grande de España. Aunque en eso de allegada

        —Dejemos ya eso, hermano. Ya basta, que no está bien despellejar de este modo a nadie, mucho menos a las amigas de mamá.

        —Tan amigas no creo que sean, que el temple de nuestra madre está hecho de un mejor acero.

        —En todo caso…

        —A Serafín daré yo un duro así que de él disponga.

        —Mala cosa harás. Y yo mejor haré ocupándome de enmendar en el chico tan mal decir, aunque a nosotros nos haya hecho gracia el accidente. ¡Es mejor que no haya otros!

        De la cocina terminó por echarlos a cajas destempladas su dueña, Paulina, a quien la presencia y cuchicheos de los jóvenes en sus predios le impedían ocuparse como gustaba y sabía.

      —Niña, por Dios, hágame sitio. Se va a pringar, y después no quiere oír a mi ama su madre. Mire que no quiero que se me pegue a mí el puchero por andar distraída. Y hágame el bien de decir a Su Merced el niño que mejor está en otra parte. Fíjese que todavía tengo yo que pelar los garbanzos que bien sabe que a su señora madre no le gusta comerlos con su cáscara, y eso lleva su tiempito aunque no parezca. Para eso, Serafín no es diestro así es que me ocupo yo.

       Dos horas largas transcurrieron todavía medidas por el tic tac incesante del reloj de péndulo que en la sala pactaba una tregua al parecer interminable, antes de que se marcharan las visitas. Terminadas al cabo las rogativas y despedidas, ingresó al interior de la habitación en que ahora estaba su hija Verónica ocupada con uno de sus libros y absorta en su lectura, doña Amalia, cuyo semblante algo demudado daba cuenta de haber tomado parte en una refriega antes que en una reunión de amigas cuya devoción las juntara según parecía.

        —Tengo una jaqueca horrible, hija. Ocúpate de avisar a Paulina que venga enseguida. Voy a recostarme un rato. La cabeza parece que quisiera partírseme en mil pedazos. Almuercen sin mí. No tengo una pizca de hambre. ¡Encárgate de que tu hermano presida! Y nada de risas ni de chacota en mi ausencia. La mesa es cosa sagrada.

        Observando a su hija de reojo y calculando para sí el tiempo transcurrido desde la muerte del padre se dijo que era ya hora de abandonar el luto cerrado por el medio luto de blanco. Sí. Era ya hora de cambiar nuevamente el ajuar. Así que descansara un poco comenzaría hoy mismo a ocuparse de ello. A Paulina le encargaría alguna costura como solía, para lo cual era ella insuperable, bien que la propia doña Amalia también se las apañaba para coser con alguna destreza. Pero antes habría que ir de tiendas por las telas y el hilo y algún que otro vestido que se requería de inmediato. La confección de la nueva indumentaria no podía recaer toda en sus manos y las de Paulina, ni quedar dispuesta de este modo con la prontitud que se requería.

       —Mañana iremos de compras, hija. Ya es hora de cambiar el ajuar. —Alcanzó a decir antes de retirarse, y pensó con preocupación si estaría pareciéndose a doña Águeda con su plática insípida siempre en torno a cosas de este cariz.


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Una respuesta a “Lo que dura el estío

  1. Tienes una pluma de encajes.

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